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viernes, 21 de junio de 2013

Abducción

viernes, 21 de junio de 2013
Dio un respingo inconsciente y se quejó internamente de dolor. Se halló a si mismo sumido en un extraño letargo, totalmente endeble. Buscó reponer el cuerpo a un costado pero le era imposible, sentía como si las costillas se le clavaran en los pulmones y de ellos el aire reprimido lo obligara mantener desesperadamente la boca cerrada y el cuerpo dolorido decúbito, en la misma posición. Nada en su cuerpo respondía al movimiento, y al menor intento de ello un agudo dolor lo estremecía. Con los ojos apenas abiertos y el juicio en torno a él nuevamente, logra mirar de soslayo lo que le permitía su posición: una ventana a su costado inmediato pegado a su cama, un trípode de dos metros con un suero colgando de el, una mesa metálica con una parafernalia médica. Frente a él, un cuadro en óleo con unas enormes montañas cromáticas y un rojizo atardecer tras de ellas, cabalgando un sereno lago con sus sombras, y unas siluetas flotando. A la orilla de ese lago lograba distinguir otra silueta más pequeña, de un hombre mirando del otro lado, o quizás era un pequeño árbol, distinto al sistemático y difuso arbolado del cuadro, entre grises entreverados en verdes muy oscuros. Se quedó mirando esa pintura un rato y creyó dormir luego.

Emanaba  luz a raudales de la ventana a su lateral izquierdo, formándose siluetas a lo lejos, cuyas sombras apenas desfiguraban la centellante luz y quebrantan su armonía. De una pequeña rendija entreabierta de esa ventana corrediza apenas más ancha que su cintura, se infiltraba un poco de aire. Era gélido y con el repulsivo olor de los hospitales, y se sintió un tonto de no advertirlo antes y abrió los ojos nuevamente. Miró para el otro costado y logra divisar  que su cama era una camilla en realidad en la cual apenas cabía, que llevaba puesta una bata mal atada a su cuerpo y que no tenía puesta ropa interior. No tenía heridas visibles y estaba muy, muy delgado. Viró los ojos todo lo que pudo y dedujo que la habitación tenía 4 o quizás 5 metros de ancho, una puerta cerrada por la esquina más alejada con una pequeña ventana en su parte superior, una mesa tipo escritorio a su lado, documentos tirados desordenadamente en el suelo, algunos llegando al borde de su camilla. Las baldosas del piso estaban cubiertas de una tela de polvo que solo presentaba surcos en su forma a una corta distancia de la rendija inferior de la puerta, dejando pequeñas hileras que describían un aislamiento singular y una agobiante sensación de vacío. Regresó la mirada a su cama y repasó nuevamente su cuerpo, tenía marcas de pequeños agujeros en su brazo izquierdo y esparadrapos despegándose de el. Deseaba más que nada abandonar ese cuchitril y volvió a dormir desesperado, creyendo evadir esa tediosa agonía, con la cabeza estallando, deseando recordar.

     —¿Debo pedir algo para beber? o puedo acompañarte con la mirada —dijo Ingrid—Y creo que deberías dejar de fumar—Agregó, con tono súbito, mirando la retahíla de humo saliendo de su boca. 
Fermín permaneció quieto, explayando sus pupilas, volviendo en si tras tener la mirada perdida en la perfilada nariz de Ingrid. Pensaba en como es que llegó a ese lugar, pensó en cómo había conocido a aquella mujer. Luego asintió con un leve movimiento de cabeza y aplastó el cigarrillo en el cenicero de la mesa, era de vidrio y tenía la forma de un flor de 5 pétalos. Volvió a mirarla fijamente.

     —En verdad tienes razón, debo dejar de fumar—respondió en un tono casi imperceptible para que solo ella pudiera distinguir y entender. Y creo que deberías pedir algo, es incómodo beber a solas aunque acompañado—agregó. —¿Quieres que vaya por una bebida?

     —Puedo hacerlo yo—concluyó Ingrid, se abalanzó lentamente de su silla sin dejar de mirarlo y se dio la media vuelta hacía la barra del bar, a unos 10 metros de su mesa. 

A Fermín le era imposible no contemplarla desde allí: el ajustado blue jean que llevaba puesto estilizaba su delgada pero contorneada silueta, llevaba unas enormes botas dejándola ver aún más alta de lo que era ya de por si y una camisa blanca que la hacía relucir de quien la rodeara. En cuestión de segundos mientras él divagaba abstraído, la bella Ingrid se sentó a su lado bruscamente, mirándolo fijamente separados apenas por el incómodo ángulo que formaban sus rostros y la mirada fría de ella le sonó como a megáfono ensordecedor.

     —Me cuesta mirarte a los ojos...¿Es la misma mirada que empleas para todos quienes acabas de conocer?le pregunta Fermín, tomando un sorbo de su cerveza y cogiéndose sus ralas barbas, nervioso.

     —Tu nivel de percepción es decepcionante—le dijo ella mirando siempre sus ojos, sin gesto alguno
     —¿Ves a aquellos tipos en la barra, el pequeño de la casaca negra dándonos la espalda y aquel del otro lado, encordado en su mesa hablando con la mujer rubia de su costado?—peroraba Ingrid mientras soltaba su tequila en la mesa y daba una mirada expiatoria al rostro de Bob Dylan a sus espaldas en un mural lleno de afiches y carteles vintage.

Durante algunos segundos Fermín se los quedó mirando, intentando responderse a que venía esa acotación. Y volvió su mirada en ella, dibujando un gesto bajo sus cejas y sobre sus labios indicando confusión.
     —Los veo, ¿Qué pasa con esos tipos?—cuestionó.

Ingrid se acercó a su costado para entonar algo que el bullicio del bar impediría entender, si no es de otra forma que al oído. 
     —Esos dos tipos se agarrarán a golpes en unos segundos.

Fermín sonrió insatisfecho y a la vez perplejo y aunque no lo demostrara, consideró lo que ella decía, osado. Pasó su mano sobre su frente y dejó posar el peso de su cabeza en su brazo acomodado sobre la mesa, mirándola fijamente, incrédulo.

     —Eso no tiene sentido—rezongó Fermín, arqueando sus labios, queriendo decir más.

Repentinamente mientras los planteamientos de Fermín lo sumían en la sinrazón, Ingrid le da un beso, igual de frío que cualquiera de sus gestos, pero igual de sensato y puro. Se pone de pie y se marcha sin decir nada más.

Permaneció quieto y boquiabierto. Los dos tipos de la barra sin motivo aparente se enfrascaron en una pelea que se esparció casi por todo el bar, todos peleaban entre si. Se levantó de su sitio presuroso y salió del bar, deseando encontrar a la excéntrica mujer de nariz perfilada y ojos demoledores. 

Fermín dio otro respingo y despertó. No puede discernir entre el sueño y el recuerdo, tampoco entre ficción y realidad. 

(...)

1 comentaron el post:

Marite Alarcón dijo...

A veces nos pasa en la vida real. Confundimos dos mundos paralelos que hasta ahora yo, no sé cual es el que nos hace vivir: si el que soñamos o el que vivimos despiertos.

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