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martes, 19 de octubre de 2010

The Eternal, the sea

martes, 19 de octubre de 2010
L a playa y el atardecer son grandes aliados. Estaba solo con mi sombra y la melodía del mar. Una situación que me es poco familiar, me embargaba de pronto un sentimiento de karma cercano al sueño. El sol se puso rojo, la brisa que golpeaba mis oídos se iba haciendo más fría cada vez y el sabor a vodka seguía vivo en mi paladar, con la lengua adormecida y salada. En medio de ese misceláneo de colores, olores y sensaciones dejé de caminar, me posé sobre una formación rocosa y me aposté en ella de forma que mi espalda quedaba totalmente en reposo y mi cabeza tenía la libertad de apreciar con plenitud ese instante mágico. Me sentía como en el cielo. Miraba a todos lados y notaba que había caminado lo suficiente para alejarme del bar en el que me encontraba bebiendo y charlando con un mestizaje compuesto de portoriqueños, españoles, mexicanos y peruanos. Todo bien hasta cierto rato y nada más, no recuerdo el momento exacto que me escapé de ellos sin que lo notaran y me siguieran. Tampoco me di cuenta que solo llevaba puesto mi bermuda, húmeda y llena de arena y colillas de cigarrillo. No tenía nada en mis bolsillos, ni el aparato mobil ni las gafas, excepto una nota cuyo escrito se había difuminado por lo mojado que estaba. Apenas y era legible, no me importó y la tiré. No me preocupó y no se por qué. Volví en mi y dejé de lado ese desliz. El anochecer llegaría en unos minutos y el momento para apreciar el sunset no podría ser más apropiado.
Mientras esperaba por ese momento me preguntaba, por qué es que me sienta tan bien el estar solo, y fue como dejar abierta una puerta por donde se filtraron una cadena recuerdos lejanos y otros no tan distantes en forma de voces e imágenes confusas y sobrepuestas. Fue como perder esa conexión con el mar y la arena para dar paso a sensaciones que, lejos de no ser gratas me dejaban inquieto.
Aquella nota mojada y manchada de tinta daba giros cerca de mí, como si me bailara y quisiera que la tome de nuevo. Eso hice, estaba un poco más seca, y entendible. Pero lejos de leer el mensaje breve que tenía, la tome de los lados, jugué con ella hasta dejarla del tamaño de una cápsula de goma de mascar, y tan pronto como pude la guardé. Me quedé fijo en la misma posición por minutos con la mirada puesta en ese pequeñísimo puntito que dejaba ver lo último que quedaba de sol en el horizonte. El mar parecía comérselo, y contemplé la inmensidad de esa enorme masa azul oscuro con tonos rojos. Era como si toda angustia se fuera con cada oleaje, como si la brisa se llevara lo peor de mi, como si con cada grano de arena dejara caer un pecado, una lágrima. Entonces me invadieron las ganas de sumergirme, de estrecharme un abrazo con el mar, de hacer que me limpie de manera completa.
No había notado que la marea había bajado y por ende, mi distancia a la orilla se había dilatado. El sunset estaba cerca de finalizar y las noches de playa son traicioneras. Me despojé de esas dudas, me puse en pie y comencé mi marcha. Ese breve descanso me vino mal, apenas y me mantenía en pie, pero con un esfuerzo más alcanzaría esos bordes blancos y espumosos.

Desde lejos se oyen silbidos y gritos en dirección a mi, notaba desesperación en ellos, no necesité virar para saber que aquel grupo juerguero de hace rato finalmente había dado con mi paraje. En cuanto sentí las primeras arremetidas del helado y oscuro mar en mis piernas pude girar totalmente a ese sitio del que provenían los gritos, que dada la distancia no distinguí de quien eran o que decían. Solo me guié por el tono de los mismos. Alcé la vista y esas sombras pequeñas de hace un minuto eran ahora siluetas medianas que se acercaban a mi a menos de veinte metros. Se les notaba preocupados, cuatro o cinco de ellos quizás. Yo ya tenía medio cuerpo sumergido y aún con la quietud del mar sentía como me alejaba cada vez más. Uno tras otros mientras se despojaban de sus prendas, se arrojaban con fiereza al mar, rápidamente los tenía a mi alrededor y lejos de mostrar preocupación -que es lo que me suponía- con tono alborozado y bullicioso me decían casi a voz de coro y en español enredado "por qué no nos avisaste, este momento es único, pero hay que compartirlo..."
Luego de eso, todo remanente de miedo y ansiedad se perdió, nuestras mentes y cuerpos coexistían con total éxtasis tanto así que el anochecer ya nos había hecho presa. Breves minutos que parecían eternos. Que nuestras mentes se encargaron de perennizar. Como aquella nota que no dejé ir.

6 comentaron el post:

Bren dijo...

SUPER MEGA POST MR.D este es el post que mas me ha gustado hasta ahora de todo tu blog, me atrapo desde un comienzo y pude trasladarme al mar al atardecer todo tal cual lo describes! simplemente me encantó de comienzo a fin!

Mr.d dijo...

Gracias Bren. Un recuerdo sacado del verano en Máncora. Lo tenía escondido, o guardado, y hoy lo comparto con mis cuatro gatos.

Lara Holmes dijo...

Wow!.. te puliste jiji...está chevere :-D

Marité dijo...

Sin duda, el mejor post de todos los leídos hasta hoy. Es tan mágica la forma que nos haces viajar hasta ese lugar donde estuviste. Excelente final. Quiero ir a la playa y ver el infinitooooooooooo!!! No estar en la oficina hasta el infinito!

Marité dijo...

Peroooooooooooooooo... qué decía la notita!!!!!!

Mr.d dijo...

Gracias Marité... no me creeran pero normalmente no me gusta ir a la playa, la prefiero en la previa al sunset, nada más. La notita decía...

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