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miércoles, 12 de enero de 2011

Matiné tropical

Tenía once cuando mi madre me llevó por primera vez al cine. Recuerdo el tránsito de incertidumbre divagar por mi mente cuando me lo dijo mientras veía por teve un anime que aparentemente era Mazinger Z. No le hice caso, así que se acercó a mi, me tomó del brazo y me dijo:

Vamos hijo, está baratito... verás las imágenes bien grandes, te gustará...
Ay mami, todavía no acaba— le dije, abordando su invitación. Por supuesto mi madre no dejaría de insistir... continué en el piso observando esos dibujitos robóticos, que curiosamente hasta hoy me gustan. Deliberaba silenciosamente en si debía ir o no pero sobretodo, qué era exactamente el cine y que implicaba ir o no ir. Siempre permanecía cerca al televisor, tanto como pudiese. No se tenía el lujo de contar con mandos a distancia en esos años y las imágenes emitidas no provenían de una señal abierta y menos en alta definición. Todo a golpe de muñeca y muchas tostadas con mantequilla.

Bueno, entonces te iras castigado y no verás televisión hasta mañana— prosiguió mi madre, al tanto avanzaba hacia la cocina, como para dejarme pensando. Naturalmente así lo hice. 
Maam... ¿Qué  ropa me pongo?acoté, poniéndome en pie lentamente.
Tu overol nuevo y el polo rojo. No te demores.

La primera idea que me generaba el cine en ese entonces -de poca difusión pública- era la de mucha gente saliendo de un mini teatro con pop corn en sus manos y los ojos enrojecitos. No tardaría en afirmar luego, lo que avizaroba ser un tonto cliché. Pero era innegable que sentía un escozor en mi piel, propia de las primeras veces. Lo más cercano a mi experiencia con el cine eran las viejas películas semidocumentales de los setentas que traía el abuelo luego de sus extensos viajes o los videos en VHS que compraba mi madre para entretenerme durante mis vacaciones. Eso y los talleres de teatro de la escuela. 


Salimos de casa mi madre y yo no sin antes apagar el TV. Era de día recuerdo, una función matinal y más aún, que me alejara de uno de mis programas favoritos entonces, debería ser algo que valiese la pena. Era un niño revoltoso y bastante engreído. Bueno, quizás aun lo siga siendo.
Llegamos a la plaza principal de la ciudad, donde decenas de viviendas hechas con los años negocios, en su mayoría galerias y restoranes, conservaban su aspecto colonial. Estilo inspirado de viejo retablos con un blanco casi como el marfil cubriendo sus altas fachadas y formas que evocan tiempos criollos. El viejo cine, El Tropical, era en esos años el único en su clase. Solía hacer las veces de teatro, cine y talleres de danza. Había poca gente en sus afueras y al ingresar, enormes carteles adornaban sus paredes. Los estrenos llevaban una iluminación especial y otras que se presentaron meses atrás, aún permanecían pegados, aunque no tan estropeadas como debía suponerse. 
Mi madre fue a boletería y yo esperé, cautivado visualmente, contemplando eso que parecía un palacio. Ahora si podía apreciar algunos niños entrando a las salas, cubiertas por unos telares rojos y una luz emanando de ellas entre la oscuridad. La curiosidad por ver más me llevó casi a la entrada de una de esas salas, apunto de entrar.


Ya tengo las entradas hijos, ven es por acá...
¿Y qué veremos ma?
King Kong hijo me dijo en tanto avanzábamos.
¿King qué? o como fuese, no llamaba para nada mi atención pero me sentía cautivado por lo que mis ojos habían visto hasta allí y no había lugar para pensar que dentro de la sala las cosas no serían igual de interesantes. Mamá me tomó de la mano y entramos, sin hacer cola. Esa función apenas tenía público que se contase con los dedos de las manos.
Recuerdo una enorme sala muy oscura y una enorme escalinata delante mío, la misma que por sus costados tenía accesos a los sillones que hoy son butacas y detrás mio, al ir avanzado podía ver la luz del proyector en parpadeos cónicos que contrastaban en el fondo de la sala donde yacía una enorme pantalla donde podía verse la película que ya había comenzado.
Nos sentamos en casi todo el centro, pero en realidad teníamos toda la fila entera para acomodarnos y aunque muy oscuro, la imagen proyectada hacía las veces de reflector. Nos acomodamos rápidamente y aunque no recuerdo bien si mi madre traía algo para comer y/o beber en ese momento para mi era tan irrelevante como que llevaba puesto y que hora era. Era esa película y yo, ese cubo newtonista y mi nueva percepción visual. La grotesca imagen del enorme simio pisoteando la ciudad y la bella doncella como contraparte, el enorme ruido y la emoción de ese primer y grato momento no se olvidan, aunque pasaran más de quince años. Una curiosa remasterización de la versión original de 1933. Por supuesto esto no lo sabría sino hasta más de una década después.

Me centré tanto en el film que apenas recuerdo a mi madre sentada a lado mío y menos aún, en que momento salimos, sólo se que esa experiencia me indujo a ser un amante del cine, por lo que muestra y hay tras ella. Lo curioso es que esa magia de la primera vez aún vive en mí, cuando asisto a un estreno por mala que fuese la película. El cine ha cambiado, pero no su esencia.

 

jueves, 30 de diciembre de 2010

The Eternal, the sea - PRELUDIO

No recuerdo cuantos tragos tenía encima y cuantos días de embriaguez llevaba en mi, pero todavía tenía cuerda para unas horas más. Era el primer día del año y todavía tenía la descomposición en mi cuerpo y ojos producto de la trasnochada de alcohol y narcóticos etéreos. Creo haberme sentido así por tanta hierba dispersa en el ambiente. Mi cabeza había formado lagunas y había olvidado porqué estaba en la barra, de costado y solo. Siete latas de red bull, otras tantas de cerveza y más de una docena de cigarros me habían dejado un tanto idiotizado. Y la noche todavía no empezaba. Llevaba puesta una bermuda de playa camuflada y algo húmeda, no se porqué, quizás estuve antes en la playa. Una camiseta ligera, sandalias y lentes de sol sobre la cabeza, una huachafada muy de moda. Tenía en mi mano una copa con martini.  Llevaba también una muñequera naranja que distinguía a la zona preferencial de la v.i.p, y la v.i.p de los socios e inquilinos del club hotel.
Me puse defrente a la pista de baile que aquel club de surf había improvisado. Me sentía apestar a cigarrillo al asomar mi nariz con cierto disimulo sobre mi costado, pecho y manos. Y un inmediato ademán de asco y molestia.

Dicen que las miradas se sienten, mientras hacía eso, noté que efectivamente alguien me miraba. Así que retiré esos gestos y me hice el desentendido tratando de encontrar esa mirada intuitiva, fortuita. No me costó mucho encontrarla, pero sí confirmar que en realidad era para mi. Frente a mi como a unos doce metros una bella fémina un tanto más alta que yo -que no es un gran merito- desplegaba un baile angelical y a la vez morboso. Rubia y bronceada, llevaba un short bastante pequeño que dejaba ver su bikini y una cerveza en su mano. Cuando ella notó que la miré, me sonrió y relentisó sus pasos, aprecie que bailaba sola. Al mirarme parecía invitarme a ir por ella, pero no me atreví, podía tener miles de cervezas encima pero seguía siendo el mismo gallina. Mi tímida sonrisa de evasión y el cigarro de costado en mi boca hizo entender a la rubia aquella, mi estancamiento. Necesitaría su ayuda. De todos modos, mientras daba vueltas bailando con muchos chicos y chicas, donde nadie era dueño de su propia pareja, aproveché para mirar con mucho recato si yo tenía a alguien cerca de mi. Por un momento no estaba seguro de que me mirase a mi. A mi derecha dos chicas afroamericanas hablando entre si, y a mi izquierda la escalerilla que llevaba a los baños. Sin dudas, me había mirado a mi. Cosa rara.

Por un costado mío saliendo de los baños, dos chicos se acercaron a mi. Uno me quitó la copa y el otro miró mi posición fija en aquella rubia.
Hey mi pana, ¿qué hace solo alli?...haber, ¿dónde miras con tanta atención? ...uffff madre mía ¡qué mujer! ...y te está mirando mi pana, te está mirando... me decía Lucas, de origen Venezolano, pasado de revoluciones y tiros...
No me jodas... uy si ah, bien allí brother... yo que tú me la llevo ahora mismo, ¿Qué esperas, que te saque ella? —inrrumpió Juan Luis, un pata Limeño que conocí en la ruta, comprando suveniers de la zona. Habíamos hecho un grupo con otros dos chicos y cuatro chicas que en ese momento estaban no habidas.
Ambos olían prefundamente a cerveza y marihuana, por eso me quedé solo en la barra cuando ellos fueron al baño, esperando que terminen. 
Bueno, ¿vas a ir?— me dijo Juan Luis, empujándome de la barra. Me quedé medio estático. La chica aquella no esperó y poco le importó mi indecisión. Vino a mi posición me tomó de la mano y me dijo Hey, ¿tan fea soy? ven, baila conmigo— quise responderle "claro que no eres fea, eres hermosa" pero solo le sonreí y fuimos a bailar. 
El ruido impedía que pudiera preguntarle ciertas cosas. Pero mientras yo me formulaba excusas a mi mismo ella dio la iniciativa. Se acercó a mi tomándome de los hombros tratando de estar cerca de mi oído. Muy sutilmente me dijo ¿Cuál es tu nombre, eres peruano?...

Me llamo Alan, si soy peruano, y tú, ¿Cómo te llamas?
Yo soy Marion, un gusto Alan. Te vi solo en la barra y me dio gracia ver como te olías a ti mismo— y estalló en risa. Se estaba riendo de mi. Y yo también me reí sonrojado a la vez.  
Su dominio del español era casi perfecto, incluso no podía determinar su acento e intuir de donde procedía. Y continuó...
Yo soy francesa, llevo varios años en América, aprendí el idioma y es la tercera vez que vengo a Máncora, me gusta. Tus amigos nos están mirando...

Efectivamente, al voltear, Juan Luis y Lucas no dejaban de mirar, a ellos se habían unido otros chicos y chicas y la mayoría nos miraban. Me hice el desentendido y seguí mi charla con sabor a Pet shop boys en off...
Si, son unos tontos, pero buenos tipos, los acabo de conocer, yo vine solo. La verdad me estoy divirtiendo mucho. Dime, ¿Cuántos años tienes Marion? Quizás no debí preguntar eso.
Se acercó aún más a mi mirándome los labios y me respondió:
Para ti...veinte años...
¡Cúanta seducción en su voz! Yo le calculaba veinticinco. Atiné a responderle sin que me pregunte: Yo tengo veinticuatro...

Intercambiamos sonrisas, bailes y preguntas asonantes. Era muy guapa, ojos índigo profundos y usaba brackets, pero le quedaban bien. Llevaba untada en sus brazos y piernas una mezcla de aceites y repelente. No terminaba de mirarla y a la vez de hablarle y ella a mi cuando imrrumpió de manera sorpresiva e imprevista un sujeto de biotipo similar a Marion. Se puso entre nosotros, él era más alto que yo -para variar- y creo que se hablaron en frances, en tono alto. El tipo la jaloneó, no supe si intervenir o hacerme de la vista gorda. Pero Marion no necesitó de mi ayuda, lo empujó y se retiró sin decirme adios o te veo luego. Era una situación entendible. El cemental se retiró por el otro lado y yo tuve que regresar a la barra.
No se si los chicos no se percataron de esa escena o se hacían los desentendidos. Como adivinando me cedieron una lata de cerveza y me puse enmedio de Miriam y Juan Luis. Luego fui al baño.
Esa última cerveza fue el declive. Me sentí fatal. Necesitaba ir a mi habitación. El hotel estaba cruzando la carretera, afuera del frontis del club. Iría sin avisar, eran casi las seis de la tarde y aunque esto apenas empezaba mi cuerpo ya no soportaba más. No suelo beber tanto, menos dos días seguidos. Sólo me quedaría por Marión y nada más.

Al abrir la puerta del baño cuando me disponía a salir, una chica muy joven pero muy, muy guapa se detuvo a mi lado y me mostró una nota en un papel doblado, cortado al apuro, húmedo y manchado de labial. 
¿Eres Alan? toma, Marion me dijo que te diera esto, pero que porfavor no lo leas hasta dentro de una hora. Ella te esperará en la playa. Chaocito.

La niña aquella, rubia y bronceada como la mitad de los asistentes de esa fiesta, me entregó la nota y salió corriendo. No se si tontamente, pero la guardé en el lateral de mi bermuda, sin leerla. Recuerdo sonreir de satisfacción mientras lo hacía y fui a la barra a contar esa gesta juglar. Pero a cada paso que daba me sentía caer, había bebido más de lo que normalmente me permito y necesitaba reposar si deseaba continuar la fiesta nocturna. Tomé la senda del costado, la que accesa a la tienda y luego al lounge para salir por la cochera sin ser visto. Me topé con Roberto (otro de los chicos que conocí) en el camino y me preguntó a donde iba y le dije que a tomar aire y que no tardaría. 
Me detuve en la puerta de la cochera. Me había equivocado de ruta, salí por la puerta posterior la que da a la playa, curiosamene, no la que da a la carretera. Había poca gente y los rayos de sol eran mínimos. No me quedaba más que ir y tratar de descansar en la playa. Esperaría a Marion y luego regresaría al bar. En aquel bar de mi última fiesta de año nuevo, donde no me sentí sobrar.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Mundo Ausente 9

Creí que ir pensando en cosas que tenía pendientes por hacer y sus probables soluciones haría que el tiempo a transcurrir entre mi andar y mi distante destino haría el viaje algo menos tedioso. Pensaba en lo mucho que le debo a la vida y lo mal que he correspondido a quienes me quieren, en miles de cosas como esas y que en lugar de animarme me acongojaban aún más. Caminaba ligero sosteniendo en mi espalda la ligera mochila y llevando en mi mano una botella de agua y un bastón de palo para apoyarme en ciertos tramos donde la ruta parecía un pasaje de azufre y roca caliza.
Pensé en lo que había ganado de todo aquel peregrinaje, insólito pero fructífero. En los personajes de aquella serie de ficción y en las paradojas de la vida. En los términos que me eran muy familiares: supervivencia y fe. Me preguntaba, por que nunca me atrevo a hablar con mamá sobre la historia de mi padre, por qué no tengo el temple para ver sus fotos y saber como es. Y como ese dolor y orgullo alimentaron mi ser, día tras día. Pensé por último en mi abuela, en el eterno amor hacia ella y la impotencia de saber que el tiempo hace mella con cada uno de nosotros.
En veinte minutos llegué a un cruce en la cumbre de un cerro, desde el cual se apreciaba un paisaje terriblemente hermoso, del cual ya me había habituado. Avisoraba desde aquella prodigiosa posición la eternidad de la sierra, herencia de nuestros orígenes. De la majestuosidad de un mundo que fue aplastado por la selva de cemento habitada por zombies paticojos. De las vacas a las conservas, de la sangre al mestizaje. 
Me senté no por cansancio, pero si para recordar las palabras del joven que me aconsejó como no  perderme. No lo estaba pero si no tomaba la decisión correcta, pronto lo estaría, al norte un caserío, del oeste aparentemente nada, y del otro lado la confluencia del enorme rió y las decenas de acequias desembocando en él. Desde el cómodo peñasco donde yacía sentado pude ver la silueta de un joven, con una enorme mochila, llevando en su costado a modo de apoyo, una bicicleta empolvada. Se acercó a mí y me saludó con un hola, se le notaba imponente y seguro de sí.
¿Estás perdido?— me preguntó, y antes de que respondiera prosiguió...
No te recomiendo quedarte mucho tiempo sentado, si quieres ir al caserío de allá, debes aprovechar de las horas de sol que restan antes que la lluvia te haga añicos— me dijo con un tono algo cansino, por su aparente tragín, al parecer mayor que el mío. 
Su aspecto no me otorgaba confianza, el cabello largo arrastazado, envuelto en tierra producto del desaseo previsible, quizás de muchos días, una bermuda larga, un polo bombacho y la piel totalmente bronceada, la barba mal crecida y las zapatillas atadas con furia y apuro. Se sentó cerca de mi.

Tienes razón, debo apurarme— le dije, con algo de retardo.
Tomate tu tiempo igual, de todos modos no te perderás, ¿qué haces por acá?— me dijo.
Vine por un trabajo de la empresa donde laboro, y bueno ante la distancia y la inclemencia del lugar nos vemos obligados a hacer campamento hasta que acabemos, nos separamos en grupos y mi compañero y yo nos perdimos un par de kilómetros atrás y decidimos desagruparnos para que el retorne a Uyurpampa y yo vaya a conversar unos temas para el empadronamiento de mañana con la gente del otro caserío. Después de eso, no se que haré aseveré con algo de gracia, con lo cual logré también que el ria. 
Bueno, chamba es chamba causa, sabes yo no quisiera irme de este lugar, vine por deporte down hill, no se si escuchaste, vine con unos amigos, la pasamos bien hasta que en un momento me harte de ciertas cosas y discutimos, ellos regresaron a Chiclayo y yo continúo divagando por estos lares, y creeme es de lo mejor que me ha pasado...
Ahora veo porque llevas tu bicicleta, el deporte de aventura es común por acá pero conlleva sus peligros, yo soy un maricón para esas cosas. Bueno yo me la he pasado quejándome de este lugar pero a punta de golpes he aprendido muchas otras también, y sin dudas han repercutido en mi...
Me miró desde donde estaba, directo a los ojos. Lo que a continuación me diría serían palabras forjadas desde las entrañas:
Te diré algo. Esta vida no es la que llevamos, este mundo no es el universo. Cada uno de nosotros tiene una vida como individuo y un mundo para si, y la confluencia de nuestras vidas y nuestros mundos conforman lo que llamamos el mundo. De allí nace el amor y los demás valores. Aunque nuestro origen es aún materia de discusión que no amerita ser mencionada ahora mismo, debes entender que cada persona deja algo en nuestras vidas, tu jefe, tu compañero, quizás yo. Todos. Pero esta gente es esencia pura, estas personas todavía conservan ese matiz perdido por la modernidad, el afán curioso pero desinteresado, la ingenuidad e incluso la desconfianza producto del arrebato que nosotros mismos hicimos sobre nosotros mismos. Es irónico pero les hemos dado el espaldarazo y sin embargo, ellos siempre te sonríen, extendiéndote la mano, dándote un queso o un vaso de agua. Les quitan sus tierras, les quitan su idioma, les quitan su honra, y siempre miran sin decir nada, con dignidad y fe. Si sigo aquí es porque de alguna forma sin esperar nada a cambio, me reconforta saber que no soy parte de esa incalculable mayoría enclenque, y aunque no ayudo mucho, almenos...
Recuerdo haber bajado la mirada lentamente con resignación y vergüenza incuestionable. Aquel joven al que aún no le preguntaba su nombre, tenía voz de mesías y mirada rehabilitadora. La vida nos había separado una entrevista y aunque comprendí todo lo que dijo,  inevitablemte le hice una pregunta que no venía, pero que debía:
¿Hasta cuando piensas quedarte?— sintiéndome un tonto tras decirlo. Retomé mi mirada en el. 
No lo se, eso es algo que no puedo responder—me dijo al tiempo que se ponía de pie.  
No me has dado tu nombre, yo soy Alan— le iba diciendo, poniéndome también de pie.
Que tonto, discúlpame, Alan yo soy Tomás, pero mis amigos me dicen Tom...
Tom parecía llevar en su sangre el legado de Luther King, Lennon y Ernesto Guevara. El afán e revolución y justicia ardía en sus ojos, el amor a la naturaleza brotaba de su ser y sus palabras remobían cualquier cimiento nazi. Noté que era más bajo que yo y le calculé 26 años, yo entonces tenía 21. 
Debes continuar sin titubeos Alan, y recuerda que esta vida es una tela de humo, que no importa lo que los demás hagan, sinó lo que tu buscas y quieres. Y si encuentras quieres. Preguntate sin responderte, camina sin saber donde, duerme sin cerrar tus ojos, pero incluso ante esas ironías nunca pierdas la fe en ti mismo— fue lo último que sabiamente me dijo aquel heredero de Dios.
No atinamos a preguntarnos mas sobre nosotros, ni procedencias, ni destinos, ni apellidos ni nada. Era como una estancia para beber agua y continuar. Quizás no se llevó mucho de mi, pero lo que el transmitió para mi lo llevaría en mi mochila hasta mis días. Me dio la mano, me sonrió cálidamente y prosiguió su camino por el cual yo había venido. Dejándome la senda limpia y alma sin llanto. Lo contemplé desde mi lugar hasta verlo desaparecer por la niebla y el culebreo de la ruta. 
Ya no importaba ir o venir, llegar al caserío, acabar el trabajo, Tom me hizo ver el futuro en sus puños y en sus ojos. Ha entender el sentido de la vida.
Aquel día nació lo que en siglas he llamado Mr.D.
    

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Mundo Ausente 8

Materia de discusión, Lucho y yo entendimos que era necesario hacer escala, alimentarse y del breve descanso retomar fuerzas y continuar el camino por distintas vías. Las radios llegaron a su tope de batería sin haberlo notado antes y aunque era bastante temprano, la inclemencia del clima aquel nos quitaba el mínimo de confianza.
Cerramos las puertas del vehículo con sigilo, para evitar las molestias de los lugareños expectantes al desenlace. Poco a poco fueron ingresando a sus moradas quedándose con nosotros el joven que previamente nos invitó a comer en su casa y su padre. 
Armé mi mochila con lo que creí sería material indispensable para mi eventual aventura semiespacial. Lucho ya conocía su camino de regreso y se limitó a tomar algunas botellas de agua y los radios metidos en su bolsa con sus respectivas baterías entre otras utilidades. Avanzamos presurosos para alcanzar el paso de nuestros nuevos serviciales aliados. A golpe de las 2 de la tarde el llegar a mi nuevo destino me llevaría un par de horas a pie, casi el mismo tiempo que a Lucho ir a Uyurpampa. La preocupación estaba puesta en evitar que la noche haga presa a través de las lluvias o la polvadera al auto.
Entramos. Un corral como todos los demás de la zona, muchos animales dispersos, de todos los tamaños y razas: gallinas, ovejas y patrulleros. Así le llaman en la sierra de allá a los cerditos pequeños. Parecía un ambiente festivo el de ese corral, y el bullicio ni que decir. Los ambientes de la casa, que se veían antes de entrar, eran pequeños, hechos de palo, barro y adobe. Pasamos y nos sentamos. A Lucho, el che, le costó mucho trabajo, es bastante más alto y fornido que yo y teníamos que acomodarnos en unas improvisadas bancas que no eran mas que troncos de árboles medianos y forrados con cuero de vaca. Hasta entonces la única casa que conocíamos era la de Don Eleuterio, sin dudas, de las mejores infraestructuras en todo el caserío. Y aquella casa del amable joven era sin dudas fiel a la realidad de aquel semiencantado lugar, ambientes pequeños, rústicos y herméticos.
"Pasen a la mesa para comer algo" se oyó desde la parte trasera, que parecía ser la alcoba, separado por un muro celeste de celofán. Hicimos caso sin responder, tomamos asiento, en una igual de humilde mesa de madera rodeada de troncos a manera de banquetas. Rápidamente salio el joven, vistiendo modernamente unas zapatillas blancas, limpias, llevaba aún su pollera puesta y el atuendo típico de su lugar, pero noté que se colocó un gorrito blanco que hacía juego con sus zapatillas y también se había lavado las manos y un tanto su rostro. Traía consigo un plato con mote arrebozado con carne y otro plato con queso y cachangas de maiz creo. Las puso encima de la mesa y regresó rápidamente aparentemente  traer algo más, Lucho y yo nos miramos, sin dudas eso no nos llenaría en absoluto, y valgan verdades, lucía de horror.
"Vayan probando nomás, ahorita voy" se escuchó desde adentro. Traía un par de jarritos con algo caliente y un mantel. Se sentó y  procedimos a comer. El joven volvió a pararse y se retiró del comedor un momento. En tanto yo hacía mi mayor esfuerzo por ingerir ese mote frío y duro y un desabrido queso casi rancio.
"Lucho, está de mierda esta comida, puta madre el agüita está mas rica..." dije con un tono asqueado sin notar que el muchacho alcanzó a escucharme, lo supe cuando ingresó dejando caer su mirada de nosotros, disimulando. Me sentí una mierda, no tuve el tacto ni el tono para hablar de eso en otro momento y forma. Solo se me ocurría salir de ese lugar.
Nos quedamos en silencio, era raro que ni el mismo Lucho dijera algo por lo menos para apaciguar el mal rato, el desliz aquel. El muchacho era tan noble y sencillo que aparentemente olvidó lo sucedido y entabló conversación con nosotros casi a punto de acabar la comida, nos preguntó que hacíamos en ese lugar, por qué elegimos la peor época del año para trabajar y si era la primera vez que íbamos, entre otras preguntas, a las cuales respondíamos de forma breve y aligerada. Sin dudas, queríamos abandonar el lugar tan pronto como fuese. Terminamos y agradecimos el joven que se llamaba Rogelio, nos acompañó mientras nos hacía indicaciones, sobretodo a mi, de como llegar y no perderme, incluso diciéndome que tranquilamente podía cubrir la ruta en una hora. No se si para dar aliento o por exageración, pero terminó alentándome esa aseveración.
Nos paramos a lado de la camioneta ultimamos algunas cosas más y partimos. Nos despedimos de Rogelio, totalmente avergonzados, pero el joven sin el mínimo resentimiento nos deseo suerte. A pesar de las limitaciones se le veía instruido e impresionantemente gentil.
Veía a mi compañero alejarse, la gente meterse en sus casas y yo avanzando rápidamente, acomodando el peso de mi mochila y mirando el panorama, buscando algún detalle escondido, de ese crucigrama de casuchas y quebradas, con la vergüenza todavía pegada como calcamonía en mi cara.
"Soy un imbécil, como no me dí cuenta..." me decía...

martes, 7 de diciembre de 2010

Navidad, negra navidad

"Para mí la Navidad dejó de ser de oropel y de abrir regalos, a partir de hoy comenzó a formarse de recuerdos. Al principio fue decepcionante, hasta que aprendí que la memoria era una forma de aferrarse a las cosas que se aman, a las cosas que uno desea nunca perder.  En un mundo que cambia demasiado rápido lo mejor que podemos hacer los unos a los otros es desearnos feliz navidad y buena suerte".

Con una frase como la anterior trato en realidad de envolver un sentimiento perdido. A pasado mucho desde que disfruté una verdadera "feliz navidad" y mucho más tiempo para recordar cuando tuve "buena suerte". La palabra feliz es tan compleja y amorfa como la del amor, y esperar tener suerte es como pretender dormir despierto.
Recordé entonces aquella navidad de 1997. Una de las últimas con el abuelo al cual odio decir abuelo, prefiero decirle como antes, papi. Un árbol a medio armar, sin regalos, con 4 bombas viejas y escarcha mal esparcida. La teve descompuesta y un abuelo de mal humor.
De rodillas cerca al árbol. mi hermano y yo tratábamos  de simular ser unos expertos electricistas manipulando el juego de luces, echándolo a perder por nuestra travesura. La granputeada característica del viejo no se hizo esperar y las palabras de mamá alcahueteando la diablura aquella.

Las navidades previas eran de tristeza y parquedad. Y aunque esta no sería distinta, un sentimiento de esperanza nos embargaba, como vislumbrando tiempos mejores, que en aquel año parecían quiméricos. Años terribles que parecían interminables e injustos. La enfermedad del abuelo lo había entorpecido tanto, al punto de depender de mi hermano o de mí para apoyarse mientras caminaba, negándose a usar un bastón. Aquel viejo que en sus años buenos era capaz de levantar en peso de sus cuatro hijos en sus brazos, y que reía todo el tiempo, era ahora, el remedo de su sombra gracias a una enfermedad desleal. Su apego a Manuel, mi hermano menor era evidente, su mayor predisposición al juego y su curiosidad por las historias del viejo eran el aliciente de vida que necesitaba el viejo patriarca.
Sentado en la vieja silla al costado de la mesa, con un codo inclinado en ella y el otro brazo rascándose la cabeza con cabellos cada vez más escasos, su mirada divariaba entre las luces en el árbol y mi hermano saliendo correr de la escena. Desde el sofá, lo miraba con recato, buscando información que no me daría. Movió la cabeza y se puso de pie lentamente, los metatarsos le sonaban y su incomodidad se notaba en su recortada respiración. No se por qué abandoné la sala, jale la puerta a medio abrir y seguí el sonido de los cuetes allá afuera, las risas de los otros pubertos, la alegría de la navidad en la calle. Quizás salí por temor a un grito de los ya comunes de mi abuelo, quizás para no ver como se molestaba reparando las luces. Me mantuve pegado en la puerta sin salir del todo como queriendo escuchar que hacía el abuelo, guiándome por el ajetreo de sus pies y el sonar de los huesos. Luego escuché el desahogo del sillón y los pasos desde la cocina de mi abuela acercándose. Me atreví a salir y llamé a mi hermano que jugaba con otros niños de su edad. Esa amplia calle yacía llena de humo casi asfixiante y repleta de gente en sus puertas y jardines. No faltaban ni diez minutos para conmemorar una tradicional festividad que supone llenar de alegría los corazones, delineando falsas sonrisas de espejos cosidos con algodón.

Mi madre inrrumpió mi tímida reflexión, iba apurada con una fuente en sus manos y algo que parecía ser pavo, o quizás lechón. Ella aún no se había cambiado la ropa sucia que traía puesta, pero parecía no importarle, yo no recuerdo que es lo que llevaba puesto pero intuyo que no era nuevo, y seguramente lo mismo sucedía con mi hermanito. Al abrir la puerta para que entre mi mamá noté que mi abuelo abrazaba fuertemente a mi abuela, conteniendo entre sus enormes lentes y sus duras barbas unas lágrimas que se negaban a salir. Traté de disimular el cuadro dejando entrar a mamá y cerrando la puerta, pero mi hermano entró corriendo también y no me quedó más que ingresar y cerrar del todo la puerta. Un llamado familiar implícito para una reunión que aunque incompleta, no se realizaba desde hace algunos años.
Nos sentamos alrededor tratando de formar una rueda que no pudo completarse por la disposición de los muebles y la pequeñez de la sala. Por el semblante producto de la escena de hace poco, ni mi abuelo ni mi abuela tomarían la palabra previo al momento del abrazo de tradición navideña, menos mi hermano. Mi mamá me miró con dulzura dando lugar a que yo asuma esa responsabilidad, me sentía nervioso. Mi abuela tiene la capacidad de hacerme llorar si la veía hacerlo, y esa noche me costo mucho contener esa emoción. Pero lo hice.
Tomados de las manos buscaba la forma de hacer un discurso retórico, uno que diga mucho sin decir casi nada. Apenas y recuerdo que fue lo que hablé, pero fue breve, nos mantuvimos en esa posición algunos minutos en tanto la emisora radial anunciaba de forma regresiva los segundos que faltaban para aquel esperanzador abrazo de paz. Y lo hicimos todos juntos como una familia con poco o nada, en silencio y con lágrimas a borde, pero aguardando un mejor mañana. Apretando los puños y los párpados, mirando desde adentro el cielo gris.

Ojalá todas las navidades fueran felices viejo!

jueves, 2 de diciembre de 2010

Mundo ausente VII

La polvadera moteando nuestros cansinos rostros y la fría mañana. Lucho en el volante con la ventana a medio abrir y casi alejándose de Don Pedro, que nos rutéa con su dedo hacia el norte mientras avanza tranquílamente por la dirección por la que aparecimos hace rato. Al parecer una vieja senda, de época de incanato.
Parecía escuchar delante mío a Lucho susurrar entre su epiglotis, como que si el miedo lo abordara desde sus talones. Y creo que yo estaba peor. Conducir por entre peñascos y trochas de metro y medio de ancho era una tarea harto complicada. Pero las alternativas se agotaron.
Una cosa es "tirar caña" en una urbe y otra muy diferente es hacerlo en esta circunstancias. Trataríamos de ir bastante lento llevando comunicación constante con la otra brigada y con José desde el local comunal con los radios encendidos y los ojos bien abiertos y aunque era bastante temprano, la idea es ganarle a la noche, y descansar temprano, evitando ser asaltado por la lluvia y otras eventualidades a las cuales apenas estábamos entendiendo. Una 4x4 enorme y bien dotada, incluso con botellas de agua en su interior, pero con el aire acondicionado averiado- lo cual no era prescindible.
La trocha tenía abundante romero y uña de gato, distinguiéndose de entre la malesa y la hierba mala. Las doncellas Incahuasinas haciendo gala de su enormes y coloridas polleras saludándonos en cunclías, lavando sus ropajes y cuidando sus animales, los toretes transitando la ruta, graduando nuestro paso y un tímido sol, como queriendo y no queriendo salir.
Los ropajes tradicionales fruto de una historia prehispánica llena de costumbrismo y esplendor. Hermosos telares con diseños geométricos, hechos a mano o a pedal, con una gama de colores que van desde el rojo o naranja hasta el negro nebloso. Exhibidos con total propiedad y orgullo, ese que en nuestra costa parece estar ausente.
Hay tanto de que distraerse, los comuneros por el costado de la senda elaborando adobes de barro y paja, el ganado tragando pasto seco, las gallinas pigmeas correteando en la trocha y las doncellas jugando con sus ropajes. Hasta la fila de carne seca colgada en unas sogas es materia de admiración. El panorama ideal para respirar confianza.

A golpe de mediodía se puede aprovechar en que el frío es muy ligero para avanzar tanto como fuese posible, pero, a ese paso llegaríamos a nuestro punto en 4 horas y no en menos de tres como teníamos pensado. Quizás hubiera sido mejor continuar a pie. Pero lucho, por el espejo retrovisor supuso entender lo que yo pensaba al mirar hacia el timón.
Ni bien lleguemos abajo (al caserio más cercano) preguntamos... que preguntamos, defrente nos jalamos un cholo que tire su caña y lo hacemos conducir, ya le invitamos su gaseosita y listo, se acabó el problema Dijo en tono elevado y presto, el ocurrente Lucho. Sin dudas, una no muy sana reflexión, pero válida. Me dejó pensando.
No creo que los lugareños sean buenos conduciendo, salvo si nos topamos con alguno que haya manejado camiones mínimo, pero, no se, bueno vayamos abajo y allí vemos— le conteste. Eso no era un sí ni un no. O peor que eso.
A través del espejo noté los efectos del habitáculo que nos chuponéo en apenas dos días: los labios cuarteados, secos y grises, la lengua fofa y pálida, el rostro flaco y las mejillas rojas, con los pómulos negros. El fastidio en mi tras ese reflejo era evidente.
Me cago de risa en tu cara, sos un delicado, la puta que te parió Alansisho, jaja— dicho por el che en buena onda, y no le faltaba razón. Y aunque las quejas del inicio fueron disipándose a medida que me familiarizé e identifiqué con el ambiente aquel, corpóreamente no me sentía cómodo, para nada. 
Logramos divisar no muy lejos algunas casuchas conexas y muchos animales dispersos. Necesitaríamos una buena excusa para ganarnos un plato de comida y encontrar algún conductor con un curriculum digno de aprobación sin evaluación, cuando la informalidad nos hace tomar decisiones de vida o muerte.

Estando muy cerca, una mala maniobra de Lucho al momento de virar para estacionar el vehículo hizo que la llanta posterior derecha se pinchará entre carbones punteagudos recientemente usados. El estruendo al reventar fue inmediato, y nuestra cara de "ahora, que hacemos" también. Era lo peor que podía pasarnos, y rogábamos por encontrar un repuesto en la parte posterior.
La tela de ceniza levantándose nos llevo a concluir que se trataba de carbón fresco, mezclado con troncos y piedra.
El sonido hizo salir de sus casas a los lugareños y espantó a los animales más pequeños. Ahora si teníamos una excusa, antes de descender del auto nos colocamos nuestros chalecos y cualquier indumentaria que nos identifiqué y nos encale mejor. 
La conch* ** ***** por qué ******* no me dijiste que estaban esos putos carbones hierbiendo en el poto de la camioneta carajo— me increpó Lucho, muy molesto y hastiado.
Porque tú eres el que conduce so mierda, no yo— le contesté pausadamente mirándolo mientras lo hacía. Caballero Lucho, bajemos y hablemos con alguien de acá. Muéstrate tranquilo— finalizé, tratando de poner paños fríos, por no decir que me sentía resignado a mi suerte.
En cuanto bajamos, me dirijí a buscar la rueda de repuesto, mientras Lucho hacía lo suyo con los pobladores, que rápidamente se acercaron a la zona. No encontré la llanta por ningún lugar y la que acabamos de pinchar estaba totalmente impresentable, quemada y ahuecada. Me acerqué al tumulto.
Nosotros íbamos en dirección norte, teníamos que entablar una reunión y establecer un perímetro de control en las afueras para realizar unas labores a partir de mañana en toda la zona, aprovechando la altitud del caserío. Acá solo quisimos detenernos por algo de agua (agua,sinónimo de comida) y preguntar si conocían algún atajo— era parte del floro de Lucho para buscar una manito de entre los apenas 7 señores que nos escuchaban. 
Lo interrumpí Lo que pasa es  que ahora, con la camioneta averiada y sin repuesto, nos vemos en la obligación de caminar el resto del tramo. Por ello les pido de favor que le den una mirada al auto mientras mi compañero regresa a Uyurpampa a pie, y yo voy al caserío a pie también— finalice, en tanto Lucho me miraba impávido, como no queriendo aceptar la idea de regresar.  
Si, entonces nos encontramos en este punto en dos o tres horas, yo trataré de ver alguien que nos ayude con la llanta y tu avísales a los comuneros lo que previamente ya habíamos conversado...
Pero, quédense a comer papá, después se van— nos dijo amablemente uno de los comuneros más jóvenes, que me recordaba a José.
Bueno, si no es mucha molestia...— recuerdo haber dicho, en tono bastante bajo.   
Arrimen un poco el carro, déjenlo nomás, acá estará cuando se regresen. Vayan a comer— dijo el que parecía ser el padre del joven que nos invitó a comer. Agradecimos mientras sacábamos algunas cosas del auto y ultimábamos algunos detalles. El resto lo coordinaríamos por radio.  


lunes, 29 de noviembre de 2010

Mundo ausente VI

El olor de la lluvia caer se asemeja al del incienso al apagarse, parece hacer arder la mucosa hasta adormecer los vellos. Esas lluvias feroces que solo se ven en esta parte del país acompañan día a día estas tierras, bañando de gloria y revancha un pedazo de población que parece vivir sumergida en una edad de bronce. Donde los jóvenes son tan inocentes como niños y los niños tan audaces como colibríes.

La lluvia nos daba prisa, el agradecimiento por aquel nutritivo almuerzo y la ansiedad por ver el nuevo paisaje borrascoso nos llevo a ponernos de pie casi al mismo tiempo, despidiéndonos de los demás en la mesa.
-Don Eleu, gracias por todo esto, aunque déjeme decirle que, vamos a venir todos los días a comer sus reses, la comida estuvo muy buena, gracias- expuso irónicamente Santos, arrancando una sonrisa del duro rostro del viejo, y también en los demás.
Antes de que todos quisieran expresar algo más -las evidencias del cañaso eran bastante obvias- replicamos pidiendo disculpas, aduciendo que el tiempo juega en nuestra contra. El señor Eleuterio nos dijo que al día siguiente nos prepararía un ambiente especial para dormir. En tanto esta noche, deberíamos ingeniarnos en el local comunal armando nuestras tiendas. Solo por una noche, o quien sabe.

Quien lo diría, nos empezaba a gustar este peculiar entorno. El paisaje, su gente, sus costumbres. El espejo de una sociedad preocupada en el mañana y no en el hoy. Que olvidó su ayer.
José nos condujo al local comunal, es decir, al otro lado de la casona de Eleuterio. Entramos rapidísimo de lo contrario la lluvia nos empaparía en solo cinco segundos. Nos basto dos para salir y entrar a nuestro improvisado dormitorio.
El desorden propio de un grupo con ansias de descanso. Olíamos muy mal, pero en ese momento era imposible pensar en aseo de cinco estrellas. Era el frío goteo de lluvia por la ventana o esperar al día siguiente a la orilla del río con agua más congelada aún. Uno a uno nos despojamos de esos sucios ropajes, acomodando las tiendas y carpas. La tienda de Hebert era para 3 personas, pero yo no estaba dispuesto a ir con él (tenía fama de ser un poco desaseado). Yo tenía mi tienda personal más un sleeping aunque algo viejo, muy confortable.

-Por la puta madreeeeee- gritó Santos desde un costado. Resulta que en su cajetilla de cigarros solo le sobraba uno, los demás ya no tenían, y yo tampoco. Con esa lluvia nadie saldría a la bodega por más cigarrillos, eso se entendía al escucharlo rugir de ira. Tan pronto como se terminó de armar las tiendas acercamos a nosotros otros enseres que podrían ser de utilidad, linternas, agua y repelente. Cargamos las radios, los gps y demás artículos electrógenos. Aunque era temprano, era mejor dormir y sacarle el máximo provecho a la mañana, había mucho que hacer.

-A mala hora se jodió esa puta camioneta- Comentó en voz alta Lucho, ya a oscuras y alojados en nuestras tiendas.
-No pierdas la esperanza Luchito, quizás el lunes venga la camioneta, solo fueron los frenos- respondió Santos, tratando de calmarlo. En realidad terminamos riendo, era recién Martes.
Estábamos jodidos, echados a nuestra suerte.

Normalmente mi cuerpo habituado a dormir a altas horas de la noche, producto de mi añejo insomnio se dejó seducir por el apocamiento y casi sin acomodarme mientras pensaba en la cámara perdida y los paisajes en él, en la camioneta y en la batería de mi celular que olvidé traer, quedé dormido al ritmo de goteo cayendo en las tiendas, resbalando por ella, sonando a lágrima perdida al caer en el piso. 

El día llegaría rápido. El sonar de los viejos camiones y unos tímidos rayos de alba penetraban por entre las rejas y el plástico tenso. El olor a humedad y hielo seco. Nos esperaba un día de treinta horas. José nos esperaba afuera del local, con las llaves en las manos. El cancerbero de un cónclave de miércoles. Un miércoles con poca neblina, ideal para avanzar tanto como se pueda.
Salimos listos cada uno con sus cosas, nadie quedaría en el local, Heberth, Santos y Ernesto irían a levantar toda la zona,Lucho y yo a convocar a una reunión a los comuneros de los caseríos aledaños. Es decir, una nueva caminata.

Armados cual batalla, picos en mano, sombreros, lentes, chalecos, polares, agua, y una mochila con algunas cosas y mucho material publicitario. Seis de la mañana, teníamos tiempo para un desayuno improvisado e ir por la bodega a por cigarros y leche fresca. La brigada de Santos y los demás marchó presurosa hacia el sur, seguramente en el camino encontrarían donde comer algo. Lucho y yo, con algo menos de prisa fuimos conversando entre otras cosas de la molestia de realizar una labor que no era nuestra competencia, por el solo hecho de no tener una buena relación con el jefe de ingenieros de aquel entonces. En su intento por desterrarnos a una tierra donde supuso que nos iría peor que mal estaba consiguiendo adherirnos a ella de forma poco comprensible. En su afán por aguarnos la temporada descubrimos que, en estas tierras había algo más que dígitos calculados y medidas perimétricas. Era ir por otra dimensión a un mundo dentro de otro como satélite cobrando peaje por cada vuelta de sector. Aprendiendo de ancestrales constumbres, escapando de la modernidad, comprendiendo la forma de la somos parte y el telar que vestimos tras una piel manchada en diversidad de colores pero con el mismo reverso, la misma sangre, los mismos derechos.
Caminamos en silencio, subiendo pendientes, pisando roca y mascando tranquilidad. Salpicando tras la ruta polvo y barro. Mirando el esplendoroso paisaje que nos regala Dios para no perder la esperanza y demostrar de que estamos hechos.

Llegando a una pequeña curva un túmulo de polvo anunciaba el acercamiento de algún vehículo, era Don Pedro y la camioneta que nos ofreció la tarde anterior y que no habíamos tomado en cuenta. Fue una avalancha de alivio y las súplicas escuchadas.
-Par donde van inges- preguntó el viejo comunero, uno de los más acomodados económicamente de la zona.
-En dirección a Ayamashay maestro- respondió el che, señalando por entre un montículo de vacas que se aglomeraron por la senda a seguir.
Tomó sin pedir permiso el enorme mapa que llevaba conmigo y lo expandió en la capota de su negra camioneta, que parecía blanca por el barro seco.
-Es aquí donde deben ir, son casi 8 kilómetros, caminando tardarían algunas horas- dijo en tono desalentador, en tanto miraba de reojo a Lucho, buscando una rápida réplica, una conciliación.
-Carajo, es mucho tramo, ¿no pasan por acá los camiones?- preguntó Lucho, como dejando espacio a una respuesta servicial.
-¿Saben conducir?- preguntó don Pedro
-Si, pero no tenemos brevete- respondió rápidamente Lucho.
-Acá esos papeles no sirven inge, tomen la camioneta pongan sus cosas allí, hay mucho combustible así que no se preocupen, yo iré al cacerio a mediodía y luego nos vamos a almorzar a un lugar que conozco allá abajo- Finalizó.

Fue la mejor respuesta que escuchamos en toda la jornada. Lo que no sabía don Pedro era que, ni yo ni Lucho éramos expertos conductores, por último, ni amateurs.

martes, 23 de noviembre de 2010

Mundo ausente V

(V)

Don Eleuterio esperaba de pie en la fachada de su casa. Santos a un par de metros de el, fumando el característico cigarrillo. Los chicos y yo apresuramos la marcha, o quizás fue la inclinación de la pendiente y el efecto de la gravedad. Lo que fuese, el hambre era incontenible. Llegamos y saludamos, don Eleuterio nos dio la bienvenida con un desabridísimo y un tanto displicente "que tal". El tradicional tipo reacio de la sierra, contrapuesto a la amabilidad del joven Uyurpampino. Pero ni modo, debíamos quedarnos en su casa.
Alguna vez el viejo patriarca fue alcalde así que, ese era indicativo de que estábamos al menos, en buenas manos. Nos hizo entrar, una bodega bien surtida, un teléfono satelital y muchos perros caminando. Pasando ese ambiente un amplio patio con otros ambientes detrás de el. La casona del viejo Eleuterio era grande pero cual corral, repleto de animales.

Caminamos tras el viejo camino al ambiente que parecía ser el comedor. Algunas tusas regadas por el piso y los perros mascándoselas, mucho humo y como no sentíamos hace días, calor y ganas de dormir. La esposa del señor Eleuterio se presentó sola, nos invitó a sentarnos en tanto terminaba de preparar los potajes del día. Por el olor daba la impresión que se trataba de alguna res y el infaltable cañaso. Se estila en esas zonas a que los moradores comparten con sus visitas sus creencias y costumbres, y la comida es parte fundamental de ello. Dejar más de la mitad del plato o poner cara de asqueado es el peor pago que pueden recibir, así que habría que comer a la fuerza si era necesario.
Aquel comedor era amplio y la mesa en ella igual de enorme. Lo que no sabíamos es que otras  personalidades de la zona y autoridades sería parte de ese almuerzo.
Las fiestas en la sierra suelen durar más de una semana. Y aunque cálido y acogedor, en la casona aún se sentía frío, empero dos vasos de cañaso fueron suficientes para disipar el frío. Ahora nos quitábamos los polares y todo lo que considerábamos innecesario. Esa bebida hacía mérito de la fama que la precedía, calentaba en cuanto se le ingería.

Fueron llegando uno a uno, venían desde caserios aledaños como Laquipampa, Uyshahuasi, Romero y Ayamashay. En realidad ese simple almuerzo que esperábamos era un festín de carnes y potajes típicos de la zona. La mejor oportunidad de los lugareños de exhibir sus platos. Recordando el jolgorio de los comuneros la noche anterior. Y aunque sonara mal, sin ser quienes ellos esperaban, nosotros terminaríamos siendo jueces de aquella feria. Seguro eso hacía pensar que recibiríamos la mejor atención.
Los saludos de camaradería correspondientes, y los platos llegando a la mesa. Sopas de borrego, caldo de bolas, estofado de res, cancha, queso, entre otros potajes eran parte de aquel buffet. Definitivamente el avant garde de toda la estadía.

Supusimos que el hambre nos haría quedar mal, terminamos en cuanto repartieron las comidas, pero nos sirvieron ración doble. Tenía que codear al resto para evitar que se coman todo lo que nos habían servido y en cuanto lo hice el viejo Pedro que estaba frente a mi intervino dicíendome que comamos sin tener vergüenza. Con autoridad plena y la confianza dada, mis compañeros se encargaron de dejar a los perros sin comida. Bueno al final,tanto maltrato en el sendero y los desfiladeros valió la pena. Nos esperaban unas semanas terribles.

Uno de los invitados en la mesa, un comunero de Laquipampa se ofreció a prestarnos la camioneta de su finca hasta que la empresa envié a la móvil que debió haber venido con nosotros. Algunos problemas mecánicos hicieron que, nuestro no planificado recorrido tenga algunos inconvenientes y algunas bajas, como la cámara y un par de sombreros. Aunque aún intactos, éramos consientes que nos esperaban dos semanas largas y tediosas y cualquier actitud servicial sería bien recibida. Aceptamos rápidamente, procederíamos entonces a subdividir el grupo en razón a la propuesta de aquel gentil señor, un grupo residirá en Uyurpampa y el otro hará las veces de posta, haciendo el trabajo sucio de levantamiento topográfico, como haciendo un poco de runnig, muy característico en la zona. Eso se podría discutir después, la reunión en la mesa era amena y pintoresca.

Se dejan escuchar viejos balines golpeando las calaminas en los techos. Ha comenzado a llover.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Mundo ausente IV

 (IV)

La altura te otorga una ventaja: ver las cosas desde otra perspectiva, al menos desde allí todo luce más pequeño. Pero también la ineludible desventaja de soportar el calvario del soroche y sus síntomas. Y esos benditos cigarrillos ya había hecho añicos de nosotros. Apenas y respiramos; no faltaba mucho, sin embargo me sentía perecer. El esfuerzo evidente de Lucho desde arriba era cada vez más inútil, las distancias entre uno y otro no eran las correctas y nuestra postura corporal inapropiada, apenas faltaban unos metros y eso parecía no importar, simplemente llegar.
Un último resbalón del pequeño Ernesto y el jalón sintiéndose desde la soga que sostengo con ardor y tembladera es el anuncio de que por fin tocamos tierra lisa. Uno a uno bajando a como podían y Lucho con el alma entre los dientes. Reposamos sentados en nuestro sitio acomodando las cosas, embarrados y tratando de beber algo de agua que conservamos en algunas botellas. A golpe de mediodía y sin población a las afueras, un parque sin vegetación ni columpios, más estiércol de caballo, un profundo olor a frío civilizado y la pena por la cámara enterrada bajo el río.

Estábamos habituados en todas esas horas de viaje en camión y ardua caminata a contemplar el paisaje desde lo alto y lo bello que luce todo desde allí, pero desde el parque la vista seguía siendo maravillosa. Parecía que al contacto con los bloques de cemento la niebla se clarificaba y el alma regresaba al cuerpo. A todos salvo a José. Ya con algo más de aire nos pusimos de pie con las cosas atadas a las sogas y con unos troncos debajo como emulando viejas ruedas, para engañarle al terrible peso de aquellas pertenencias. José señaló con el dedo hacia el oeste.
Allí está el local comunal, y más a ladito la casa de don Eleuterio, donde se van a quedar, ya conversé con el...
y prosiguió: Esperé acá Inge— mirando a Santos voy a ver ayuda para que lleven sus cosas.
Volvimos a sentarnos limpiándonos al vuelo la ropa embarrada, las botas y sacudiendo los sombreros. El hambre era ahora una necesidad tan básica que nos devorásemos en el acto una vaca si era necesario. Santos y Lucho seguían comiéndose los cigarros y Ernesto y yo apenas y respirábamos. Esperamos presurosos el regreso de José y la ayuda. Vimos a lo lejos una especie de carretilla y dos personas a pie al costado de un caballo, o algo parecido. Nos paramos rápidamente, cogimos el equipaje y aguardamos. José nos presentó al señor que se ofreció con el vehículo, aunque no recuerdo el nombre se que no hablaba el idioma, como la mayoría en la zona, y que el quechua seguía siendo su lengua matriz, pero entendió nuestros gestos de agradecimiento. Subimos las cosas rápidamente atamos las sogas otra vez y aseguramos el cerrojo posterior, nosotros seguiríamos a pie, solo eran unos metros. En ese avance paso a paso notamos que no éramos los únicos, los pobladores en sus casas haciendo las rutinas culinarias propias de la hora, las vacas tragando pasto y algunas ovejas trasquiladas paseando por entre el fango y los gallinazos merodeando alguna presa desfalleciendo o quizás el anuncio de nuestra muerte. Una tonta reflexión de una mente falta de alimento. 
Llegamos al local comunal, era amplio y al parecer tuvo uso el día anterior, las evidencias de una festividad eran más que obvias: restos de queso tirado en el piso revolcándose con el polvo, globos reventados colgando de hilos mal atados y un terrible olor a cañaso y coca. Sin decir nada mas de lo que se pensó y que seguramente pasó por la cabeza de todos los demás al entrar a ese lugar, José tomó la palabra explicándonos que, efectivamente la noche anterior se había desarrollado la fiesta típica de Uyurpampa, es decir, su aniversario. Mientras lo hacía colocamos nuestras pertenencias en una esquina amplia encima de una enorme mesa y debajo de ella, cubrimos todo con unas mantas impermeables y cerramos el ambiente con candados hasta el día lunes que iniciemos la jornada encargada, y el motivo del peregrinaje. Ahora sin peso de impedimento y sin temor a la altura sólo había que hacer algo, llenar el instinto básico de supervivencia: comer. Y luego de eso dormir para revivir neuronas. 

Salimos del local, José y Santos fueron a ver a Don Eleuterio para las coordinaciones de la posada y la comida en tanto los demás fuimos a caminar por la zona. Ya para eso teníamos con nosotros las cosas de mayor utilidad: radios, gorros, protectores solares, lentes de sol, polares y mucho cigarro.
Los pobladores nos dan la bienvenida, las más jóvenes luciendo con orgullo los trajes típicos de la zona (krusmas y anukus, que vienen a ser como blusas y faldas respectivamente) atuendos perfectamente manufacturados. Saludando nuestro caminar con las manos en alto, interminables sonrisas y mucha gentileza, nos hablaban en ambos idiomas, los lugareños se hicieron bilingües a golpe de modernidad, por no decir obligatoriedad. Pero, aunque bilingüe, Uyurpampa, al igual que toda la serranía de Incahuasi y Cañaris es una población con altos índices de analfabetismo y pobreza. Normalmente se hacen campañas de ayuda a esta comunidad que ha recibido la espalda de todo un país. Y aunque la gente es muy gentil aún es muy apreciable la indocilidad de algunos otros pobladores, sobretodo hombres y ancianos. Algunos nos miraban con recelo e incomodidad, como recordando la invación peninsular en tierras incaicas. Los uyurpampinos llevan viva en su sangre y su lengua las raices de una cultura de la que no se avergüenzan y que deberíamos adoptar con orgullo e impetu. Eso dicen sus miradas que castigan de reojo, miradas que jalan las pestañas y agraban la melancolía.
Continuamos en silencio, estudiando nuestro nuevo hogar con algo de temor y sigilo. El camino siempre estrecho empolvando nuestros rostros cada vez que pasaba algún camión por nuestro costado y la abundante vegetación cosquilleando era típico en el andar. Miramos atrás para ver que tanto estábamos alejándonos y en realidad apenas y caminamos el equivalente a dos cuadras. Las radios suenan, Santos quiere que nos reunamos en la plaza a la brevedad. Era hora de almorzar.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Mundo ausente III

(III)

Dentro de mis pesadas botas se podía sentir la sudoración recorriendo mis talones y mis dedos comprimidos pidiendo ayuda. El cansancio era tiránico, peor por la prisa en nuestro andar. Por increíble que pareciera, José y sus amigos no dejaban de hablar, reír y pasarle al machete a la malesa sobresaliente en el camino. Todo como si nada, una rutina tan sencilla para ellos como era para nosotros el comer o el respirar. Bueno no tanto el respirar a más de 1 500 metros sobre el nivel del mar era muy complicado. Adecuados totalmente a su forma de vida.

El avance era cada ves más pesado, el sendero se hacía más erguido y para llegar al río había que descender por una especie de quebrada y una espesa vegetación y claro, enormes rocas por doquier.
Llegamos a una especie de intersección, por no decir cuello de embudo. Desde la planicie de ese cruce se apreciaba la magnitud de los cerros que encerraba tanta vegetación de palo seco y roca muy caliente. El lugar perfecto para escapar del frío y contemplar ese habitat. Frente a él, el inmenso río tan bravo como translúcido. Por los costados de las lomas, pequeñas pero largas trochas y callejones, algunas casuchas que parecían colgados con clavos y mucho ganado disperso. Casi por un costado y mirando hacia abajo, el enorme abismo envuelto en una niebla realmente espesa y blanca recorriendo nuestros pies. Y los efectos del frío saliendo de nuestras bocas, un humo denso y fúnebre.
Me tomaba las rodillas mientras trataba de reponerme. Beber un poco de agua pura del río implicaba un esfuerzo más. Un verdadero sacrificio.

Dejamos nuestras cosas otra vez, había que ir a "pata pelada" y con los caballos cerca, los comuneros delante a manera de guía y mucho cuidado de no patinar. Nos inclinamos para desamarrarnos las botas, casacas y guantes. Si caíamos al agua era enfermarse inmediatamente. Calculo que ese río circulaba agua a menos de 5°. Bebimos como pudimos de la parte más alta para que los caballos beban del agua contra corriente. Nos lavamos ligeramente, nunca había sentido un agua tan helada, que mi lengua parecía retorserse por mi nariz y las manos estaban tan duras que dolían.
—Hay que apurarnos, más allasito esta la bajadita a la plaza— dijo Don Anselmo, aparentemente el mayor de todos. Lucho, el más irreverente de mi grupo se sacó el pantalón intentando bañarse. Era de no creerse, permanecí sentado entre las rocas mientras apreciaba una de sus tantas locuras. Lucho es argentino pero vive muchos años en el país y es un tipo decidido y aventurero, además de ser medio descocado. Por supuesto nadie lo siguió, esa idea descabellada solo podría surgir de el. Y se metió al río. Realmente estaba loco, todos reíamos moviendo la cabeza de lado a lado.
—El gallo no cambia— dijo Heberth, el chino, que se notaba moría de ganas por hacer lo mismo, de alguna forma estaba casi igual de loco que Lucho. Pero el frío lo contuvo. 

Ahora eramos presa del hambre, ese río nos había energizado a punta de frío y ansiedad. Ahora el hambre nos haría avanzar hasta llegar a nuestro destino. La plaza Uyurpampina.
Retomamos la senda, bordeando el río para agilizar el paso y cortar camino. Pero allí cerca al agua el frío era más rígido. Metí la mano a mi bolsillo lateral saqué una cajetilla de Camel y fue como una bendición. Curiosamente nadie pensó en cigarrillos en toda la ruta, siendo lo primero en que debimos pensar. El problema era que nadie cargaba un encenderor consigo. Pero el tema de los cigarrillos ya era prioritario asi que, si era posible había que desmantelar todo el equipaje hasta encontrar algo con que hacer fuego. Unos fósforos húmedos y con apenas cuatro palitos fue lo que encontramos en las pertenencias de Santos. La desesperación era incontenible, y al primer inhalo de alquitrán y la respuesta inmediata de plétora. Como niños comiendo caramelos en Halloween.
Continuamos la ruta. Los comuneros debían desviar su andar, pero con José bastaba y sobraba, aunque habíamos obviado algo importante: el peso de las cosas a cargar. Aunque no faltaba mucho, el beber agua y fumar para contener el frío nos devolvió las fuerzas para terminar. Nos despedimos. Tanta gentileza y desinterés en la gente ya no se ve en la ciudad.


Ahora éramos como al inicio, cinco, y mucho peso que transportar. Por el extremo del río logramos apreciar un paisaje inenarrable. El despeñadero dejaba ver en el fondo de el, la silueta del río y su confluencia con las quebradas y acequias, como una canasta de serpientes y manzanas. Las copas de los árboles moteados y las rocas conteniendo la majestuosidad de aquella forma fascinante. Nuestra vista se centró en ella y no nos percatamos que la plaza y el pueblo yacían unos metros antes de ese cónclave de serpientes celestes. Un verdadero requiem. Aprovechamos en sacar algunas tomas en la cámara.

Nos pusimos uno trás otro evitando ir rápido y poder resbalar. Lucho era el más fuerte y pesado iba atrás como conteniendo con su peso y nivelando el andar del grupo. Nos sostuvimos con la soga atada a un árbol a lo alto y en su caída atamos las cosas para que ese contrapeso vaya al fondo del pasadiso. Esa cuerda bien estirada y tersa entonces sería como una manija para nosostros. Ernesto, el más ligero y tímido de todos iba delante y resbala ligeramente y en una de esas me toma de la rodilla, yo iba tras el, haciendo que también me resbale, nos llenamos de barro y en esa ligera caída la cámara se desprende de mi cuello al igual que mi sombrero. Este último voló por entre la vegetación y la cámara se deslizaba directo al río hasta perderse de mi vista. Peor no podía ir.


 

viernes, 19 de noviembre de 2010

Mundo ausente II

(II)

El viejo puente de palos deja caer una de las cañas mal atadas al hacer contacto con las llantas ahuecadas de aquel camión y la frenada impredecible que formaba una llamarada de polvo elevada y molestosa. El primer susto de la jornada y el aviso de nuestra llegada. Las puertas traseras abriéndose de golpe al paso que descendían los animales y los comuneros tomando sus cosas y descendiendo de el, presurosos.
El ambiente dejó de ser enrarecido para nosotros. Eramos cuatro y por cuestiones de malos manejos operativos de la empresa, la camioneta que debía transportarnos no estuvo con nosotros en el momento preestablecido. Así que ese camión sería el primero en su especie para transportarnos. Hacerse al dolor.
Todo eso supuesto, al tiempo que se esparcía el polvo de nuestro alrededor y dejaba ver la belleza escondida de ese pueblo. Un pisotón a nuestra indiferencia.

Uyurpampa era un pueblo perdido en el olvido, confundido entre los matorrales. Casi inaccesible, pero hermoso, verde y rosa con un agradable olor a flores, salvo cuando llueve. El sol resplandecía por las rendijas de las puertas de lata y el beige del algodonado pelaje de ovejas.
Un repentino toquido por mi costado llama mi atención. Y el gesto de aviso de lo otros. Era José, él sería nuestro guía. José me estrechó su mano tratando de ayudarme a bajar del camión por su costado menos alto, donde se apreciaba una vieja pero funcional escalerilla de un bloque.
Le ayudo, sosténgase fuerte— hablándome en un tono muy amable y un profundo acento serrano. Le agradecí con una ligera sonrisa. Noté entonces que el vistaso que había echado en antes al pueblo no fue breve como pensé. Santos y mis otros compañeros ya habían bajado del camión con todo los instrumentos para las labores encargadas. Yo era el último, y me sentía muy cansado. Pero era mejor bajar. 

Ya en tierra José, que ya se había presentado con todos, nos ofreció el local comunal donde nos invitarían un pequeño almuerzo. Aunque mi cuerpo pedía un baño y una siesta.
Lo que nunca nos dijo José era que teníamos que caminar con nuestras cosas -bastante pesadas- algo de dos kilómetros. En fín, no había forma de evadir nuestra realidad. Peor no podría ser. Los silbidos juguetones de Santos, el mas alegre del grupo, intentando disipar el desánimo del momento pasaron desapercibidos, se necesitaba más para mejorar nuestro semblante. 

El sendero era largo, estrecho y empinado, desafiando considerablemente nuestra anatomía poco acostumbrada a la altura y el frío. La reacción de derrotismo era inmediata. Nos detuvimos cuando apenas avanzamos unos metros y sin decirnos nada nos miramos, como buscando otras salidas para no caminar todo ese curvilíneo y largo sendero. José irrumpió diciendo No se preocupe Ing. caminen despacio con el cuerpo tirado para adelantito nomás, para que no se canse, yo voy detrás de ustedes— y en cuanto terminó de decirnos eso, parece que el cuerpo se negara rotundamente a creer en milagros. Hebert, el más viejo de todos fue el primero en soltar su pesada mochila, y casi al mismo tiempo los demás. 
Fuimos para el costado del sendero, así empezaba nuestra huelga interior. El cuerpo no daba para mucho mas que comer y dormir. Es más, hasta el hecho de hablar nos restaba energías sustanciales para después. José seguía de pie, como teniendo escondido un as bajo la manga. Su trabajo no solo consistía en guiarnos sino también en sostenernos y asistirnos antes cualquier eventualidad, en este caso, la dejadez por continuar caminando. Su actitud sospechosa tendría fundamento. 
El sonido a tamboreos rítmicos y el polvo en forma de flechas venían del extremo del sendero. Un grupo de comuneros entre caballos y yeguas, tras el pedido de José, se ofrecieron a jalarnos hasta la plaza, lo que nos dejaría a solo unos metros del local comunal. El frío seguía pelando mis labios y el ardor en mis ojos era incontrolable. No tenía la más mínima idea de lo que era subirse en un caballo, y el miedo era más que evidente, dando aliciente a las carcajadas de mis compañeros, que ya eran duchos montando y cabalgando. Nuevamente José se ofreció a darme su ayuda, a lo que esta vez me negué, indicándole quizás en tono poco amical, que suba mis pertenencias a uno de los caballos, mientras les decía a los demás que vayan despacio porque yo iría caminando. La expresión molesta de mi rostro no dejó que vuelvan a reir, accediendo a mi berrinchoso pedido.

El avance era demasiado lento, pero era eso o cargar con ciento cincuenta kilogramos por persona en las espaldas, camuflándonos entre las sombras de los árboles para engañar la luz solar y cubriéndonos el rostro para evitar que el frío los resquebraje. En menos de media hora ese sendero que parecía interminable se bifurcaba a la vista, dejando ver accesos ascendentes que retaban la física, y otro tanto al río. Y fue como que se nos hizo agua la boca. Así que el avance se hizo ligero. 

Mundo Ausente I

(I)

El viejo camión que nos transportaba a mi y mis cuatro compañeros no podía dejar peor nuestra columna, el crujir de las vertebras evocaba el bombeo en la vieja guerra de Normandía. Por cada bache una reacción artrítica y un grito de basta. Pero había que soportar, restaba solo una hora de los primeros seis de inclemente viaje, de sostenernos con fuerza a los palos extremos de la tolva sin quitar de la vista las enormes cajas con los equipos de rastreo satelital y topografía.
Seis horas renegando en silencio, mordiendo nuestra propia ira envuelta en saliva seca y llena de polvo de sierra caliente. Un sol sofocante y un frío atroz, un inusitado misceláneo de sensaciones. Era entre elegir a congelarse o dejar que el sol negree por completo manos y rostros. Sin dudas, yo prefería el frío, el mismo que luego tendría consecuencias.
Aquel camión era como una jaula de animales en cautiverio. Las gallinas pigmeas picoteando la suela de mis botas y las enormes vacas con cuernos quebrados gimiendo por cada retumbe del camión nos hacían recordar nuestros primigenios orígenes, en donde se cazaba para sobrevivir. Epocas que ahora perecen en ritos rupestres.
Debíamos librar una batalla con la diosa naturaleza en más de tres semanas y siendo aún el inicio, todo indicaba que ni las esperanzas ni el majestuoso paisaje serían suficientes para retransladar mi mente a un lugar distinto a aquel.
Y los comuneros mirando. La atención puesta en nuestro ropaje, los chalecos naranja viva y los enormes sombreros, la manera tan pulcra de proteger nuestra piel, las cremas en nuestra cara, de cansancio y sed. Una extraña naranja mecánica que no camuflaba nuestra negra alma y tampoco la silueta de rayados en rojo, negro y marrón de sus ropajes, deshilachados y manchados de mugre y barro, los llanques que dejan mostrar las callosidades, del andar constante, de la lucha con la tierra y el frío. Miradas fijas y retumbantes sobre nuestro desgano puesto hasta en nuestra forma de sentarnos. Rogando por terminar ese viaje.

Detrás de sus miradas fijas y alrededor, la tetricidad del paisaje rompía el esquema de cuadro bonito de aquel sendero. Un sendero plagado de restos de estiércol de yegua y troncos de alfalfa. El olor del ambiente recargado de materia excrementicia y las puntas de los árboles metidas como alfileres por entre los pastizales y las flores a medio crecer, rodeadas de muzgo y polvo, con huellas de mordidas de venado. Los enormes cerros como trapecios, verde en sus lados, pardo de abajo haciéndose azafranado hasta las puntas. La maleza entre ellas y los troncos retorcidos en forma de molinos nos hacía recordar la inclemencia y la belleza impresas en la helada sierra. Un páramo casi impenetrable a cualquier sentido que no sea el de la vista.

A lo lejos los primeros indicios de población. Humadera escapando de las casuchas y mucho verde inmiscuido. Ese humo restaurado en aire puro se filtraba por entre nuestros poros y tabiques. La esperanza retornaba. El olor a abono húmedo se disipaba por los abismos neblinosos, los riachuelos resonando y las vacas bebiendo de ellas, caracterizaban el nuevo ambiente.
Aquel lugar al que nos aproximamos y que los comuneros llaman Uyurpampa. Ese sería nuestro primer paraje. 
El viejo roble milenario da la bienvenida. Hay que agradecerle contemplando su enormidad...

lunes, 8 de noviembre de 2010

—LA PRIMERA CITA- parte III

El choque casi frontal con esa enorme silueta hizo que impactemos de espaldas con la puerta. No atiné a levantar mi rostro, una enorme sombra y un breve silencio, María Pía trato de disiparlo con un tip bucal de "amm-amm".
Mami, ya terminé de limpiar la herida de Alan, tenemos que salir...
Al tiempo que su señora madre con los brazos cruzados y el ceño fruncido buscaba que le responda su frígida mirada. Antes que lo hiciera María Pía tomó mi mano y me hizo avanzar tan rápido como fuera posible en dirección a la sala.
Ya vengo madre, se nos pasa el tiempo. La señora seguía en la misma postura y sin decir nada. Al salir de la casa su madre alcanza a decir: "no tardes cielo".
Salimos corriendo. No quise pensar en ese instante.
Cruzamos la calle. Nos detuvimos, retomamos la respiración nos tomamos del brazo tratando de tragar aire y reponernos. Reímos mientras lo hacíamos, complicando aún más nuestra cansina recuperación.  
¿Dónde quieres ir?— pregunté...  
Al parque por mi helado y a sentarnos en la fuente de agua— respondió feliz. 

Caminamos bastante lento, casi contando los pasos, el tráfico era bastante mínimo a esa hora ya casi no había gente en la calle. Tácitamente hicimos un trato de continuar por esa ruta en silencio, hasta llegar al parque. Noté que ya no tenía el tronquito conmigo y la herida ya no me ardía. Pero si los pies. Llegamos muy rápido. Sólo estaba un señor de casi de cincuenta años paseando con su perro golden retriever. No dejaba de contemplar ese enorme perro, se parecía al mío. Su andar era como el de los caballos de paso y su pelaje brillante y sólido como el oro.
Cuidado!!! —me dijo deteniendo bruscamente mi avance despistado como abrazándome, mientras la bicicleta que casi nos choca seguía su camino como si nada. Los fuertes ladridos del gran perro, las bocinas de algunos automóviles. Todo embarullado, y  nuestras miradas encontradas casi rosándonos las narices, sintiendo las puntas de su largo cabello castaño entrecruzarse con el mio y sus manos jalando mi casaca manchada. Estaba a punto de cerrar los ojos dispuesto a que pase lo que pase, dándole la batuta del momento a ella.
¿Vamos a sentarnos en la fuente? Te enseñaré algo... en tanto abría mis sosegados ojos. Esta vez caminamos, con mayor sigilo mirando de lado a lado al cruzar la avenida. 

Un parque lleno de flores multicolores y olores que llamaban al encuentro con el supremo. El frío quitaba matiz al cuadro, y el ruido metálico estropeaba el concierto. Pero la belleza visual era tal que lo que escuchan nuestros oídos era irrelevante. Aquella fuente de agua no dejaba caer ni un solo chorro, su mecanismo se habría estropeado. Ella dio unos pasos rápidos, se sentó y dio un palmeteo en el borde del estanque. La acompañé y también me senté. 
Que hay de tu helado ¿Lo quieres de todos modos? —pregunté, a la vez que deglutía saliva sabor a inquietud y ansiedad. No importa, te dije que te enseñaría algo, ven... 
Me puso de pie y avanzamos ligeramente al centro de la fuente que reposaba agua un poco sucia como de una semana por lo menos. Algunas hojas secas a flote y restos de ladrillo en la orilla. En dirección a la parte céntrica un monumento tan viejo que no dejaba apreciar el nombre del mismo impreso en la placa de metal a la altura del pecho de ese túmulo de piedra oscura. Me puso frente a ella y ella me tomó de los antebrazos y se coloco justo tras mío. 
Sabes, este es mi lugar favorito, es un lugar cualquiera, una estatua cualquiera, un día cualquiera, pero me gusta saber que frente a este lugar soy como una rosa entre espinas...
Sinceramente mi escasa persuasión me limitó a entender ese lenguaje metafórico y simbólico, sólo me sonó a palabras bonitas. Ella prosiguió: Un día creceremos y es posible que tu te cases y yo también pero quiero que recuerdes este lugar, y al recordarlo recuérdame a mi como algo especial... Palabras tan dulces y nobles como las de mi abuela. Un elipsir de vida. 
Lentamente se volteo y me dio la cara, miraba por entre sus ojos como para poder retener la mirada. Aunque muy cerca no estábamos sujetos el uno al otro, ni de los brazos como instantes previos, ni de la ropa. Pero muy cerca.

Cierra los ojos— la escuché decir, accediendo sin pensarlo. 
Sentí el tiempo detenerse, las pupilas lamiendo mis párpados y el corazón a paso de atleta . Sentí un muy tenue viento por entre mis mejillas y un dulce y húmedo mariposeo en el vértice de mis labios, por el lado derecho. Mi alma quería colapsar. Sentí un respiro cerca mio, un suspiro y un dedo en el centro de mis labios cerrados y rojos producto de los nervios. Dos segundos de paz. Y los nervios de una primera vez. 
Puedes abrir los ojos... Alcanzó a decirme, casi susurrando.