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martes, 23 de abril de 2013

De cuatro, cinco

martes, 23 de abril de 2013
Los ruidos de las sirenas descomponen el silencio de la noche reinante, la sinfonía del chispeo de la lluvia sobre la acera y la acera sobre las alcantarillas, rompen el espejismo que forma ese torrente y la única luz proveniente de la luna coquetea con ese misceláneo de centellas y estridencias nocturnas, llevando luces a cada frente de la calle y llenando de ruidos vacilantes el aire.La sombra del mirador que forma el segundo nivel de aquella vieja casona en la esquina, dejaba un cubículo seco bajo el cual empezaba a asomar una tenue luz delatada por la calma inmóvil de las sombras.

Lentamente, como la suave inmersión del olvido, Chris asoma su bota derecha en la pequeña abertura que deja la puerta, formando un pequeño umbral por el que se filtra una pequeña cantidad de agua de lluvia y de la luz lívida, logra divisar un último indicio que la negrura del pasadizo no dejó ver: un pendiente de oro ahora repleto de color escarlata, con forma de argolla del tamaño de un limón, anclado en la sangre fresca, a unos centímetros de la mano del occiso, entre el torrente de sangre y el agua turbia. Pero Chris decidió no tomarlo consigo, consideró que el hecho de abrir la puerta de manera torpe aunque sublime y haberse comprometido tanto con el asesinato no le daba lugar a nada más que escapar sin dejar a la deriva mas errores.

Sus treinta segundos ya habían finalizado y él seguía divagando entre salir corriendo por la puerta entreabierta, al tiempo que el agua seguía lavando el cuerpo ensangrentado o esperar un momento más.

El silencio se apoderó nuevamente de las calles, las sombras volvían a reinar y la luna se infiltró nuevamente para dar paso a una lluvia inmediatamente feroz, ese nuevo ritual no era incongruente a su turbada respiración. Se había disipado el último ruido de sirena, era casi imperceptible. Fue entonces que se decidió, abrió con más fuerza la puerta, esta vez sin importarle cuanta cantidad de agua se filtrase y cuando luz dejara en evidencia el cuerpo yacido y pálido. Miró de un lado a otro antes de cerrar lentamente la puerta, procurando entonar el mismo ritmo de la lluvia.

En dos pasos dio vuelta a la esquina y cruzó la avenida Harvey directo a los suburbios mientras pensaba en lo mucho que brillaba ese pendiente a pesar de posar en un charco de sangra y pensó: "no hay mayor desgracia para un zombie que saberse que se está muerto".

2 comentaron el post:

Marite Alarcón dijo...

Veo que andas actualizando...
Qué bien... ahora volveré por estos lares más seguido!

Mr.d dijo...

@Marite Alarcón
A los tiempos Marité, caiste por acá. Dale, ven cuando quieras, saludos.

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