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jueves, 25 de julio de 2013

El niño de la nube

jueves, 25 de julio de 2013 5
El ruidoso ladrido del perro claramente palpable en el silencio de la noche lo despertó fastidiado. Mientras sus ojos se negaban a abrirse, dibujó mentalmente al viejo Fobia, el pastor alemán de 8 años de su pequeño hijo Max, lidiando con las silbatinas de la hojarasca en el jardín o quizás enfrentándose con alguna onomatopeya ambiental que no solemos descifrar. Imaginó también, en tanto despertaba con desgano, que esa algarabía canina se prolongaría el resto de la noche y al recordar que cada noche se repetía, de un brinco abandonó su cama y se dirigió hacia el jardín para echar un vistazo. Procuró abrir y cerrar con cuidado la puerta de su habitación para no despertar a su esposa.

No encontró más nada en el jardín, más nada que silencio ganoso de preguntar. El perro dejó de ulular y hasta la afónica superficie de la piscina era cómplice de esa intriga. La luna descollante se apiadó del cazador nocturno y le clarificó su camino. Pablo entonces rodeó el jardín desde el lado menos alejado, intuyendo de donde provenía el último suspiro de Fobia y sintió un miedo estremecedor. A unos metros delante suyo contempló a su perro, el cual yacía acostado en el extremo más oscuro del jardín mirando el cielo. Con el torpe y rígido andar de un cuerpo aún adormilado, Pablo se dirigió lentamente hacia el perro...

  Hey pequeño, ¿estás bien? exclama el hombre con singular alivio en un tono poco audible, casi para su fuero interno. Fobia tenía la mirada perdida y  el peso de su cuerpo reposaba sobre su costado como contemplando algo en el cielo. Pablo, ahora preocupado, se puso de cuclillas y manoseó rápidamente el torso del perro y pudo comprobar que no respiraba y tampoco se movía de ninguna forma. Fobia estaba muerto.
Permaneció Pablo unos segundos más, boquiabierto. Toda la dimensión del jardín parecía reducirse a lo que podría caber en una simple caja de zapatos, confinando su mente en blanco. Abandonó al perro y perplejo aún, entró a su habitación.

Pablo no pudo conciliar sueño, y pensó y luego no se movió, y luego se repuso y deambuló en su habitación y más luego se volvió a acostar sin poder dormir y nuevamente pensó, en la forma en que debía explicar lo sucedido a su hijo Max y en todas las posibilidades, burdas e inverosímiles del deceso de su querido perro. Y finalmente al amanecer decidió, en cuanto pensó y se movió nerviosamente, confesarle lo ocurrido a Eli. Se acercó a su mujer y le hablo cerca al oído intentando despertarla con sigilo en un siseo entrecortado y baboso, incapaz de disipar la angustia.

  Mi amor, es muy temprano, que sucede? le increpa Eli, en tanto gira hacia él con una apatía terrible, decidida a abordar  a su marido, tras ese extraño preámbulo. 
  Vi a Fobia en el jardín... ha muerto.
  ¿Estás  seguro de ello?
  Yo mismo lo vi, mientras dormías, escuche su acostumbrado ladrido y fui a verlo y lo encontré varado en el final del jardín, mirando el cielo afirmó Pablo en tanto Eli se reacomodaba mejor, mirándolo directamente.
¿No has notado que al igual que Max, Fobia también mira de manera inerte el cielo?
Carajo, son tonterías.
¿Tu que crees?
No se que pensar.
¿No sabes que pensar? 
No se que decir.
Espero hayas pensado en algo que decir a Maxle advirtió Eli. 

En la fracción de segundos que duro la tregua entre una respuesta y otra, un extraño ruido invadió la habitación, provenía del jardín o quizás de la calle. Era como un graznido muy grave. Tardaron una fracción más de segundo en ponerse de pie y salir presurosos a fisgonear coincidiendo sus miradas con un gesto conciliador.
Max divisaba algo del cielo con suma atención. Su brazo se mantenía en alto y su índice derecho señalaba hacia una formación de nubes que chocaban entre si, indispuestas. Mas nada que nubes pudieron ver, pero el niño insistía, levantando cuanto podía su dedo índice. A su costado Fobia parecía atisbar al cielo, aliado a su amigo Max en una perpetua postura vigilante.  

Sabedora de que todo era muy extraño y de que esa escena se repetía día a día -Max señalando al cielo y Fobia acompañándo- Eli hace un ademán a su marido para que este se acerque hacia el niño y ella decide ir a la sala de estar, al otro lado de la casa, a buscar el teléfono.
A cada paso acercándose, Pablo sentía un latido espectral, un miedo dos veces más funesto que el de hace algunas horas. Un fino roció se deslizaba sobre sus lentes tan apañados que apenas podía diferenciar sus pies danzando sobre el pasto y el crudo frió del alba entorpecía sus movimientos. Supone escuchar un nuevo ladrido, sobresaltado de repente, da un giro imprevisto que lo hace resbalar, e intenta sobreponerse sacudiendo el aire. Un sonido hueco delata su brusca caída y el espeso follaje se encarga de enmudecer el peso inerte de su vasto torso. Siente su cabeza inundada acompañada de un agudo dolor y fuertísimos tirones, como el de miles de grúas desperdigadas, jalándolo hasta despedazarle. 

De pronto Pablo perenniza su agonía mirando al cielo, divisando pequeños fragmentos de nubes empalmarse, formando siluetas híbridas entre halcones o águilas y en el centro de ellas un ave híbrida más grande que las otras en una postura imponente y con un ala más larga que la otra empuñaba victoria. Vio también que su hijo dejó de señalar y se sentó a contemplar a Fobia. Y vio que del borde de sus lentes goteaba sangre hacia sus ojos y oídos, emanando por doquier.

El ruidoso ladrido cesó de pronto y el cielo aguardó en vela.

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