... _
En las cosas que hemos dicho
se han disuelto las premisas...
no necesitamos preguntar.
Alimentemos con un beso
lo que vemos desde adentro,
...En una mañana brumosa.
Deshojemos el final
por el vértice izquierdo,
acostados de lado,
fingiendo estar dormidos,
bordeando un sueño sin querer entrar en él.
Solos tu y yo
que más da, es todo lo que necesitamos.
Dejemos el mundo
en un pequeño retrato.
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martes, 9 de agosto de 2011
jueves, 6 de enero de 2011
Mis mierdas en el sendero de la locura
El buen ánimo se deletrea,
el desgano se esparce
y los sueños diseminan
como pólvora de cantimplora.
Mis manos no dejan de temblar,
escribo de revés
del amor sin sentido,
de mis contiendas internas,
de las ilusiones atadas
en besos amarillos.
El eco en la cúspide cae dos veces,
el maquillaje se decolora
como la sonrisa del gato,
los geíseres apuntan al cielo
sin tocar un amanecer.
He regresado al mismo punto,
no me interesa regar esperanzas,
sigo respirando del cielo,
ese que abate mis creencias.
Debo callar quizás, correr descalzo quizás
pero nadie llegará a salvarme,
estoy solo, subraya la soledad de mi soledad.
Pegado en la ciénaga,
flotando en sollozos,
amando sin ser visto.
Solo, creyendo que el amor se vende en mercados,
moldeando secantes de sonrisas acrílicas,
retando el sueño de mi propia fábula.
el desgano se esparce
y los sueños diseminan
como pólvora de cantimplora.
Mis manos no dejan de temblar,
escribo de revés
del amor sin sentido,
de mis contiendas internas,
de las ilusiones atadas
en besos amarillos.
El eco en la cúspide cae dos veces,
el maquillaje se decolora
como la sonrisa del gato,
los geíseres apuntan al cielo
sin tocar un amanecer.
He regresado al mismo punto,
no me interesa regar esperanzas,
sigo respirando del cielo,
ese que abate mis creencias.
Debo callar quizás, correr descalzo quizás
pero nadie llegará a salvarme,
estoy solo, subraya la soledad de mi soledad.
Pegado en la ciénaga,
flotando en sollozos,
amando sin ser visto.
Solo, creyendo que el amor se vende en mercados,
moldeando secantes de sonrisas acrílicas,
retando el sueño de mi propia fábula.
jueves, 23 de diciembre de 2010
Y sin embargo...
Todo lo que hay en mi es lo que parece ser
falacia de careta
la rosa olvidada en el jardín
marchitando tu voz
Todo lo que ves es lo que soy
residente del apartheih
adalid de un purgatorio de ratas
resonando tus tímpanos
Todo lo que tus ojos me inventaron fui
coleccionista de errores
enmendador de aciertos
galopando tu orgullo
El niño que hubo dentro
se ha hundido entre mis abismos viscerales
y la amargura de mi soledad
el dolor compartido con mi rima
dibujando una tangente
donde todos duermen
a solas
a tientas
a capela
Pudimos contar estrellas juntos, ayer.
falacia de careta
la rosa olvidada en el jardín
marchitando tu voz
Todo lo que ves es lo que soy
residente del apartheih
adalid de un purgatorio de ratas
resonando tus tímpanos
Todo lo que tus ojos me inventaron fui
coleccionista de errores
enmendador de aciertos
galopando tu orgullo
El niño que hubo dentro
se ha hundido entre mis abismos viscerales
y la amargura de mi soledad
el dolor compartido con mi rima
dibujando una tangente
donde todos duermen
a solas
a tientas
a capela
Pudimos contar estrellas juntos, ayer.
lunes, 13 de diciembre de 2010
Dicen que hierba mala...
La sensación de calma regresa a mi, como el oleaje, como el viento. El miedo no se disipa, pero se redibuja, el oleo chorreado se expande y endura como la cera, pero se deja hundir. El miedo que me enfermó termina siendo mi escudo. El valor moteado a partir de la insurrección y la sensación de mentira en lágrimas con sabor a moco y hedor de batalla. Soledad de ropero, soledad de bus, soledad de callejón.
Del antiguo pavor a la sangre a la claustrofobia, de un miedo a otro. Del amor a ojos cerrados a la aversión a la sociedad. La desconfianza en mi mismo y el odio a una vida cargada de cobre y aserrín. Bañando mi procesión de espinas.
El premio puesto en la fe que no se pierde, cuando medio mundo te da la espalda, cuando nadie sabe de ti, cuando te patean en la cara, aún cuando suplicas, aún cuando lloras, aún cuando padeces.
Cuando ese odio ensordecedor de quienes dicen amar alimenta el odio a las posibilidades que insitan las falsas verdades.
Esa vida que a partir de ahora valoraré más que mis ideales de inquisición forjados de ecuaciones de segunda oportunidad y votos de confianza.
Gracias Dios.
Del antiguo pavor a la sangre a la claustrofobia, de un miedo a otro. Del amor a ojos cerrados a la aversión a la sociedad. La desconfianza en mi mismo y el odio a una vida cargada de cobre y aserrín. Bañando mi procesión de espinas.
El premio puesto en la fe que no se pierde, cuando medio mundo te da la espalda, cuando nadie sabe de ti, cuando te patean en la cara, aún cuando suplicas, aún cuando lloras, aún cuando padeces.
Cuando ese odio ensordecedor de quienes dicen amar alimenta el odio a las posibilidades que insitan las falsas verdades.
Esa vida que a partir de ahora valoraré más que mis ideales de inquisición forjados de ecuaciones de segunda oportunidad y votos de confianza.
Gracias Dios.
sábado, 11 de diciembre de 2010
En voz alta
Si pudieras verme, podrías escucharme. Sueles leerme con sólo mirarme, puedes deshojarme al verme llorar sin tocarme, sin aconsejar. Mirando de cerca para reponerme con tu suspiro.
Todos los días pensando en lo ingrato que he sido, en lo poco que he dado y lo mucho que exijo. Esperas aguardando, en bajo perfil. Siempre vas a abrirme la puerta cuando llego tarde de la calle. Asistes mis pasos cuando me emborracho. Me llevas a la cama y me ayudas a vestirme. Y aunque totalmente echado a la suerte del alcohol siempre siento tus besos al despedirte y apagar la luz. Escuchando como cierras la puerta y te vas en cunclías.
Las alegrías de la infancia, las fotos de tu pequeño "choclito colorado", recibiendo diplomas año tras año quedaron en fotos; los continuos fracasos, las cosas a medias, las promesas en el inodoro. Constantes en mi vida.
Se me hace un nudo en la epiglotis y el rostro se me adormece cuando trato de decirte lo demasiado que te amo. Pero al mirarte correspondo cada esfuerzo y cada lágrima. Al mirarte sabes que lo que yo puedo decir es poco en relación a lo que puedo dar. A eso que cultivé de ti, a amar sin objetar.
No aprendí a cocinar ni a lavar. No te dí nietos, casa nueva o título. Y aún así amas sin esperar nada a cambio.
Te veo de la oscuridad orando con una devoción única. No lo haces en silencio, pegas tus manos cierras tus ojos y pides por mi y por todos, pero nunca por ti. Me duele saber que no he aprendido eso de ti.
Me siento solo. Quiero sentir ahora mismo tus viejas manos con venas sobrexpuestas drenando mi corazón. Esos surcos de las arrugas y las lineas de la vida de tus manos sobre mi rostro. Y mirar de reojo como eximes mis pecados y absorbes mis culpas. Con las lágrimas a borde, retando la pasividad.
Soy un mal hijo vieja, soy un mal hombre y un mal prospecto. Y me siento pesado del corazón, del alma, del amor que rebasa mi ser y escapa de mi.
Llévame de la mano a la escuela nuevamente vieja, levántame en tus brazos para no estropear las zapatillas con el lodo. Jálame de las orejas y dame un beso de despedida. En la puerta de mi cielo.
No puedo más.
Todos los días pensando en lo ingrato que he sido, en lo poco que he dado y lo mucho que exijo. Esperas aguardando, en bajo perfil. Siempre vas a abrirme la puerta cuando llego tarde de la calle. Asistes mis pasos cuando me emborracho. Me llevas a la cama y me ayudas a vestirme. Y aunque totalmente echado a la suerte del alcohol siempre siento tus besos al despedirte y apagar la luz. Escuchando como cierras la puerta y te vas en cunclías.
Las alegrías de la infancia, las fotos de tu pequeño "choclito colorado", recibiendo diplomas año tras año quedaron en fotos; los continuos fracasos, las cosas a medias, las promesas en el inodoro. Constantes en mi vida.
Se me hace un nudo en la epiglotis y el rostro se me adormece cuando trato de decirte lo demasiado que te amo. Pero al mirarte correspondo cada esfuerzo y cada lágrima. Al mirarte sabes que lo que yo puedo decir es poco en relación a lo que puedo dar. A eso que cultivé de ti, a amar sin objetar.
No aprendí a cocinar ni a lavar. No te dí nietos, casa nueva o título. Y aún así amas sin esperar nada a cambio.
Te veo de la oscuridad orando con una devoción única. No lo haces en silencio, pegas tus manos cierras tus ojos y pides por mi y por todos, pero nunca por ti. Me duele saber que no he aprendido eso de ti.
Me siento solo. Quiero sentir ahora mismo tus viejas manos con venas sobrexpuestas drenando mi corazón. Esos surcos de las arrugas y las lineas de la vida de tus manos sobre mi rostro. Y mirar de reojo como eximes mis pecados y absorbes mis culpas. Con las lágrimas a borde, retando la pasividad.
Soy un mal hijo vieja, soy un mal hombre y un mal prospecto. Y me siento pesado del corazón, del alma, del amor que rebasa mi ser y escapa de mi.
Llévame de la mano a la escuela nuevamente vieja, levántame en tus brazos para no estropear las zapatillas con el lodo. Jálame de las orejas y dame un beso de despedida. En la puerta de mi cielo.
No puedo más.
martes, 7 de diciembre de 2010
Navidad, negra navidad
"Para mí la Navidad dejó de ser de oropel y de abrir regalos, a partir de hoy comenzó a formarse de recuerdos. Al principio fue decepcionante, hasta que aprendí que la memoria era una forma de aferrarse a las cosas que se aman, a las cosas que uno desea nunca perder. En un mundo que cambia demasiado rápido lo mejor que podemos hacer los unos a los otros es desearnos feliz navidad y buena suerte".
Con una frase como la anterior trato en realidad de envolver un sentimiento perdido. A pasado mucho desde que disfruté una verdadera "feliz navidad" y mucho más tiempo para recordar cuando tuve "buena suerte". La palabra feliz es tan compleja y amorfa como la del amor, y esperar tener suerte es como pretender dormir despierto.
Recordé entonces aquella navidad de 1997. Una de las últimas con el abuelo al cual odio decir abuelo, prefiero decirle como antes, papi. Un árbol a medio armar, sin regalos, con 4 bombas viejas y escarcha mal esparcida. La teve descompuesta y un abuelo de mal humor.
De rodillas cerca al árbol. mi hermano y yo tratábamos de simular ser unos expertos electricistas manipulando el juego de luces, echándolo a perder por nuestra travesura. La granputeada característica del viejo no se hizo esperar y las palabras de mamá alcahueteando la diablura aquella.
Las navidades previas eran de tristeza y parquedad. Y aunque esta no sería distinta, un sentimiento de esperanza nos embargaba, como vislumbrando tiempos mejores, que en aquel año parecían quiméricos. Años terribles que parecían interminables e injustos. La enfermedad del abuelo lo había entorpecido tanto, al punto de depender de mi hermano o de mí para apoyarse mientras caminaba, negándose a usar un bastón. Aquel viejo que en sus años buenos era capaz de levantar en peso de sus cuatro hijos en sus brazos, y que reía todo el tiempo, era ahora, el remedo de su sombra gracias a una enfermedad desleal. Su apego a Manuel, mi hermano menor era evidente, su mayor predisposición al juego y su curiosidad por las historias del viejo eran el aliciente de vida que necesitaba el viejo patriarca.
Sentado en la vieja silla al costado de la mesa, con un codo inclinado en ella y el otro brazo rascándose la cabeza con cabellos cada vez más escasos, su mirada divariaba entre las luces en el árbol y mi hermano saliendo correr de la escena. Desde el sofá, lo miraba con recato, buscando información que no me daría. Movió la cabeza y se puso de pie lentamente, los metatarsos le sonaban y su incomodidad se notaba en su recortada respiración. No se por qué abandoné la sala, jale la puerta a medio abrir y seguí el sonido de los cuetes allá afuera, las risas de los otros pubertos, la alegría de la navidad en la calle. Quizás salí por temor a un grito de los ya comunes de mi abuelo, quizás para no ver como se molestaba reparando las luces. Me mantuve pegado en la puerta sin salir del todo como queriendo escuchar que hacía el abuelo, guiándome por el ajetreo de sus pies y el sonar de los huesos. Luego escuché el desahogo del sillón y los pasos desde la cocina de mi abuela acercándose. Me atreví a salir y llamé a mi hermano que jugaba con otros niños de su edad. Esa amplia calle yacía llena de humo casi asfixiante y repleta de gente en sus puertas y jardines. No faltaban ni diez minutos para conmemorar una tradicional festividad que supone llenar de alegría los corazones, delineando falsas sonrisas de espejos cosidos con algodón.
Mi madre inrrumpió mi tímida reflexión, iba apurada con una fuente en sus manos y algo que parecía ser pavo, o quizás lechón. Ella aún no se había cambiado la ropa sucia que traía puesta, pero parecía no importarle, yo no recuerdo que es lo que llevaba puesto pero intuyo que no era nuevo, y seguramente lo mismo sucedía con mi hermanito. Al abrir la puerta para que entre mi mamá noté que mi abuelo abrazaba fuertemente a mi abuela, conteniendo entre sus enormes lentes y sus duras barbas unas lágrimas que se negaban a salir. Traté de disimular el cuadro dejando entrar a mamá y cerrando la puerta, pero mi hermano entró corriendo también y no me quedó más que ingresar y cerrar del todo la puerta. Un llamado familiar implícito para una reunión que aunque incompleta, no se realizaba desde hace algunos años.
Nos sentamos alrededor tratando de formar una rueda que no pudo completarse por la disposición de los muebles y la pequeñez de la sala. Por el semblante producto de la escena de hace poco, ni mi abuelo ni mi abuela tomarían la palabra previo al momento del abrazo de tradición navideña, menos mi hermano. Mi mamá me miró con dulzura dando lugar a que yo asuma esa responsabilidad, me sentía nervioso. Mi abuela tiene la capacidad de hacerme llorar si la veía hacerlo, y esa noche me costo mucho contener esa emoción. Pero lo hice.
Tomados de las manos buscaba la forma de hacer un discurso retórico, uno que diga mucho sin decir casi nada. Apenas y recuerdo que fue lo que hablé, pero fue breve, nos mantuvimos en esa posición algunos minutos en tanto la emisora radial anunciaba de forma regresiva los segundos que faltaban para aquel esperanzador abrazo de paz. Y lo hicimos todos juntos como una familia con poco o nada, en silencio y con lágrimas a borde, pero aguardando un mejor mañana. Apretando los puños y los párpados, mirando desde adentro el cielo gris.
Ojalá todas las navidades fueran felices viejo!
Con una frase como la anterior trato en realidad de envolver un sentimiento perdido. A pasado mucho desde que disfruté una verdadera "feliz navidad" y mucho más tiempo para recordar cuando tuve "buena suerte". La palabra feliz es tan compleja y amorfa como la del amor, y esperar tener suerte es como pretender dormir despierto.
Recordé entonces aquella navidad de 1997. Una de las últimas con el abuelo al cual odio decir abuelo, prefiero decirle como antes, papi. Un árbol a medio armar, sin regalos, con 4 bombas viejas y escarcha mal esparcida. La teve descompuesta y un abuelo de mal humor.
De rodillas cerca al árbol. mi hermano y yo tratábamos de simular ser unos expertos electricistas manipulando el juego de luces, echándolo a perder por nuestra travesura. La granputeada característica del viejo no se hizo esperar y las palabras de mamá alcahueteando la diablura aquella.
Las navidades previas eran de tristeza y parquedad. Y aunque esta no sería distinta, un sentimiento de esperanza nos embargaba, como vislumbrando tiempos mejores, que en aquel año parecían quiméricos. Años terribles que parecían interminables e injustos. La enfermedad del abuelo lo había entorpecido tanto, al punto de depender de mi hermano o de mí para apoyarse mientras caminaba, negándose a usar un bastón. Aquel viejo que en sus años buenos era capaz de levantar en peso de sus cuatro hijos en sus brazos, y que reía todo el tiempo, era ahora, el remedo de su sombra gracias a una enfermedad desleal. Su apego a Manuel, mi hermano menor era evidente, su mayor predisposición al juego y su curiosidad por las historias del viejo eran el aliciente de vida que necesitaba el viejo patriarca.
Sentado en la vieja silla al costado de la mesa, con un codo inclinado en ella y el otro brazo rascándose la cabeza con cabellos cada vez más escasos, su mirada divariaba entre las luces en el árbol y mi hermano saliendo correr de la escena. Desde el sofá, lo miraba con recato, buscando información que no me daría. Movió la cabeza y se puso de pie lentamente, los metatarsos le sonaban y su incomodidad se notaba en su recortada respiración. No se por qué abandoné la sala, jale la puerta a medio abrir y seguí el sonido de los cuetes allá afuera, las risas de los otros pubertos, la alegría de la navidad en la calle. Quizás salí por temor a un grito de los ya comunes de mi abuelo, quizás para no ver como se molestaba reparando las luces. Me mantuve pegado en la puerta sin salir del todo como queriendo escuchar que hacía el abuelo, guiándome por el ajetreo de sus pies y el sonar de los huesos. Luego escuché el desahogo del sillón y los pasos desde la cocina de mi abuela acercándose. Me atreví a salir y llamé a mi hermano que jugaba con otros niños de su edad. Esa amplia calle yacía llena de humo casi asfixiante y repleta de gente en sus puertas y jardines. No faltaban ni diez minutos para conmemorar una tradicional festividad que supone llenar de alegría los corazones, delineando falsas sonrisas de espejos cosidos con algodón.
Mi madre inrrumpió mi tímida reflexión, iba apurada con una fuente en sus manos y algo que parecía ser pavo, o quizás lechón. Ella aún no se había cambiado la ropa sucia que traía puesta, pero parecía no importarle, yo no recuerdo que es lo que llevaba puesto pero intuyo que no era nuevo, y seguramente lo mismo sucedía con mi hermanito. Al abrir la puerta para que entre mi mamá noté que mi abuelo abrazaba fuertemente a mi abuela, conteniendo entre sus enormes lentes y sus duras barbas unas lágrimas que se negaban a salir. Traté de disimular el cuadro dejando entrar a mamá y cerrando la puerta, pero mi hermano entró corriendo también y no me quedó más que ingresar y cerrar del todo la puerta. Un llamado familiar implícito para una reunión que aunque incompleta, no se realizaba desde hace algunos años.
Nos sentamos alrededor tratando de formar una rueda que no pudo completarse por la disposición de los muebles y la pequeñez de la sala. Por el semblante producto de la escena de hace poco, ni mi abuelo ni mi abuela tomarían la palabra previo al momento del abrazo de tradición navideña, menos mi hermano. Mi mamá me miró con dulzura dando lugar a que yo asuma esa responsabilidad, me sentía nervioso. Mi abuela tiene la capacidad de hacerme llorar si la veía hacerlo, y esa noche me costo mucho contener esa emoción. Pero lo hice.
Tomados de las manos buscaba la forma de hacer un discurso retórico, uno que diga mucho sin decir casi nada. Apenas y recuerdo que fue lo que hablé, pero fue breve, nos mantuvimos en esa posición algunos minutos en tanto la emisora radial anunciaba de forma regresiva los segundos que faltaban para aquel esperanzador abrazo de paz. Y lo hicimos todos juntos como una familia con poco o nada, en silencio y con lágrimas a borde, pero aguardando un mejor mañana. Apretando los puños y los párpados, mirando desde adentro el cielo gris.
Ojalá todas las navidades fueran felices viejo!
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Purgatorio
...Había caído por entre unas nubes emblanquecidas y dersas como coagulos de algodón. La intensa luz lo cega casi por completo, el humo emanando de lo que parecen ser pixels de ánimas en pena y el níveo paisaje aunque demasiado luminoso, induce al desterrado a no creer en lo que sus ojos ven. Como caer de un sueño a otro. Ahora está de pie, en el centro de un sendero largo e interminable, y la superficie de ella era el espejo de los pecados de cada fétido habitante el submundo, al cual ya no pertenecía. Detrás de el la linea recta ante su ojos se hacía conoidal hasta perderse de su vista en lo que parecía ser el fin de todo, la nada, la niebla y la oscuridad semi compuestas en la boca del embudo.
Avanzaba sin prisa, como queriendo adentrarse en ese hábitat dimensional, a la vez que miraba con más atención perdía el aliento. Entendió que debió proseguir firme hasta el final de la luz sin titubeos. Avanzó tanto como pudo. Atravesó el océano de la niebla y nubes, donde la luz era cada vez más intensa. Grandes columnas se dejaban ver, imponentes y férreas, dejando filtrar de entre el espacio de ellas sombras aún más enormes, conjugando perfectamente con el áspero mármol. La superficie estaba llena de cadenas y restos de pergaminos. Era como vías de tren descompuestas por la roña y cubiertas de nieve y orín de lobos. Luego de ello un silencio eterno y mucha luz. Ya no faltaba mucho para llegar al final de su viaje espiatorio. El olor a campos elíseos era sofocante. Su cuerpo se hunde. Ha caído al infierno blanco... se ha despertado...o eso cree...
sábado, 6 de noviembre de 2010
Amor Je t´aime
De rodillas apresado al eslabón,
de agua y aceite, de sangre y plasma
amor esquivo y odio punzante,
desilusión, llanto y miedo;
recuerdos, añoranzas y fe.
De pie en un campo de rosas,
respirando polvo cósmico,
corriendo tras la luz.
Súbita, fortuita, apacible.
Un giño a una posibilidad volátil,
del amor en el aire
alzando vuelo sobre mi
tomando mi mano
rompiendo las cadenas de la soledad.
de agua y aceite, de sangre y plasma
amor esquivo y odio punzante,
desilusión, llanto y miedo;
recuerdos, añoranzas y fe.
De pie en un campo de rosas,
respirando polvo cósmico,
corriendo tras la luz.
Súbita, fortuita, apacible.
Un giño a una posibilidad volátil,
del amor en el aire
alzando vuelo sobre mi
tomando mi mano
rompiendo las cadenas de la soledad.
jueves, 21 de octubre de 2010
Catarsis
...Un frío chorro recto de agua en forma de gotitas asociadas golpeaba su cabeza con fuerza, salpicando las diáfanas lunas desplegables de la bañera, alcanzando las toallas, el techo y el espejo. La expresión de su rostro evidenciaba que tuvo un mal día, parecía pensar en lo rápido que transcurren los días en su aburrida oficina y lo tedioso que tiende a ser la rutina aun cuando ofrece distracciones y entretenimiento. Estiraba y contraía los dedos, las rodillas y los codos. No estaba quieto. Su sombra en la cortina exponía un temple amilanado. Aquel baño era su catarsis diaria, aquel líquido filtrándose por entre sus poros, resbalando de su piel era un drenaje necesario...
...Sintiéndose como amotinado en su propia frontera, demarcada por las resbalosas lozas azuladas y las cortinas manchadas de pequeñas gotas amotinadas una tras otra, se le veía con ganas de poco más que dormir. Un hábito diario de distensión, con la misma postura y la misma reflexión día tras día. Aquella esquina mitad trinchera, mitad purgatorio. Un cubículo de telekinesis.
Presumiendo de esa forma es casi probable que su vida acabe metida en un frasco de aceitunas, sumergido en ese violáceo concentrado, dando vueltas, yendo y viniendo. Al menos en la ducha el agua y su sabor a nada lo mantenía exento de todo padecimiento existencialista.
Ningún peregrinaje sería suficiente para resarcir sus errores; no había lugar al perdón ni al suplicio. El tiempo se cobra todo sin dar lugar a fraccionamientos.
Alcanza a decir "maldición!" mientras golpea con su mano derecha la pared frente a él, próximo a la manija que controla la caída del agua.
Sin embargo el estaba allí, seguía allí, ausente y perplejo...
...Sintiéndose como amotinado en su propia frontera, demarcada por las resbalosas lozas azuladas y las cortinas manchadas de pequeñas gotas amotinadas una tras otra, se le veía con ganas de poco más que dormir. Un hábito diario de distensión, con la misma postura y la misma reflexión día tras día. Aquella esquina mitad trinchera, mitad purgatorio. Un cubículo de telekinesis.
Presumiendo de esa forma es casi probable que su vida acabe metida en un frasco de aceitunas, sumergido en ese violáceo concentrado, dando vueltas, yendo y viniendo. Al menos en la ducha el agua y su sabor a nada lo mantenía exento de todo padecimiento existencialista.
Ningún peregrinaje sería suficiente para resarcir sus errores; no había lugar al perdón ni al suplicio. El tiempo se cobra todo sin dar lugar a fraccionamientos.
Alcanza a decir "maldición!" mientras golpea con su mano derecha la pared frente a él, próximo a la manija que controla la caída del agua.
Sin embargo el estaba allí, seguía allí, ausente y perplejo...
lunes, 11 de octubre de 2010
Miserable plegaria
Llévame lejos de aquí
desvanecido, en pedazos
hazlo a tu manera
al exilio y la reclusión
o a los campos eliseos
como un hoyo negro supermasivo
como ceniza en el viento
llévame al mundo de las sonrisas
olvidé preguntarte, ¿deveras existe?
¿no hay espacio para uno mas?
miércoles, 29 de septiembre de 2010
Untitled
Presumen del silencio,
ignorando la vulnerabilidad,
me resisto ya lo saben,
el aire que respiro apesta,
escuchar el mismo disco,
usar el mismo gap,
comer en restaurant,
preocuparme de la coma y la rima,
mimetizar un blog...
...seré quien olviden...
Pie de página: (30 amaneceres de catarsis)
domingo, 26 de septiembre de 2010
is gone
Mis creencias valen nada
necesitaba no sentir y ahora me urge
parece ser una necesidad básica
es como tener sed, querer dormir
"si te tienes que ir no digas adiós
si vas a venir, no tardes"
pero se amable
prometo no correr a tí
si me dejas abrazarte
prométeme enseñarme otra vez
no importa que pase
quiero ser un niño otra vez
recuerda, es primavera...
necesitaba no sentir y ahora me urge
parece ser una necesidad básica
es como tener sed, querer dormir
"si te tienes que ir no digas adiós
si vas a venir, no tardes"
pero se amable
prometo no correr a tí
si me dejas abrazarte
prométeme enseñarme otra vez
no importa que pase
quiero ser un niño otra vez
recuerda, es primavera...
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