Materia de discusión, Lucho y yo entendimos que era necesario hacer escala, alimentarse y del breve descanso retomar fuerzas y continuar el camino por distintas vías. Las radios llegaron a su tope de batería sin haberlo notado antes y aunque era bastante temprano, la inclemencia del clima aquel nos quitaba el mínimo de confianza.
Cerramos las puertas del vehículo con sigilo, para evitar las molestias de los lugareños expectantes al desenlace. Poco a poco fueron ingresando a sus moradas quedándose con nosotros el joven que previamente nos invitó a comer en su casa y su padre.
Armé mi mochila con lo que creí sería material indispensable para mi eventual aventura semiespacial. Lucho ya conocía su camino de regreso y se limitó a tomar algunas botellas de agua y los radios metidos en su bolsa con sus respectivas baterías entre otras utilidades. Avanzamos presurosos para alcanzar el paso de nuestros nuevos serviciales aliados. A golpe de las 2 de la tarde el llegar a mi nuevo destino me llevaría un par de horas a pie, casi el mismo tiempo que a Lucho ir a Uyurpampa. La preocupación estaba puesta en evitar que la noche haga presa a través de las lluvias o la polvadera al auto.
Entramos. Un corral como todos los demás de la zona, muchos animales dispersos, de todos los tamaños y razas: gallinas, ovejas y patrulleros. Así le llaman en la sierra de allá a los cerditos pequeños. Parecía un ambiente festivo el de ese corral, y el bullicio ni que decir. Los ambientes de la casa, que se veían antes de entrar, eran pequeños, hechos de palo, barro y adobe. Pasamos y nos sentamos. A Lucho, el che, le costó mucho trabajo, es bastante más alto y fornido que yo y teníamos que acomodarnos en unas improvisadas bancas que no eran mas que troncos de árboles medianos y forrados con cuero de vaca. Hasta entonces la única casa que conocíamos era la de Don Eleuterio, sin dudas, de las mejores infraestructuras en todo el caserío. Y aquella casa del amable joven era sin dudas fiel a la realidad de aquel semiencantado lugar, ambientes pequeños, rústicos y herméticos.
"Pasen a la mesa para comer algo" se oyó desde la parte trasera, que parecía ser la alcoba, separado por un muro celeste de celofán. Hicimos caso sin responder, tomamos asiento, en una igual de humilde mesa de madera rodeada de troncos a manera de banquetas. Rápidamente salio el joven, vistiendo modernamente unas zapatillas blancas, limpias, llevaba aún su pollera puesta y el atuendo típico de su lugar, pero noté que se colocó un gorrito blanco que hacía juego con sus zapatillas y también se había lavado las manos y un tanto su rostro. Traía consigo un plato con mote arrebozado con carne y otro plato con queso y cachangas de maiz creo. Las puso encima de la mesa y regresó rápidamente aparentemente traer algo más, Lucho y yo nos miramos, sin dudas eso no nos llenaría en absoluto, y valgan verdades, lucía de horror.
"Vayan probando nomás, ahorita voy" se escuchó desde adentro. Traía un par de jarritos con algo caliente y un mantel. Se sentó y procedimos a comer. El joven volvió a pararse y se retiró del comedor un momento. En tanto yo hacía mi mayor esfuerzo por ingerir ese mote frío y duro y un desabrido queso casi rancio.
"Lucho, está de mierda esta comida, puta madre el agüita está mas rica..." dije con un tono asqueado sin notar que el muchacho alcanzó a escucharme, lo supe cuando ingresó dejando caer su mirada de nosotros, disimulando. Me sentí una mierda, no tuve el tacto ni el tono para hablar de eso en otro momento y forma. Solo se me ocurría salir de ese lugar.
Nos quedamos en silencio, era raro que ni el mismo Lucho dijera algo por lo menos para apaciguar el mal rato, el desliz aquel. El muchacho era tan noble y sencillo que aparentemente olvidó lo sucedido y entabló conversación con nosotros casi a punto de acabar la comida, nos preguntó que hacíamos en ese lugar, por qué elegimos la peor época del año para trabajar y si era la primera vez que íbamos, entre otras preguntas, a las cuales respondíamos de forma breve y aligerada. Sin dudas, queríamos abandonar el lugar tan pronto como fuese. Terminamos y agradecimos el joven que se llamaba Rogelio, nos acompañó mientras nos hacía indicaciones, sobretodo a mi, de como llegar y no perderme, incluso diciéndome que tranquilamente podía cubrir la ruta en una hora. No se si para dar aliento o por exageración, pero terminó alentándome esa aseveración.
Nos paramos a lado de la camioneta ultimamos algunas cosas más y partimos. Nos despedimos de Rogelio, totalmente avergonzados, pero el joven sin el mínimo resentimiento nos deseo suerte. A pesar de las limitaciones se le veía instruido e impresionantemente gentil.
Veía a mi compañero alejarse, la gente meterse en sus casas y yo avanzando rápidamente, acomodando el peso de mi mochila y mirando el panorama, buscando algún detalle escondido, de ese crucigrama de casuchas y quebradas, con la vergüenza todavía pegada como calcamonía en mi cara.
"Soy un imbécil, como no me dí cuenta..." me decía...
miércoles, 8 de diciembre de 2010
martes, 7 de diciembre de 2010
Navidad, negra navidad
"Para mí la Navidad dejó de ser de oropel y de abrir regalos, a partir de hoy comenzó a formarse de recuerdos. Al principio fue decepcionante, hasta que aprendí que la memoria era una forma de aferrarse a las cosas que se aman, a las cosas que uno desea nunca perder. En un mundo que cambia demasiado rápido lo mejor que podemos hacer los unos a los otros es desearnos feliz navidad y buena suerte".
Con una frase como la anterior trato en realidad de envolver un sentimiento perdido. A pasado mucho desde que disfruté una verdadera "feliz navidad" y mucho más tiempo para recordar cuando tuve "buena suerte". La palabra feliz es tan compleja y amorfa como la del amor, y esperar tener suerte es como pretender dormir despierto.
Recordé entonces aquella navidad de 1997. Una de las últimas con el abuelo al cual odio decir abuelo, prefiero decirle como antes, papi. Un árbol a medio armar, sin regalos, con 4 bombas viejas y escarcha mal esparcida. La teve descompuesta y un abuelo de mal humor.
De rodillas cerca al árbol. mi hermano y yo tratábamos de simular ser unos expertos electricistas manipulando el juego de luces, echándolo a perder por nuestra travesura. La granputeada característica del viejo no se hizo esperar y las palabras de mamá alcahueteando la diablura aquella.
Las navidades previas eran de tristeza y parquedad. Y aunque esta no sería distinta, un sentimiento de esperanza nos embargaba, como vislumbrando tiempos mejores, que en aquel año parecían quiméricos. Años terribles que parecían interminables e injustos. La enfermedad del abuelo lo había entorpecido tanto, al punto de depender de mi hermano o de mí para apoyarse mientras caminaba, negándose a usar un bastón. Aquel viejo que en sus años buenos era capaz de levantar en peso de sus cuatro hijos en sus brazos, y que reía todo el tiempo, era ahora, el remedo de su sombra gracias a una enfermedad desleal. Su apego a Manuel, mi hermano menor era evidente, su mayor predisposición al juego y su curiosidad por las historias del viejo eran el aliciente de vida que necesitaba el viejo patriarca.
Sentado en la vieja silla al costado de la mesa, con un codo inclinado en ella y el otro brazo rascándose la cabeza con cabellos cada vez más escasos, su mirada divariaba entre las luces en el árbol y mi hermano saliendo correr de la escena. Desde el sofá, lo miraba con recato, buscando información que no me daría. Movió la cabeza y se puso de pie lentamente, los metatarsos le sonaban y su incomodidad se notaba en su recortada respiración. No se por qué abandoné la sala, jale la puerta a medio abrir y seguí el sonido de los cuetes allá afuera, las risas de los otros pubertos, la alegría de la navidad en la calle. Quizás salí por temor a un grito de los ya comunes de mi abuelo, quizás para no ver como se molestaba reparando las luces. Me mantuve pegado en la puerta sin salir del todo como queriendo escuchar que hacía el abuelo, guiándome por el ajetreo de sus pies y el sonar de los huesos. Luego escuché el desahogo del sillón y los pasos desde la cocina de mi abuela acercándose. Me atreví a salir y llamé a mi hermano que jugaba con otros niños de su edad. Esa amplia calle yacía llena de humo casi asfixiante y repleta de gente en sus puertas y jardines. No faltaban ni diez minutos para conmemorar una tradicional festividad que supone llenar de alegría los corazones, delineando falsas sonrisas de espejos cosidos con algodón.
Mi madre inrrumpió mi tímida reflexión, iba apurada con una fuente en sus manos y algo que parecía ser pavo, o quizás lechón. Ella aún no se había cambiado la ropa sucia que traía puesta, pero parecía no importarle, yo no recuerdo que es lo que llevaba puesto pero intuyo que no era nuevo, y seguramente lo mismo sucedía con mi hermanito. Al abrir la puerta para que entre mi mamá noté que mi abuelo abrazaba fuertemente a mi abuela, conteniendo entre sus enormes lentes y sus duras barbas unas lágrimas que se negaban a salir. Traté de disimular el cuadro dejando entrar a mamá y cerrando la puerta, pero mi hermano entró corriendo también y no me quedó más que ingresar y cerrar del todo la puerta. Un llamado familiar implícito para una reunión que aunque incompleta, no se realizaba desde hace algunos años.
Nos sentamos alrededor tratando de formar una rueda que no pudo completarse por la disposición de los muebles y la pequeñez de la sala. Por el semblante producto de la escena de hace poco, ni mi abuelo ni mi abuela tomarían la palabra previo al momento del abrazo de tradición navideña, menos mi hermano. Mi mamá me miró con dulzura dando lugar a que yo asuma esa responsabilidad, me sentía nervioso. Mi abuela tiene la capacidad de hacerme llorar si la veía hacerlo, y esa noche me costo mucho contener esa emoción. Pero lo hice.
Tomados de las manos buscaba la forma de hacer un discurso retórico, uno que diga mucho sin decir casi nada. Apenas y recuerdo que fue lo que hablé, pero fue breve, nos mantuvimos en esa posición algunos minutos en tanto la emisora radial anunciaba de forma regresiva los segundos que faltaban para aquel esperanzador abrazo de paz. Y lo hicimos todos juntos como una familia con poco o nada, en silencio y con lágrimas a borde, pero aguardando un mejor mañana. Apretando los puños y los párpados, mirando desde adentro el cielo gris.
Ojalá todas las navidades fueran felices viejo!
Con una frase como la anterior trato en realidad de envolver un sentimiento perdido. A pasado mucho desde que disfruté una verdadera "feliz navidad" y mucho más tiempo para recordar cuando tuve "buena suerte". La palabra feliz es tan compleja y amorfa como la del amor, y esperar tener suerte es como pretender dormir despierto.
Recordé entonces aquella navidad de 1997. Una de las últimas con el abuelo al cual odio decir abuelo, prefiero decirle como antes, papi. Un árbol a medio armar, sin regalos, con 4 bombas viejas y escarcha mal esparcida. La teve descompuesta y un abuelo de mal humor.
De rodillas cerca al árbol. mi hermano y yo tratábamos de simular ser unos expertos electricistas manipulando el juego de luces, echándolo a perder por nuestra travesura. La granputeada característica del viejo no se hizo esperar y las palabras de mamá alcahueteando la diablura aquella.
Las navidades previas eran de tristeza y parquedad. Y aunque esta no sería distinta, un sentimiento de esperanza nos embargaba, como vislumbrando tiempos mejores, que en aquel año parecían quiméricos. Años terribles que parecían interminables e injustos. La enfermedad del abuelo lo había entorpecido tanto, al punto de depender de mi hermano o de mí para apoyarse mientras caminaba, negándose a usar un bastón. Aquel viejo que en sus años buenos era capaz de levantar en peso de sus cuatro hijos en sus brazos, y que reía todo el tiempo, era ahora, el remedo de su sombra gracias a una enfermedad desleal. Su apego a Manuel, mi hermano menor era evidente, su mayor predisposición al juego y su curiosidad por las historias del viejo eran el aliciente de vida que necesitaba el viejo patriarca.
Sentado en la vieja silla al costado de la mesa, con un codo inclinado en ella y el otro brazo rascándose la cabeza con cabellos cada vez más escasos, su mirada divariaba entre las luces en el árbol y mi hermano saliendo correr de la escena. Desde el sofá, lo miraba con recato, buscando información que no me daría. Movió la cabeza y se puso de pie lentamente, los metatarsos le sonaban y su incomodidad se notaba en su recortada respiración. No se por qué abandoné la sala, jale la puerta a medio abrir y seguí el sonido de los cuetes allá afuera, las risas de los otros pubertos, la alegría de la navidad en la calle. Quizás salí por temor a un grito de los ya comunes de mi abuelo, quizás para no ver como se molestaba reparando las luces. Me mantuve pegado en la puerta sin salir del todo como queriendo escuchar que hacía el abuelo, guiándome por el ajetreo de sus pies y el sonar de los huesos. Luego escuché el desahogo del sillón y los pasos desde la cocina de mi abuela acercándose. Me atreví a salir y llamé a mi hermano que jugaba con otros niños de su edad. Esa amplia calle yacía llena de humo casi asfixiante y repleta de gente en sus puertas y jardines. No faltaban ni diez minutos para conmemorar una tradicional festividad que supone llenar de alegría los corazones, delineando falsas sonrisas de espejos cosidos con algodón.
Mi madre inrrumpió mi tímida reflexión, iba apurada con una fuente en sus manos y algo que parecía ser pavo, o quizás lechón. Ella aún no se había cambiado la ropa sucia que traía puesta, pero parecía no importarle, yo no recuerdo que es lo que llevaba puesto pero intuyo que no era nuevo, y seguramente lo mismo sucedía con mi hermanito. Al abrir la puerta para que entre mi mamá noté que mi abuelo abrazaba fuertemente a mi abuela, conteniendo entre sus enormes lentes y sus duras barbas unas lágrimas que se negaban a salir. Traté de disimular el cuadro dejando entrar a mamá y cerrando la puerta, pero mi hermano entró corriendo también y no me quedó más que ingresar y cerrar del todo la puerta. Un llamado familiar implícito para una reunión que aunque incompleta, no se realizaba desde hace algunos años.
Nos sentamos alrededor tratando de formar una rueda que no pudo completarse por la disposición de los muebles y la pequeñez de la sala. Por el semblante producto de la escena de hace poco, ni mi abuelo ni mi abuela tomarían la palabra previo al momento del abrazo de tradición navideña, menos mi hermano. Mi mamá me miró con dulzura dando lugar a que yo asuma esa responsabilidad, me sentía nervioso. Mi abuela tiene la capacidad de hacerme llorar si la veía hacerlo, y esa noche me costo mucho contener esa emoción. Pero lo hice.
Tomados de las manos buscaba la forma de hacer un discurso retórico, uno que diga mucho sin decir casi nada. Apenas y recuerdo que fue lo que hablé, pero fue breve, nos mantuvimos en esa posición algunos minutos en tanto la emisora radial anunciaba de forma regresiva los segundos que faltaban para aquel esperanzador abrazo de paz. Y lo hicimos todos juntos como una familia con poco o nada, en silencio y con lágrimas a borde, pero aguardando un mejor mañana. Apretando los puños y los párpados, mirando desde adentro el cielo gris.
Ojalá todas las navidades fueran felices viejo!
sábado, 4 de diciembre de 2010
going!
Me hundiré como peón salino,
por entre el reflejo de la luna,
en la seda de tu piel
que alega la apología
...
La brisa enfilando mis poros,
sentado en un mapa de languidez.
Mi ordinario sudor secando tu bravedad,
la inmunidad de una vida gateando,
Del sucio boulevart de maniquíes
y la llaves que tiraste ayer,
cuando el agua en cuatro palabras se hace amor
...
por entre el reflejo de la luna,
en la seda de tu piel
que alega la apología
...
La brisa enfilando mis poros,
sentado en un mapa de languidez.
Mi ordinario sudor secando tu bravedad,
la inmunidad de una vida gateando,
Del sucio boulevart de maniquíes
y la llaves que tiraste ayer,
cuando el agua en cuatro palabras se hace amor
...
viernes, 3 de diciembre de 2010
Mr.D Blogs Awards 2010- Deluxe
Hoy conmemoro la edición de mi post número 100. Y no quiero a que se termine diciembre para rendirle culto a los blogs que este año han destacado por su estilo y su forma. Mi gusto es muy hetéreo pero que quizás compartamos. No tengo nada para darles, ni medallitas ni diplomas digitales, tampoco rosas o chocolates, solo mi humilde mención y mi constante lectura.
Premio "Beanstalk" (ascenso al cielo): http://claudia-villarreal.blogspot.com/
El mal diseño, desorden y orientación anticonceptual, son factor común entre las decenas de blogs que visito. Estos en su mayoría, poseen cientos de seguidores, y la verdad no entiendo el por qué. Es entonces que, en ese fisgonéo meses atrás, me dí con esta grata sorpresa. Claudia Villarreal es Colombiana, y me puedo dar el gusto de decir que fui uno de los primeros en seguirla y aposteriori, recomendar abiertamente, este blog lleva su homónimo por título.
Apenas tiene 8 ilustres seguidores pero no tengo dudas que se trata de uno de las mejores bitácoras entre las decenas que he leído.
La princesa Toadstool nos permite trepar al cielo y coger miles de estrellas y monedas.
Premio "Fire Flower" (flor de fuego): http://avendiego.blogspot.com/
Parte de mi estilo parte de acá. Diego Avendaño nos entrega un blog en el cual no nos dice como caminar sobre el océano o como vivir con alas. El es claro y directo sin dejar el cachondeo de lado. Finalmente la sociedad es un remedo de comedia barata, y el lo entiende así.Premio "Fungus life" (hongo de vida): http://hawk500.blogspot.com/
Meses atrás, en Agosto, días después del famoso encuentro de bloggeros "blogday" hice un breve recuento de blogs que llamaron enteramente mi atención. Y este blog ocupo el primer lugar. Y desde allí no he dejado de leerla a diario y ella a mi (creo).Lo bueno no es sabido ni reconocido a tiempo, dicen. Y como todo buen blog, los seguidores en masa le son esquivos. Como materia underground.
Marité nos transporta a un mundo nirvánico, donde la esperanza y las ganas de sobrevivir superan las barreras del agovio por la pérdida de tu ser más amado, y la convivencia con una sociedad que duerme boca abajo.
Leerla es como sentarse frente a la playa de noche y recibir un hongo de vida.
Premio "Red Mushroom" (hongo de crecimiento): Bren camina por el mundo buscando preguntas para sus respuestas.
Su forma de ver las cosas, sus ganas de vida a través de un vaso de agua y un cigarro no deforman la realidad por solo pensarla. Y una constante lectura que hemos llevado como una progresiva amistad.
Premio "Cape Feather" (pluma voladora): http://yoquierosersanto.blogspot.com/
Creo que es lo mas parecido a mi. Aunque menos tétrico y punzante, Miguel Rodriguez nos deja un blog de lectura obligatoria. Sus relatos llaman a la cotidianidad pero de forma atrayente, queriendo leerlo dos o tres veces más . Termina siendo un caricaturista de la vida, de las ánimas entre las mentes, del día a día, del tu a tu.__
Y mientras yo me la paso nominando blogs, algunos de ellos amigos (por lo cual no espero una devolución a la mención y tampoco duden de la parcialidad de este listado) quería cerrar este breve recuento pidiendo disculpas a Mario Bros por parodiar en este blog awards 2010 con los personajes de Mario Overworld.
Espero les haya gustado. Hasta una próxima.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Mundo ausente VII
La polvadera moteando nuestros cansinos rostros y la fría mañana. Lucho en el volante con la ventana a medio abrir y casi alejándose de Don Pedro, que nos rutéa con su dedo hacia el norte mientras avanza tranquílamente por la dirección por la que aparecimos hace rato. Al parecer una vieja senda, de época de incanato.
Parecía escuchar delante mío a Lucho susurrar entre su epiglotis, como que si el miedo lo abordara desde sus talones. Y creo que yo estaba peor. Conducir por entre peñascos y trochas de metro y medio de ancho era una tarea harto complicada. Pero las alternativas se agotaron.
Una cosa es "tirar caña" en una urbe y otra muy diferente es hacerlo en esta circunstancias. Trataríamos de ir bastante lento llevando comunicación constante con la otra brigada y con José desde el local comunal con los radios encendidos y los ojos bien abiertos y aunque era bastante temprano, la idea es ganarle a la noche, y descansar temprano, evitando ser asaltado por la lluvia y otras eventualidades a las cuales apenas estábamos entendiendo. Una 4x4 enorme y bien dotada, incluso con botellas de agua en su interior, pero con el aire acondicionado averiado- lo cual no era prescindible.
La trocha tenía abundante romero y uña de gato, distinguiéndose de entre la malesa y la hierba mala. Las doncellas Incahuasinas haciendo gala de su enormes y coloridas polleras saludándonos en cunclías, lavando sus ropajes y cuidando sus animales, los toretes transitando la ruta, graduando nuestro paso y un tímido sol, como queriendo y no queriendo salir.
Los ropajes tradicionales fruto de una historia prehispánica llena de costumbrismo y esplendor. Hermosos telares con diseños geométricos, hechos a mano o a pedal, con una gama de colores que van desde el rojo o naranja hasta el negro nebloso. Exhibidos con total propiedad y orgullo, ese que en nuestra costa parece estar ausente.
Hay tanto de que distraerse, los comuneros por el costado de la senda elaborando adobes de barro y paja, el ganado tragando pasto seco, las gallinas pigmeas correteando en la trocha y las doncellas jugando con sus ropajes. Hasta la fila de carne seca colgada en unas sogas es materia de admiración. El panorama ideal para respirar confianza.
A golpe de mediodía se puede aprovechar en que el frío es muy ligero para avanzar tanto como fuese posible, pero, a ese paso llegaríamos a nuestro punto en 4 horas y no en menos de tres como teníamos pensado. Quizás hubiera sido mejor continuar a pie. Pero lucho, por el espejo retrovisor supuso entender lo que yo pensaba al mirar hacia el timón.
—Ni bien lleguemos abajo (al caserio más cercano) preguntamos... que preguntamos, defrente nos jalamos un cholo que tire su caña y lo hacemos conducir, ya le invitamos su gaseosita y listo, se acabó el problema— Dijo en tono elevado y presto, el ocurrente Lucho. Sin dudas, una no muy sana reflexión, pero válida. Me dejó pensando.
—No creo que los lugareños sean buenos conduciendo, salvo si nos topamos con alguno que haya manejado camiones mínimo, pero, no se, bueno vayamos abajo y allí vemos— le conteste. Eso no era un sí ni un no. O peor que eso.
A través del espejo noté los efectos del habitáculo que nos chuponéo en apenas dos días: los labios cuarteados, secos y grises, la lengua fofa y pálida, el rostro flaco y las mejillas rojas, con los pómulos negros. El fastidio en mi tras ese reflejo era evidente.
—Me cago de risa en tu cara, sos un delicado, la puta que te parió Alansisho, jaja— dicho por el che en buena onda, y no le faltaba razón. Y aunque las quejas del inicio fueron disipándose a medida que me familiarizé e identifiqué con el ambiente aquel, corpóreamente no me sentía cómodo, para nada.
Logramos divisar no muy lejos algunas casuchas conexas y muchos animales dispersos. Necesitaríamos una buena excusa para ganarnos un plato de comida y encontrar algún conductor con un curriculum digno de aprobación sin evaluación, cuando la informalidad nos hace tomar decisiones de vida o muerte.
Estando muy cerca, una mala maniobra de Lucho al momento de virar para estacionar el vehículo hizo que la llanta posterior derecha se pinchará entre carbones punteagudos recientemente usados. El estruendo al reventar fue inmediato, y nuestra cara de "ahora, que hacemos" también. Era lo peor que podía pasarnos, y rogábamos por encontrar un repuesto en la parte posterior.
La tela de ceniza levantándose nos llevo a concluir que se trataba de carbón fresco, mezclado con troncos y piedra.
El sonido hizo salir de sus casas a los lugareños y espantó a los animales más pequeños. Ahora si teníamos una excusa, antes de descender del auto nos colocamos nuestros chalecos y cualquier indumentaria que nos identifiqué y nos encale mejor.
—La conch* ** ***** por qué ******* no me dijiste que estaban esos putos carbones hierbiendo en el poto de la camioneta carajo— me increpó Lucho, muy molesto y hastiado.
—Nosotros íbamos en dirección norte, teníamos que entablar una reunión y establecer un perímetro de control en las afueras para realizar unas labores a partir de mañana en toda la zona, aprovechando la altitud del caserío. Acá solo quisimos detenernos por algo de agua (agua,sinónimo de comida) y preguntar si conocían algún atajo— era parte del floro de Lucho para buscar una manito de entre los apenas 7 señores que nos escuchaban.
Lo interrumpí —Lo que pasa es que ahora, con la camioneta averiada y sin repuesto, nos vemos en la obligación de caminar el resto del tramo. Por ello les pido de favor que le den una mirada al auto mientras mi compañero regresa a Uyurpampa a pie, y yo voy al caserío a pie también— finalice, en tanto Lucho me miraba impávido, como no queriendo aceptar la idea de regresar.
—Si, entonces nos encontramos en este punto en dos o tres horas, yo trataré de ver alguien que nos ayude con la llanta y tu avísales a los comuneros lo que previamente ya habíamos conversado...—
—Pero, quédense a comer papá, después se van— nos dijo amablemente uno de los comuneros más jóvenes, que me recordaba a José.
—Bueno, si no es mucha molestia...— recuerdo haber dicho, en tono bastante bajo.
—Arrimen un poco el carro, déjenlo nomás, acá estará cuando se regresen. Vayan a comer— dijo el que parecía ser el padre del joven que nos invitó a comer. Agradecimos mientras sacábamos algunas cosas del auto y ultimábamos algunos detalles. El resto lo coordinaríamos por radio.
Parecía escuchar delante mío a Lucho susurrar entre su epiglotis, como que si el miedo lo abordara desde sus talones. Y creo que yo estaba peor. Conducir por entre peñascos y trochas de metro y medio de ancho era una tarea harto complicada. Pero las alternativas se agotaron.
Una cosa es "tirar caña" en una urbe y otra muy diferente es hacerlo en esta circunstancias. Trataríamos de ir bastante lento llevando comunicación constante con la otra brigada y con José desde el local comunal con los radios encendidos y los ojos bien abiertos y aunque era bastante temprano, la idea es ganarle a la noche, y descansar temprano, evitando ser asaltado por la lluvia y otras eventualidades a las cuales apenas estábamos entendiendo. Una 4x4 enorme y bien dotada, incluso con botellas de agua en su interior, pero con el aire acondicionado averiado- lo cual no era prescindible.
La trocha tenía abundante romero y uña de gato, distinguiéndose de entre la malesa y la hierba mala. Las doncellas Incahuasinas haciendo gala de su enormes y coloridas polleras saludándonos en cunclías, lavando sus ropajes y cuidando sus animales, los toretes transitando la ruta, graduando nuestro paso y un tímido sol, como queriendo y no queriendo salir.
Los ropajes tradicionales fruto de una historia prehispánica llena de costumbrismo y esplendor. Hermosos telares con diseños geométricos, hechos a mano o a pedal, con una gama de colores que van desde el rojo o naranja hasta el negro nebloso. Exhibidos con total propiedad y orgullo, ese que en nuestra costa parece estar ausente.
Hay tanto de que distraerse, los comuneros por el costado de la senda elaborando adobes de barro y paja, el ganado tragando pasto seco, las gallinas pigmeas correteando en la trocha y las doncellas jugando con sus ropajes. Hasta la fila de carne seca colgada en unas sogas es materia de admiración. El panorama ideal para respirar confianza.
A golpe de mediodía se puede aprovechar en que el frío es muy ligero para avanzar tanto como fuese posible, pero, a ese paso llegaríamos a nuestro punto en 4 horas y no en menos de tres como teníamos pensado. Quizás hubiera sido mejor continuar a pie. Pero lucho, por el espejo retrovisor supuso entender lo que yo pensaba al mirar hacia el timón.
—Ni bien lleguemos abajo (al caserio más cercano) preguntamos... que preguntamos, defrente nos jalamos un cholo que tire su caña y lo hacemos conducir, ya le invitamos su gaseosita y listo, se acabó el problema— Dijo en tono elevado y presto, el ocurrente Lucho. Sin dudas, una no muy sana reflexión, pero válida. Me dejó pensando.
—No creo que los lugareños sean buenos conduciendo, salvo si nos topamos con alguno que haya manejado camiones mínimo, pero, no se, bueno vayamos abajo y allí vemos— le conteste. Eso no era un sí ni un no. O peor que eso.
A través del espejo noté los efectos del habitáculo que nos chuponéo en apenas dos días: los labios cuarteados, secos y grises, la lengua fofa y pálida, el rostro flaco y las mejillas rojas, con los pómulos negros. El fastidio en mi tras ese reflejo era evidente.
—Me cago de risa en tu cara, sos un delicado, la puta que te parió Alansisho, jaja— dicho por el che en buena onda, y no le faltaba razón. Y aunque las quejas del inicio fueron disipándose a medida que me familiarizé e identifiqué con el ambiente aquel, corpóreamente no me sentía cómodo, para nada.
Logramos divisar no muy lejos algunas casuchas conexas y muchos animales dispersos. Necesitaríamos una buena excusa para ganarnos un plato de comida y encontrar algún conductor con un curriculum digno de aprobación sin evaluación, cuando la informalidad nos hace tomar decisiones de vida o muerte.
Estando muy cerca, una mala maniobra de Lucho al momento de virar para estacionar el vehículo hizo que la llanta posterior derecha se pinchará entre carbones punteagudos recientemente usados. El estruendo al reventar fue inmediato, y nuestra cara de "ahora, que hacemos" también. Era lo peor que podía pasarnos, y rogábamos por encontrar un repuesto en la parte posterior.
La tela de ceniza levantándose nos llevo a concluir que se trataba de carbón fresco, mezclado con troncos y piedra.
El sonido hizo salir de sus casas a los lugareños y espantó a los animales más pequeños. Ahora si teníamos una excusa, antes de descender del auto nos colocamos nuestros chalecos y cualquier indumentaria que nos identifiqué y nos encale mejor.
—La conch* ** ***** por qué ******* no me dijiste que estaban esos putos carbones hierbiendo en el poto de la camioneta carajo— me increpó Lucho, muy molesto y hastiado.
—Porque tú eres el que conduce so mierda, no yo— le contesté pausadamente mirándolo mientras lo hacía. —Caballero Lucho, bajemos y hablemos con alguien de acá. Muéstrate tranquilo— finalizé, tratando de poner paños fríos, por no decir que me sentía resignado a mi suerte.
En cuanto bajamos, me dirijí a buscar la rueda de repuesto, mientras Lucho hacía lo suyo con los pobladores, que rápidamente se acercaron a la zona. No encontré la llanta por ningún lugar y la que acabamos de pinchar estaba totalmente impresentable, quemada y ahuecada. Me acerqué al tumulto.—Nosotros íbamos en dirección norte, teníamos que entablar una reunión y establecer un perímetro de control en las afueras para realizar unas labores a partir de mañana en toda la zona, aprovechando la altitud del caserío. Acá solo quisimos detenernos por algo de agua (agua,sinónimo de comida) y preguntar si conocían algún atajo— era parte del floro de Lucho para buscar una manito de entre los apenas 7 señores que nos escuchaban.
Lo interrumpí —Lo que pasa es que ahora, con la camioneta averiada y sin repuesto, nos vemos en la obligación de caminar el resto del tramo. Por ello les pido de favor que le den una mirada al auto mientras mi compañero regresa a Uyurpampa a pie, y yo voy al caserío a pie también— finalice, en tanto Lucho me miraba impávido, como no queriendo aceptar la idea de regresar.
—Si, entonces nos encontramos en este punto en dos o tres horas, yo trataré de ver alguien que nos ayude con la llanta y tu avísales a los comuneros lo que previamente ya habíamos conversado...—
—Pero, quédense a comer papá, después se van— nos dijo amablemente uno de los comuneros más jóvenes, que me recordaba a José.
—Bueno, si no es mucha molestia...— recuerdo haber dicho, en tono bastante bajo.
—Arrimen un poco el carro, déjenlo nomás, acá estará cuando se regresen. Vayan a comer— dijo el que parecía ser el padre del joven que nos invitó a comer. Agradecimos mientras sacábamos algunas cosas del auto y ultimábamos algunos detalles. El resto lo coordinaríamos por radio.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Ruido posterior
Día lacrimoso, basura vestida en esmoquin de polietileno,
suelas semi abiertas, agujetas sin atar,
gafas empañadas, nubes polífemas.
Punteas con tu viejo zapato la botella de hace rato,
...el eructo de tu sombra.
Mugre camuflada en papadeos retóricos,
te vas quedando sin alas calibre amor...
De pronto dices "¿ellos pueden y por qué yo no?"
el chicle pegado en tus premolares
apesta a ti, apesta a jungla y remolacha.
Y el navegar sin fin
de preguntas sin acento...
Deberías decirte "¿por qué esta vida es una mierda?"
... y no responderte jamás.
suelas semi abiertas, agujetas sin atar,
gafas empañadas, nubes polífemas.
Punteas con tu viejo zapato la botella de hace rato,
...el eructo de tu sombra.
Mugre camuflada en papadeos retóricos,
te vas quedando sin alas calibre amor...
De pronto dices "¿ellos pueden y por qué yo no?"
el chicle pegado en tus premolares
apesta a ti, apesta a jungla y remolacha.
Y el navegar sin fin
de preguntas sin acento...
Deberías decirte "¿por qué esta vida es una mierda?"
... y no responderte jamás.
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