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jueves, 8 de septiembre de 2011

tras la sombra de un lobo

No existe Wonderland, él lo sabía pero urgía encontrar forma de explicarle sin enervarlo. Como quitarle el sueño sin despertarlo.Ensimismarse de esa forma no era suficiente.
Era Paco Claudio un niño inquieto, con una extraña voz lateada y pómulos que sobresalían. La sensación de vacio que provenían de su mirada borraban sonrisas. Tarareaba siempre una misma canción, apenas la sabía y parecía ser que le salía sin querer. El pequeño Paco siempre preguntaba, miraba hacia el costado y tarareaba y tarareaba. También sudaba como su tío Lorenzo cuando lo invadía la ansiedad, o era quizás el olor a musgo o la pronta caída del sol.

Caminan de la mano, formando una sola sombra, dualizando un cuento.
   Wonderland está tras esos arbustos tío, date prisa  expresó el niño, con un carisma tal que la gélida mirada irradió al mismo sol, bordeando la sonrisa.
Tío Lobo permanecía inquieto, sin un plan aparente y con deseos de ser la sombra rodeando el bosque y la quietud tras el arrollo. Nadie creería en él, ni con la mejor premisa.
Pero allí estaba Paco, trotando, ululando placidez. Y él lo miraba, se podía sentir a gusto con él, a pesar de todo. Wonderland no existe pero Paco no lo sabe.
El tío detiene el paso y revela con susto. 
   Pronto saldrán los lobos Paco rebatió el tío Lobo, valiéndose de un cuento, y de su nombre. Era un niño se creería casi cualquier cosa. El pequeño Paco Claudio lo miró impávido.

viernes, 11 de febrero de 2011

9

(De "Leyenda Negra" página 9)

El estado de anarquía en El Cuerno de África (Somalia) hizo presas de sí a inocentes y culpables. Para los gobiernos del primer mundo y la ONU era imposible restablecer la paz desde afuera. Había que incursionar al centro del mismo, hacerse parte de él, como amigo del enemigo o enemigo del amigo con gente que hiciera el trabajo sucio.

Chaun era parte de los cuerpos de paz, un selecto grupo hombres al servicio de la armada de los Estados Unidos que buscaban disuadir el caos impuesto por las milicias. Junto a él otros viejos camaradas que se respetaban entre sí, pero a la vez odiaban. Como tener varios machos alfas en una misma jauría.

Era otra sucia guerra. Aunque Chaun como todos los demás, presumía que había algo más que un mero interés de defender la soberanía de un pueblo abatido, podía distinguir el olor a petróleo, y era posible que en las afueras de Somalia existieran reservas de él. Ya nada le sorprendería de parte del gobierno en el país que lo acogió tantos años. Vivió en él lo suficiente para jurar defender su causa, sólo por dinero y esparcimiento. Pero apenas y aprendió el idioma, dispuso de un mísero dinero en una medida justa para no morir de hambre y pagar sus rentas, pero no vivió lo suficiente para quedarse dentro de esa caja de mentiras envuelta en papel para regalo.
Chaun luchaba por un mero placer pero con los años fue adquiriendo sus propios códigos siendo fiel a sus dogmas. Estaba harto de pelear las mismas guerras con finalidad lucrativa, sin nada por que luchar en verdad. La política y la guerra tienen el mismo fin para él, y ambas apestan.
Aunque no tenía mucho que perder, comenzaba a darle sentido a su miserable vida. Sería su última batalla, luego iría a casa a cuidar de su hermano menor, Paul. Eso si le causaba verdadero temor, no sabía hacer otra cosa que fumar, cargar un revolver o dormir con la ropa puesta. Se sentiría más que inútil en casa, es donde la guerra cobraría sentido para él.

A cada paso que lo alejaba de la que ya no sería su casa, Chaun recordaba Somalia como si fuera ayer mismo. Sentía en el fondo un sadismo extraño al dejar a Jack ahogarse en su propia sangre, pero no era la única vez que lo dejaba así.
El y Jack no solían ser buenos amigos, de hecho nunca se hablaban, ni para prestarse la cantimplora. Jack siempre tenía una sonrisa curveando su gordo rostro al matar a cualquier guerrillero. Esa misma sonrisa hilvanaba la del resto, cortados con la misma tenaza. Pero no la de Chaun.

El Capitán Stain -lider de esa compañía- parecía tener algo preparado para Chaun, lo miraba con sigilo, estructurando un plan. Parte de la compañía se detiene bajo la colina, muy cerca a una aldea de refugiados. Stain envía a Jack, Méndez y Lennox a inspeccionar el área y acabar con todos en él. Eso no le gusto nada a Chaun y su mirada retadora poco a poco fue tragándosela, el también tenía sus propios planes. Fueron con sigilo yendo por los flancos para asestar con sorpresa. Un torpe movimiento de Jack lo hace resbalar dejando caer su casco, dando justo en la entrada de una de esas improvisadas tiendas bipersonales. Rápidamente los inquietos refugiados salen de sus moradas para ver qué sucede. Pero el inclemente Jack toma su automática y desata una balacera que en segundos acabaría con la mitad de todos. No era el plan. Pronto estarían cerca las milicias y estarían en graves problemas.
Chaun embiste a Mendez con un certero golpe en la cabeza con el mango de su magnum y logra efectuar un disparo en la pierna de Jack, que cae abatido. Va corriendo rápidamente a él y lo golpea en la cabeza.
Malnacido, la pagarás Chaun... alcanza decir Jack antes de desvanecerse.
Chaun necesitaba escapar pronto, pero tenía atrás de el a la compañía y a la milicia. Incluso si salía ileso de allí, no lo dejarían tranquilo hasta pagar su injuria. Era la regla, "no sales cuando estás dentro", la única de alto precio en caso de romperse.

Hay historias que se repiten dos veces. Pero no había tiempo para enlazar situaciones. Chaun no daría a Jenny por muerta hasta no verla con sus propios ojos. Iba a cruzar la ciudad alienada sin auto y sin armas, una verdadera locura, pero lo haría. Estaría dispuesto a que sea la última, pero no tendría caso si no recuperaba a la pequeña niña dorada. Iría tras ella, ya estaba harto de esperar pues, no hay espera más larga que el de la eternidad y el beso de buenas noches.

— 9-10 —

miércoles, 9 de febrero de 2011

7-8

(De "Leyenda Negra" páginas 7 y 8)
[...]
Dos horas de siesta no sirven para recomponer un cuerpo tan maltrecho. La puerta suena, suena muy fuerte, como si quisieran derribarla pero pidiendo permiso y exigiendo una permuta. Chaun no tiene tiempo para levantarse y tomar el arma en su habitación pues la Eagle que tenía consigo tiene el tambor averiado, lo más próximo que está a un arma son los cuchillos de la cocina -lo único para lo que entraría en ella- o el bate de baseball en la habitación de Jenny, colgando en una vitrina. Eso o sus puños. Para el no había gran diferencia.

La rendija inferior de la puerta deja apreciar una sombra estática que por su tamaño parece ser muy grande. Debe de ser uno de los besa pies de al que por ahora ocultaremos bajo asteriscos imaginando 9 letras o quizás diez.

Chaun ya no lleva esa candorosa pijama, se ha duchado y aunque sigue viéndose igual de ridículo con esa tonta chaqueta celeste, pantalón y botas de guerra se siente mejor. Sus botas parecen estar repletas de hierba ladeada y barro reseco. Afortunadamente no se puede opinar sobre las evidentes pestilencias que emanaban de esas botas color pardo.

Se detiene al costado de la puerta y abre ligeramente la persiana de una de las ventanas para asegurarse que su sospecha es lo que es.
¡Hey tío!, te ves realmente mal... expresa el presuntuoso desconocido al abrirse la puerta.
Pudo haber entrado sin hacer ruidos, sin embargo decidió hacerlo de esa forma, un gran error, piensa Chaun. Apenas minutos antes protestaba consigo mismo sobre puertas, ventanas y nimia moral.
Pues no has dicho nada nuevo...— replica Chaun, mascando su chicle de hace dos días.
Claro que si, añadí el"realmente"a la frase— responde el visitante, tratando de sonar a chiste.
Pues yo creo que no me veo mal.
¿Apostamos?— dice a tono chacotero el desconocido parado en su puerta, haciendo sombra sobre el rostro de Chaun. Evidentemente era más alto que él, aunque menos robusto.
Otro día tengo prisa.
Esa frase vino acompañada de un ligero empujón a la puerta. Luego, Chaun sonrió y prosiguió:
—No tengo todo el tiempo maldito puerco, retírate de mi acera, estás pisando mis pasos y ocultando el sol con tu grasienta boina.
No puedes irte vivo de acá Lennox.
Tu te encargarás de eso?
Hmmm... Ese casi silencioso bisbiseo fue peor que cualquier bramido.
¡Eso si tengo que apostarlo!— finaliza Chaun, escupiendo el sucio chicle de su boca. Eso era como llevar las manos a la pistolera en el lejano oeste. El universo de Chaun tenía simbologías menos elegantes claro.
Vamos Jack...te pondremos a prueba, como en los viejos tiempos...
¿Crees que pisando fuerte asustas a las serpientes, eh Jack?
Pues no, te digo que no, pero reconozco que me gustan tus botas, las haré mías cuando te haga caer, pero no tu fea cara. Esa te pertenece, es tu insignia.
Esas serán tus últimas palabras grandulón...—replica el mercerario con aspecto de Bruce Willis, pero dos veces más enfadado.

La pelea sería rápida y sucia. Jack arremete primero trayendo consigo un enorme cuchillo que escondía en su bolsillo lateral. Rápidamente Chaun logra esquivar el rápido movimiento respondiendo con un puntapié en su rodilla derecha, haciendo inclinar el cuerpo de Jack a un costado para que Chaun logre atestar un fuerte topetazo con la puerta, suficientemente fuerte para hacer caer el cuchillo de manos de su rival y derivarlo.
Chaun se acerca lentamente a él, puntea el cuchillo en el suelo con dirección hacia el sillón atrás suyo y coloca su enorme pie derecho sobre el pecho de su contrincante caído. Hace presión, obligando a Jack a emplear fuerza de remolque para librarse de lo que era previsible, su próxima muerte, sin poder lograrlo.

Creí que yo era el viejo. Eso sucede por mandar a las ovejas a hacer el trabajo de los lobos. —Veamos que tienes de valor— dice Chaun, al tiempo que se agacha y rebusca entre los bolsillos del desahuciado Jack. Cigarrillos, diez dólares y un retazo de tela de seda blanca, manchada de sangre, que le era familiar.
Pero que demonios... infeliz dime que hiciste con Jenny...

La risa de Jack no es delatora, ni efusiva, tiene una huella de sadismo y alegoría que Chaun quizás no entendería... 
Me moriré sin que sepas qué pasó con tu amada Jenny expresa súbitamente Jack casi balbuceando, arqueando las cejas y abriendo los ojos, con sus últimas fuerzas.
Siempre pierdes Chaun, incluso cuando crees ganar. He caído pero te he derrotado, ¡Vamos, hunde de una vez el puñal!
Ya estás muerto Jack Finaliza Chaun, retirándose lentamente de la escena, tomando consigo el pedazo de seda manchada.

No había tiempo que perder. Chaun sabía adonde ir, sabía quien provocó esto, sabía porque, pero no sabía si Jenny seguía con vida. Chaun so sabía nada, era como una hiena tras la presa casada, al acecho con su olfato.

7,8

6

(De "Leyenda Negra" página 6)

Al otro lado de la ciudad, del menos hostil pero igual de sucio, en la cloaca en movimiento, Jenny huye de su destino, corre despavorida metiéndose más y más hondo en los zigzagueantes callejones repletos de viejos vidajeneando, miserables vagos aferrados a estupefacientes, columnas de humaredas y montículos de basura sobre más basura.

El silencio ahoga el ruido en la saliva contenida en Jenny al ocultarse tras un contenedor de residuos, presa del cansancio y la angustia. Cree que tapándose la boca huirá de su miedo. La acechan y están muy cerca, ella lo puede sentir en su frío sudor.
El intenso ruido la atolondra y el peor de los bálsamos destroza su olfacción. De repente un peculiar silencio la envalentona, pero cual drama de ficción, sabe que de ese silencio se maquina algo que puede no gustarle mucho. Entonces permanece en su lugar. A tientas.
Su pijama blanca se ha tornado marrón, producto de sangre mustia y barro asperjado, mejor aún, como guiso para perros. Afortunadamente para ella, su nuevo avatar era contraste idóneo para ese paisaje monocromo.
Pensaba en alguna forma de dejar pistas para su amado Chaun. Era muy niña pero bastante astuta. Más que Chaun, pero eso no era significativamente un gran mérito. Cualquiera era más astuto que el viejo Chaun. Pero no cualquiera tenía sus cojones.

Dispuesta a correr a toda velocidad por una calle a su costado que parece la única salida, la única por donde emerge una luz matinal, Jen se levanta a prisa y con un fuerte impulso, lo suficiente para chocar con esa barrera impredecible que se levanto delante de ella, a solo un par de metros y cae sobre sus ganas titubeantes.

Te ves tan cansada e infeliz, pequeña Jenny(...)¿Cómo has hecho para domar a la bestia?
Pues...eres muy niña para complacerla de la otra forma.
Esa tonada, a la cual parecía estar acostumbrada, no intimidaba a Jenny, por lo menos era lo que mostraba. Ni sus fachas de criminal la asustaban.

Yo sólo toco el piano para él. Pero algunas veces hago de señuelo, de hecho, el ya está justo atrás de ti...

Una vil mentira que le salvo el pellejo. Huye en cuanto el lento gordinflón voltea espantado. Con la misma cara de un enorme bicho cuando es aplastado, con los cuervos sobrevolando al acecho.

  6

miércoles, 12 de enero de 2011

Matiné tropical

Tenía once cuando mi madre me llevó por primera vez al cine. Recuerdo el tránsito de incertidumbre divagar por mi mente cuando me lo dijo mientras veía por teve un anime que aparentemente era Mazinger Z. No le hice caso, así que se acercó a mi, me tomó del brazo y me dijo:

Vamos hijo, está baratito... verás las imágenes bien grandes, te gustará...
Ay mami, todavía no acaba— le dije, abordando su invitación. Por supuesto mi madre no dejaría de insistir... continué en el piso observando esos dibujitos robóticos, que curiosamente hasta hoy me gustan. Deliberaba silenciosamente en si debía ir o no pero sobretodo, qué era exactamente el cine y que implicaba ir o no ir. Siempre permanecía cerca al televisor, tanto como pudiese. No se tenía el lujo de contar con mandos a distancia en esos años y las imágenes emitidas no provenían de una señal abierta y menos en alta definición. Todo a golpe de muñeca y muchas tostadas con mantequilla.

Bueno, entonces te iras castigado y no verás televisión hasta mañana— prosiguió mi madre, al tanto avanzaba hacia la cocina, como para dejarme pensando. Naturalmente así lo hice. 
Maam... ¿Qué  ropa me pongo?acoté, poniéndome en pie lentamente.
Tu overol nuevo y el polo rojo. No te demores.

La primera idea que me generaba el cine en ese entonces -de poca difusión pública- era la de mucha gente saliendo de un mini teatro con pop corn en sus manos y los ojos enrojecitos. No tardaría en afirmar luego, lo que avizaroba ser un tonto cliché. Pero era innegable que sentía un escozor en mi piel, propia de las primeras veces. Lo más cercano a mi experiencia con el cine eran las viejas películas semidocumentales de los setentas que traía el abuelo luego de sus extensos viajes o los videos en VHS que compraba mi madre para entretenerme durante mis vacaciones. Eso y los talleres de teatro de la escuela. 


Salimos de casa mi madre y yo no sin antes apagar el TV. Era de día recuerdo, una función matinal y más aún, que me alejara de uno de mis programas favoritos entonces, debería ser algo que valiese la pena. Era un niño revoltoso y bastante engreído. Bueno, quizás aun lo siga siendo.
Llegamos a la plaza principal de la ciudad, donde decenas de viviendas hechas con los años negocios, en su mayoría galerias y restoranes, conservaban su aspecto colonial. Estilo inspirado de viejo retablos con un blanco casi como el marfil cubriendo sus altas fachadas y formas que evocan tiempos criollos. El viejo cine, El Tropical, era en esos años el único en su clase. Solía hacer las veces de teatro, cine y talleres de danza. Había poca gente en sus afueras y al ingresar, enormes carteles adornaban sus paredes. Los estrenos llevaban una iluminación especial y otras que se presentaron meses atrás, aún permanecían pegados, aunque no tan estropeadas como debía suponerse. 
Mi madre fue a boletería y yo esperé, cautivado visualmente, contemplando eso que parecía un palacio. Ahora si podía apreciar algunos niños entrando a las salas, cubiertas por unos telares rojos y una luz emanando de ellas entre la oscuridad. La curiosidad por ver más me llevó casi a la entrada de una de esas salas, apunto de entrar.


Ya tengo las entradas hijos, ven es por acá...
¿Y qué veremos ma?
King Kong hijo me dijo en tanto avanzábamos.
¿King qué? o como fuese, no llamaba para nada mi atención pero me sentía cautivado por lo que mis ojos habían visto hasta allí y no había lugar para pensar que dentro de la sala las cosas no serían igual de interesantes. Mamá me tomó de la mano y entramos, sin hacer cola. Esa función apenas tenía público que se contase con los dedos de las manos.
Recuerdo una enorme sala muy oscura y una enorme escalinata delante mío, la misma que por sus costados tenía accesos a los sillones que hoy son butacas y detrás mio, al ir avanzado podía ver la luz del proyector en parpadeos cónicos que contrastaban en el fondo de la sala donde yacía una enorme pantalla donde podía verse la película que ya había comenzado.
Nos sentamos en casi todo el centro, pero en realidad teníamos toda la fila entera para acomodarnos y aunque muy oscuro, la imagen proyectada hacía las veces de reflector. Nos acomodamos rápidamente y aunque no recuerdo bien si mi madre traía algo para comer y/o beber en ese momento para mi era tan irrelevante como que llevaba puesto y que hora era. Era esa película y yo, ese cubo newtonista y mi nueva percepción visual. La grotesca imagen del enorme simio pisoteando la ciudad y la bella doncella como contraparte, el enorme ruido y la emoción de ese primer y grato momento no se olvidan, aunque pasaran más de quince años. Una curiosa remasterización de la versión original de 1933. Por supuesto esto no lo sabría sino hasta más de una década después.

Me centré tanto en el film que apenas recuerdo a mi madre sentada a lado mío y menos aún, en que momento salimos, sólo se que esa experiencia me indujo a ser un amante del cine, por lo que muestra y hay tras ella. Lo curioso es que esa magia de la primera vez aún vive en mí, cuando asisto a un estreno por mala que fuese la película. El cine ha cambiado, pero no su esencia.

 

jueves, 30 de diciembre de 2010

The Eternal, the sea - PRELUDIO

No recuerdo cuantos tragos tenía encima y cuantos días de embriaguez llevaba en mi, pero todavía tenía cuerda para unas horas más. Era el primer día del año y todavía tenía la descomposición en mi cuerpo y ojos producto de la trasnochada de alcohol y narcóticos etéreos. Creo haberme sentido así por tanta hierba dispersa en el ambiente. Mi cabeza había formado lagunas y había olvidado porqué estaba en la barra, de costado y solo. Siete latas de red bull, otras tantas de cerveza y más de una docena de cigarros me habían dejado un tanto idiotizado. Y la noche todavía no empezaba. Llevaba puesta una bermuda de playa camuflada y algo húmeda, no se porqué, quizás estuve antes en la playa. Una camiseta ligera, sandalias y lentes de sol sobre la cabeza, una huachafada muy de moda. Tenía en mi mano una copa con martini.  Llevaba también una muñequera naranja que distinguía a la zona preferencial de la v.i.p, y la v.i.p de los socios e inquilinos del club hotel.
Me puse defrente a la pista de baile que aquel club de surf había improvisado. Me sentía apestar a cigarrillo al asomar mi nariz con cierto disimulo sobre mi costado, pecho y manos. Y un inmediato ademán de asco y molestia.

Dicen que las miradas se sienten, mientras hacía eso, noté que efectivamente alguien me miraba. Así que retiré esos gestos y me hice el desentendido tratando de encontrar esa mirada intuitiva, fortuita. No me costó mucho encontrarla, pero sí confirmar que en realidad era para mi. Frente a mi como a unos doce metros una bella fémina un tanto más alta que yo -que no es un gran merito- desplegaba un baile angelical y a la vez morboso. Rubia y bronceada, llevaba un short bastante pequeño que dejaba ver su bikini y una cerveza en su mano. Cuando ella notó que la miré, me sonrió y relentisó sus pasos, aprecie que bailaba sola. Al mirarme parecía invitarme a ir por ella, pero no me atreví, podía tener miles de cervezas encima pero seguía siendo el mismo gallina. Mi tímida sonrisa de evasión y el cigarro de costado en mi boca hizo entender a la rubia aquella, mi estancamiento. Necesitaría su ayuda. De todos modos, mientras daba vueltas bailando con muchos chicos y chicas, donde nadie era dueño de su propia pareja, aproveché para mirar con mucho recato si yo tenía a alguien cerca de mi. Por un momento no estaba seguro de que me mirase a mi. A mi derecha dos chicas afroamericanas hablando entre si, y a mi izquierda la escalerilla que llevaba a los baños. Sin dudas, me había mirado a mi. Cosa rara.

Por un costado mío saliendo de los baños, dos chicos se acercaron a mi. Uno me quitó la copa y el otro miró mi posición fija en aquella rubia.
Hey mi pana, ¿qué hace solo alli?...haber, ¿dónde miras con tanta atención? ...uffff madre mía ¡qué mujer! ...y te está mirando mi pana, te está mirando... me decía Lucas, de origen Venezolano, pasado de revoluciones y tiros...
No me jodas... uy si ah, bien allí brother... yo que tú me la llevo ahora mismo, ¿Qué esperas, que te saque ella? —inrrumpió Juan Luis, un pata Limeño que conocí en la ruta, comprando suveniers de la zona. Habíamos hecho un grupo con otros dos chicos y cuatro chicas que en ese momento estaban no habidas.
Ambos olían prefundamente a cerveza y marihuana, por eso me quedé solo en la barra cuando ellos fueron al baño, esperando que terminen. 
Bueno, ¿vas a ir?— me dijo Juan Luis, empujándome de la barra. Me quedé medio estático. La chica aquella no esperó y poco le importó mi indecisión. Vino a mi posición me tomó de la mano y me dijo Hey, ¿tan fea soy? ven, baila conmigo— quise responderle "claro que no eres fea, eres hermosa" pero solo le sonreí y fuimos a bailar. 
El ruido impedía que pudiera preguntarle ciertas cosas. Pero mientras yo me formulaba excusas a mi mismo ella dio la iniciativa. Se acercó a mi tomándome de los hombros tratando de estar cerca de mi oído. Muy sutilmente me dijo ¿Cuál es tu nombre, eres peruano?...

Me llamo Alan, si soy peruano, y tú, ¿Cómo te llamas?
Yo soy Marion, un gusto Alan. Te vi solo en la barra y me dio gracia ver como te olías a ti mismo— y estalló en risa. Se estaba riendo de mi. Y yo también me reí sonrojado a la vez.  
Su dominio del español era casi perfecto, incluso no podía determinar su acento e intuir de donde procedía. Y continuó...
Yo soy francesa, llevo varios años en América, aprendí el idioma y es la tercera vez que vengo a Máncora, me gusta. Tus amigos nos están mirando...

Efectivamente, al voltear, Juan Luis y Lucas no dejaban de mirar, a ellos se habían unido otros chicos y chicas y la mayoría nos miraban. Me hice el desentendido y seguí mi charla con sabor a Pet shop boys en off...
Si, son unos tontos, pero buenos tipos, los acabo de conocer, yo vine solo. La verdad me estoy divirtiendo mucho. Dime, ¿Cuántos años tienes Marion? Quizás no debí preguntar eso.
Se acercó aún más a mi mirándome los labios y me respondió:
Para ti...veinte años...
¡Cúanta seducción en su voz! Yo le calculaba veinticinco. Atiné a responderle sin que me pregunte: Yo tengo veinticuatro...

Intercambiamos sonrisas, bailes y preguntas asonantes. Era muy guapa, ojos índigo profundos y usaba brackets, pero le quedaban bien. Llevaba untada en sus brazos y piernas una mezcla de aceites y repelente. No terminaba de mirarla y a la vez de hablarle y ella a mi cuando imrrumpió de manera sorpresiva e imprevista un sujeto de biotipo similar a Marion. Se puso entre nosotros, él era más alto que yo -para variar- y creo que se hablaron en frances, en tono alto. El tipo la jaloneó, no supe si intervenir o hacerme de la vista gorda. Pero Marion no necesitó de mi ayuda, lo empujó y se retiró sin decirme adios o te veo luego. Era una situación entendible. El cemental se retiró por el otro lado y yo tuve que regresar a la barra.
No se si los chicos no se percataron de esa escena o se hacían los desentendidos. Como adivinando me cedieron una lata de cerveza y me puse enmedio de Miriam y Juan Luis. Luego fui al baño.
Esa última cerveza fue el declive. Me sentí fatal. Necesitaba ir a mi habitación. El hotel estaba cruzando la carretera, afuera del frontis del club. Iría sin avisar, eran casi las seis de la tarde y aunque esto apenas empezaba mi cuerpo ya no soportaba más. No suelo beber tanto, menos dos días seguidos. Sólo me quedaría por Marión y nada más.

Al abrir la puerta del baño cuando me disponía a salir, una chica muy joven pero muy, muy guapa se detuvo a mi lado y me mostró una nota en un papel doblado, cortado al apuro, húmedo y manchado de labial. 
¿Eres Alan? toma, Marion me dijo que te diera esto, pero que porfavor no lo leas hasta dentro de una hora. Ella te esperará en la playa. Chaocito.

La niña aquella, rubia y bronceada como la mitad de los asistentes de esa fiesta, me entregó la nota y salió corriendo. No se si tontamente, pero la guardé en el lateral de mi bermuda, sin leerla. Recuerdo sonreir de satisfacción mientras lo hacía y fui a la barra a contar esa gesta juglar. Pero a cada paso que daba me sentía caer, había bebido más de lo que normalmente me permito y necesitaba reposar si deseaba continuar la fiesta nocturna. Tomé la senda del costado, la que accesa a la tienda y luego al lounge para salir por la cochera sin ser visto. Me topé con Roberto (otro de los chicos que conocí) en el camino y me preguntó a donde iba y le dije que a tomar aire y que no tardaría. 
Me detuve en la puerta de la cochera. Me había equivocado de ruta, salí por la puerta posterior la que da a la playa, curiosamene, no la que da a la carretera. Había poca gente y los rayos de sol eran mínimos. No me quedaba más que ir y tratar de descansar en la playa. Esperaría a Marion y luego regresaría al bar. En aquel bar de mi última fiesta de año nuevo, donde no me sentí sobrar.

domingo, 26 de diciembre de 2010

La máquina del tiempo

Joven, ¿Es usted claustrofóbico? me pregunta el neurorradiólogo.
Ehhhh pues si doctor, lo soy, pero desde hace poco. ¿Por qué doctor?— pregunté, en tanto el joven médico -a los cuales parezco odiar cada día más- llenaba un pequeño cuestionario, previa a la intervención en el equipo de Resonancia Angiovascular, al cual me sometería, dado mis insoportables dolores de cabeza, en cuanto termine de indagar cosas que no entendía. Que si era alérgico a tal cosa, que si fumaba, que esto y lo otro. Era como si me estuviera sometiendo a mi primera angioresonancia cuando en verdad es la tercera en seis años. Quizás había olvidado ciertos procedimientos previos.

Bueno, puede que te afecte, vas a ser introducido allí— dijo el médico, señalando hacia el costado donde reposaba una enorme máquina (que parecía del futuro) donde sería encerrado unos minutos.
Sácate todo lo que lleves puesto que sea de metal— me dijo casi poniéndose de pie para dejarme solo en esa sala. 

Recordé en mi última intervención hace algunos años que estando alojado dentro del equipo RM el campo magnético tiende a jalarte, literalmente, si olvidaste sacarte el metal de encima. Aquella vez olvide desprenderme de mi correa y durante los cuarenticinco minutos que duró aquel examen, mi panza parecía exportar miles de tripas y el nerviosismo a flor de pelo, pegándose en esa descomunal máquina procesadora de magneto y el fétido sonido de avión. Aquella vez nació mi miedo al encierro. Una experiencia horrible para quienes aún no la han pasado. Bueno me saqué la ropa, siendo minucioso esta vez.
¿Qué me había llevado a recaer nuevamente, después de tantos años de paulatina recuperación? ¿De eximirme de mis errores y aprender de mi propia estupidez? ¿? No lo se. Cavilaba esa y muchas cosas más haciendo hora a la llegada del médico, que parecía más joven que yo.


El médico anunciaba su regreso a la sala por la bulla que hacían sus zapatos, maquiavelicamente lustrados cual cachaquito en servicio. Me quedé solamente con el pantalón, que ocurrentemente era un jean ceñido bastante incómodo para superar ese efímero pero tedioso encierro. 
Tome asiento señor Mejía. Bien, usted me dice ya ha sido intervenido un par de veces. Prosiguió su tratamiento y los resultados fueron satisfactorios. ¿Qué ha pasado esta vez? Esta comiendo alimentos indebidos, o algo le ha causado demasiado arrebato, ¿Quizás un mal de amores?— me dijo casi riendo al finalizar la oración. Me puse rojo. "Creo que es eso" le dije. Estaba tan atento en su escrito que no me vio.
¿Usted sabe de los riesgos que corre verdad? evite tener cóleras, hay cosas que es mejor tomarlas deportivamente, fíjese, aveces creo que mi esposa no me quiere sin embargo, no padezco a causa de ello. No todo en la vida es amor amigo mio. Debes pensar en tu salud. Una más y no la cuentas... 


Sonó un enérgico glug al escucharlo, moviendo mi cabeza de arriba a abajo. Aquel joven tenía toda la razón. Me cuide tantos años de cosas más arriesgadas para recaer a causa de la seguidilla de problemas y mi incapacidad de superarlos sin verme afectado. El desamor, eso que parece acompañarme en cada mujer que conozco y que termina siendo, mi peor mal. Haciéndome perder la fe.


El joven médico prosiguió:
¿Cuál es tu edad? me preguntó, poniendo cara de sorpresa al escucharme responderle que tenía casi veintiocho...
Eres muy joven para este tipo de cosas— dijo suavemente, en tanto medía la dosis que me aplicaría mediante una intravenosa.
Te pondré un sedante, puede que ese encierro te ponga nervioso... Feliz navidad!

¡Hay Dios! me dije a mi mismo. Nunca en mi vida fui sedado. Los efectos fueron casi instantáneos. Me introdujo en aquella enorme máquina. Entre mareos escuché cerrarse la puerta y un sonido a turbina de avión, ensordecedor y cancerberozo parecía tiritar en mi cuerpo. Luego caí en sueño seco. En aquella fúnebre sala de exploración, húmeda de mis miedos...

...De mis miedos a la máquina del tiempo.

Ojalá salir de los problemas diarios sea como caer sedado y despertar olvidando todo. Ojalá.

 

sábado, 25 de diciembre de 2010

Feliz navidad !!

 Quisiera que ese espíritu de la navidad sea perenne en mi siempre, que viva en los corazones de quienes amo, y también de quienes amé. Esa sensación que no se puede explicar este veinticinco cuando, sentados en la mesa con la familia, incompleta y triste pero espectante y unida, las luces intermitentes, el olor a cuetes, los villancicos y los niños corriendo, ensalzan la llegada invisible del hijo del creador.
Un espíritu que se apodera del alma más desolada y el corazón más mutilado, clarificando el alma a golpe de esperanza en un mundo que parece caer de rodillas pero que se niega a renunciar. Del sufrimiento de los niños sin hogar, de los padres sin hijos, de los hijos sin padres, del pobre y del rico. El espíritu que abre los ojos y despierta la fe en nosotros mismos incluso en quienes no están seguros en que creen. Cuando la redención de los pecados se atribuye a un ser divino que no vemos con ojos abiertos ni escuchamos en la tormenta. Ese mismo espíritu que nos hace creer en lo imposible. Ese que nos irradia de amor y convicción en que, a pesar de todo, la vida vale la pena. De entender que somos tan pequeños que hagamos lo que hagamos, no somos dueños de nuestras vidas pero si de nuestro destinos.
A creer que el amor puede cambiar las mentes, a disipar el dolor, a unificar religiones y romper muros de acero. 
Hoy es una navidad en que lloro como en todas, pero donde también río por lo que tengo. Por lo que soy y profeso. Por el amor que di. Hoy se eximen mis pecados y los de medio universo cerrando los ojos con fuerza y respirando lento. Un veinticinco donde todos tocamos el cielo. 

Feliz navidad madre, gracias por ser quien eres, por soportarme. Feliz navidad mami, por tus setenta años dedicados a sufrir por mi. Feliz navidad hermano, por enseñarme a ser fuerte. Y feliz navidad viejo, por haber sido veinte años el padre que no tuve...

Salud a todos, con fe y amor pensando que todo se puede, aún en la penumbra.
Feliz Navidad !!

 

viernes, 17 de diciembre de 2010

Tienes un amigo

Las peleas entre hermanos suelen ser más frecuentes cuando se es pequeño. Normalmente el mayor abusa de su fortaleza y rango y el menor tiende a se más retraído y huidizo. Mi hermano Manuel es ahora enorme y bastante fuerte, en todo sentido, y aunque tenemos poco en común, no siempre fue así. Tenemos ambos un carácter indomable con la excepción que él parece no enamorarse nunca y yo en cambio si. Siempre tiene las situaciones emotivas bajo control, aveces él parece el hermano mayor.

Solía pelearme con él, aveces a manera de juego, pero casi siempre por cosas como ir a contarle a mi mamá que, le saqué unas monedas de su cartera o que no terminé la sopa. Un cocacho para cada chisme y un encerrón en mi habitación de castigo, por el abuso de autoridad.
Manuel siempre fue el favorito del abuelo. Siempre predispuesto a ayudar y a ir por cada encargo que le hiciera el abuelo. Yo de niño no me llevaba bien con ambos. Aquellos años difíciles habían sido inasimilables para mí y hasta mis deseos de aspiración cayeron al piso. Quizás porque ya no podía caer más abajo. De alguna forma mi hermano siempre le daba una razón de confianza y ánimo a mi alicaído abuelo. Manuel ya no era el curioso gordito lenguamocha de años de infancia, pero seguía siendo un niño por dentro. Lo miraba con cierta envidia. Nunca fuimos compatibles, pero nos queríamos y aprendimos a tolerarnos a medida que fuimos creciendo y aguantando juntos los golpes que suele darte una vida injusta y arbitraria.

Una madrugada de viernes mientras todos dormían, escuchamos un ruido del primer piso, donde dormían los abuelos. Mi hermano y yo escuchamos un grito de mi abuela y unos quejidos de lamentación y pánico. Bajamos corriendo con el sueño en la cara pero la preocupación pegada al vientre. Nos dirigimos por el pasadizo hasta el fondo de la casa, a la habitación donde dormía mi abuelo. Si hay un cuadro que no he podido borrar de mi mente y que definió mi personalidad es sin dudas aquel. La puerta estaba abierta, nos estacionamos cerca a ella, mi abuela estaba parada allí contemplando un suceso que parecía ser trágico. Mi madre tras ella, intentanto entrar y ver que ocurría y yo tras mi madre. Mi hermano esperó a un costado.
Luego de entrar apenas por la puerta, el hedor que emanaba aquella habitación era terriblemente tibio y ardiente, al mirar al piso noté que se había cargado de un color escarlata espeso y en el otro lado, al filo de la cama, mi abuelo sentado semidesnudo,sosteniendo sus brazos en la cabezera y su rostro hacía abajo. Emanaba de su boca mucha sangre y estaba muy pálido. De la boca a las sábanas, de las sábanas al piso. Un torrente interminable de sangre. El churrasco de la tarde anterior estaba cobrando factura a un precio muy alto.
No recuerdo que pasó con mi abuela pero todos guardamos silencio, incrédulos de lo que veíamos, pasmados. Mi madre fue corriendo a la sala a llamar a emergencia y mi hermano se acercó con unas toallas y unos baldes de agua. Yo estaba tan pálido como mi abuelo evitando entrar, pegado al costado de la puerta. Vi a mi hermano agacharse y empezar a limpiar rápidamente el piso mientras avanzaba para evitar resbalar y cuando llegó a la cama me llamó para que lo ayude.

Toda mi vida fui hematofóbico y en ese momento no sabía como actuar. Mi abuelo estaba consciente pero muy débil, había perdido mucha sangre. Lo tomé de un brazo y mi hermano del otro. Apenas pudimos moverlo. Llegaron mis tíos, algunos vecinos y los paramédicos. Intentaron alejarnos de ese cuadro, mi ropa había quedado manchada de sangre y todos salieron. Mi madre iría en la ambulancia y mi abuela con mis tíos. Busqué rápidamente algo de abrigo para salir e ir al hospital que está solo a dos calles de mi casa. Recuerdo a Manuel decirme "tengo miedo hermano", tomándome del brazo.

Esa terrible madrugada marcó un antes y un después en nuestras vidas. Las navidades serían recuerdos, los sueños serían de papel y la vida color negro. Pero de ese dolor aprendimos a superarnos, a afrontar los miedos, a partir de ese magro amanecer.
Fue entonces que Manuel y yo, comenzamos a vivir como verdaderos hermanos.



martes, 14 de diciembre de 2010

El ensayo de una vida perfecta

Miré la ciudad que amo tanto como sus costumbres y su limitada visión úrbica globalizada y siento como que respiro en un campo de rosas. No por su aroma exactamente. El calor de mi ciudad y el  de mi hogar son mi mejor elección para combatir una vieja enfermedad.
Mis descontinuos viajes han hecho que me olvide de algunos retoques en el barrio. Un nuevo hotel en la esquina que diez años atrás hacía las veces de arco donde literalmente rompíamos con la pelota, la madera que componían su entonces viejo portón. La tienda de Don Anibal en la otra esquina, más próxima a mi casa, con los mismos posters y anuncios, pero con golosinas más de época. El asfalto renovado, las fachadas renovadas, los niños, algunos hijos de mis antiguos compañeros de broncas jugando en las veredas.  Eso y el terrible tráfico en la avenida. El óleo de una navidad de otra esquina y de otro mes.
Mi saludo al apuro casi desde lejos a algunos vecinos, cada vez más longevos, distantes y desconocidos. Una calle colorida, pero vacía y sentenciada a la contemplación. Ese vacío que me hace comprender que, nunca me había sentido tan solo  y despreciado como ahora.

El silencio de mi llegada a casa se rompe con los ladridos del fiel Tyson, pero, en cuanto asomó su nariz por la rendija inferior de la puerta y constatar  que el hijo pródigo regresaba a casa, la desesperación en sus quejidos anunciaban tácitamente a mi madre acercarse a la puerta, la llegada de alguien muy querido. Al menos el viejo Tyson evitó que tenga que tocar aquella dura puerta de más de medio siglo.
El fastidioso perro lleno de emoción y sobresalto no me dejaba abrazar a mi madre, en aquel encuentro efusivo y poco común..
­­¿Y ese milagro hijo? Llamas sin avisar... entra, afuera hace mucho frío ...
Me dieron ganas de venir maa, ¿Cómo estás? ¿Me has extrañado? - pregunté...
Claro que si hijo, todos los días y a cada minuto- dijo sutilmente, tocando mi rostro. Le devolví la cortesía con una sonrisa. Me senté y mi madre se dirigió presurosa a la cocina, logré escuchar a la abuela gritar desde el fondo, en su habitación preguntando quien era.
Es Alan mami, ha llegado... dijo mi mamá.
Los ladridos de Tyson continuaban, su rasgueo sobre mi jean y su nariz olfateando mi mochila. Me senté en el sofá y el saltó sobre mi. El espacio entre mis piernas fue ideal para alojarse. No dejaba de pasarme su lengua en mi cuello y mentón, y el rápido movimiento de su cola dejaba escapar su pelaje con un ligero rastro de polvo. El fiel perro que está cerca de cumplir diez años, que en términos humanos implica ser un anciano. Pero se mantiene joven y activo. Salvo por sus dientes cada vez más escasos.
Desde el sofá logro apreciar que, el tiempo también ha consumido las ganas y la premura por maquillar la casa con la idea conceptual típica de estas fechas. El mismo árbol de algunos años atrás, nuevos juegos de luces y algunos muñecos de todos los tamaños. Todo en desorden, lo que significaba que mi hermano era el arquitecto de aquel festín papanuelesco. No metería mis manos en esa obra, debería ser culminada por el mismo.

Me extrañaba no ver a mi abuela salir a saludarme. Bueno, estaba en casa y eso era lo más importante. Entonces pensé en por qué de esa determinación de última hora, por qué negarme a contarles algo que me inquietaba a las dos personas más importantes de mi vida, por qué estaba tan solo y deprimido. Y por qué ese miedo nuevamente a la vida.
Casi sin tardar, al tiempo que me evaluaba a mi mismo, cavilando preguntas sin sentido y conclusiones sin forma, mi rostro formaba un signo de derrota y aflicción. Mi nariz humedeció y también mis ojos. Tyson no deja de mirar, atento al desenvolvimiento de mi cuerpo y mis gestos. Entendía perfectamente lo que me sucedía. EL tibio movimiento en vaivén de su rabo y la posición de costado de su peludo rostro lo afirmaban.
Hay hijo, ojalá pudieras abrazarme ahora mismo, pero por lo menos estás conmigo, sabes que me siento solo, por eso estás aquí ¿cierto?recuerdo decirle muy, muy bajito para no ser escuchado por nadie más, excepto el. Me corresponde con un pequeño ladrido y sus enormes ojos redondos fijos en el ir y venir de mis lágrimas, consolándome con un suave reposo de su mentón sobre mi abdomen.
La atención puesta en el noble tyson hizo que no sintiera a mi abuela tras de mi. Y yo continuaba expresando algunas otras frases más, llorando por tanto acumulado, presa de la pena y la resignación a la vez. Mi perro me ayudó a notar esa presencia, al girar su carita de mi y remover otra vez su cola.
Hijito... Yo estoy vieja, algún día me moriré, pero aún así nunca dejaré de estar contigo. No estás solo, yo te amo, tu mamá tu hermano,  y me duele todo lo que te pasa, pero es parte de la vida y debes ser fuerte y levantarte... Era la voz de mi abuela, como susurro de ángel en mi oído.
Al decirme eso, me sentí incapaz de responder y de mirar. No quería que me vea derrumbado y lloroso. Atiné solo a poner mi mano sobre mi hombro, dejando que lo tome y acaricie. Y caí en el llanto irreconcilliable y a la vez apaciguador. Mordiéndome los labios, conteniendo la respiración, evitando salir los espasmos y los chillidos. Para que no me vea.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Mundo Ausente 9

Creí que ir pensando en cosas que tenía pendientes por hacer y sus probables soluciones haría que el tiempo a transcurrir entre mi andar y mi distante destino haría el viaje algo menos tedioso. Pensaba en lo mucho que le debo a la vida y lo mal que he correspondido a quienes me quieren, en miles de cosas como esas y que en lugar de animarme me acongojaban aún más. Caminaba ligero sosteniendo en mi espalda la ligera mochila y llevando en mi mano una botella de agua y un bastón de palo para apoyarme en ciertos tramos donde la ruta parecía un pasaje de azufre y roca caliza.
Pensé en lo que había ganado de todo aquel peregrinaje, insólito pero fructífero. En los personajes de aquella serie de ficción y en las paradojas de la vida. En los términos que me eran muy familiares: supervivencia y fe. Me preguntaba, por que nunca me atrevo a hablar con mamá sobre la historia de mi padre, por qué no tengo el temple para ver sus fotos y saber como es. Y como ese dolor y orgullo alimentaron mi ser, día tras día. Pensé por último en mi abuela, en el eterno amor hacia ella y la impotencia de saber que el tiempo hace mella con cada uno de nosotros.
En veinte minutos llegué a un cruce en la cumbre de un cerro, desde el cual se apreciaba un paisaje terriblemente hermoso, del cual ya me había habituado. Avisoraba desde aquella prodigiosa posición la eternidad de la sierra, herencia de nuestros orígenes. De la majestuosidad de un mundo que fue aplastado por la selva de cemento habitada por zombies paticojos. De las vacas a las conservas, de la sangre al mestizaje. 
Me senté no por cansancio, pero si para recordar las palabras del joven que me aconsejó como no  perderme. No lo estaba pero si no tomaba la decisión correcta, pronto lo estaría, al norte un caserío, del oeste aparentemente nada, y del otro lado la confluencia del enorme rió y las decenas de acequias desembocando en él. Desde el cómodo peñasco donde yacía sentado pude ver la silueta de un joven, con una enorme mochila, llevando en su costado a modo de apoyo, una bicicleta empolvada. Se acercó a mí y me saludó con un hola, se le notaba imponente y seguro de sí.
¿Estás perdido?— me preguntó, y antes de que respondiera prosiguió...
No te recomiendo quedarte mucho tiempo sentado, si quieres ir al caserío de allá, debes aprovechar de las horas de sol que restan antes que la lluvia te haga añicos— me dijo con un tono algo cansino, por su aparente tragín, al parecer mayor que el mío. 
Su aspecto no me otorgaba confianza, el cabello largo arrastazado, envuelto en tierra producto del desaseo previsible, quizás de muchos días, una bermuda larga, un polo bombacho y la piel totalmente bronceada, la barba mal crecida y las zapatillas atadas con furia y apuro. Se sentó cerca de mi.

Tienes razón, debo apurarme— le dije, con algo de retardo.
Tomate tu tiempo igual, de todos modos no te perderás, ¿qué haces por acá?— me dijo.
Vine por un trabajo de la empresa donde laboro, y bueno ante la distancia y la inclemencia del lugar nos vemos obligados a hacer campamento hasta que acabemos, nos separamos en grupos y mi compañero y yo nos perdimos un par de kilómetros atrás y decidimos desagruparnos para que el retorne a Uyurpampa y yo vaya a conversar unos temas para el empadronamiento de mañana con la gente del otro caserío. Después de eso, no se que haré aseveré con algo de gracia, con lo cual logré también que el ria. 
Bueno, chamba es chamba causa, sabes yo no quisiera irme de este lugar, vine por deporte down hill, no se si escuchaste, vine con unos amigos, la pasamos bien hasta que en un momento me harte de ciertas cosas y discutimos, ellos regresaron a Chiclayo y yo continúo divagando por estos lares, y creeme es de lo mejor que me ha pasado...
Ahora veo porque llevas tu bicicleta, el deporte de aventura es común por acá pero conlleva sus peligros, yo soy un maricón para esas cosas. Bueno yo me la he pasado quejándome de este lugar pero a punta de golpes he aprendido muchas otras también, y sin dudas han repercutido en mi...
Me miró desde donde estaba, directo a los ojos. Lo que a continuación me diría serían palabras forjadas desde las entrañas:
Te diré algo. Esta vida no es la que llevamos, este mundo no es el universo. Cada uno de nosotros tiene una vida como individuo y un mundo para si, y la confluencia de nuestras vidas y nuestros mundos conforman lo que llamamos el mundo. De allí nace el amor y los demás valores. Aunque nuestro origen es aún materia de discusión que no amerita ser mencionada ahora mismo, debes entender que cada persona deja algo en nuestras vidas, tu jefe, tu compañero, quizás yo. Todos. Pero esta gente es esencia pura, estas personas todavía conservan ese matiz perdido por la modernidad, el afán curioso pero desinteresado, la ingenuidad e incluso la desconfianza producto del arrebato que nosotros mismos hicimos sobre nosotros mismos. Es irónico pero les hemos dado el espaldarazo y sin embargo, ellos siempre te sonríen, extendiéndote la mano, dándote un queso o un vaso de agua. Les quitan sus tierras, les quitan su idioma, les quitan su honra, y siempre miran sin decir nada, con dignidad y fe. Si sigo aquí es porque de alguna forma sin esperar nada a cambio, me reconforta saber que no soy parte de esa incalculable mayoría enclenque, y aunque no ayudo mucho, almenos...
Recuerdo haber bajado la mirada lentamente con resignación y vergüenza incuestionable. Aquel joven al que aún no le preguntaba su nombre, tenía voz de mesías y mirada rehabilitadora. La vida nos había separado una entrevista y aunque comprendí todo lo que dijo,  inevitablemte le hice una pregunta que no venía, pero que debía:
¿Hasta cuando piensas quedarte?— sintiéndome un tonto tras decirlo. Retomé mi mirada en el. 
No lo se, eso es algo que no puedo responder—me dijo al tiempo que se ponía de pie.  
No me has dado tu nombre, yo soy Alan— le iba diciendo, poniéndome también de pie.
Que tonto, discúlpame, Alan yo soy Tomás, pero mis amigos me dicen Tom...
Tom parecía llevar en su sangre el legado de Luther King, Lennon y Ernesto Guevara. El afán e revolución y justicia ardía en sus ojos, el amor a la naturaleza brotaba de su ser y sus palabras remobían cualquier cimiento nazi. Noté que era más bajo que yo y le calculé 26 años, yo entonces tenía 21. 
Debes continuar sin titubeos Alan, y recuerda que esta vida es una tela de humo, que no importa lo que los demás hagan, sinó lo que tu buscas y quieres. Y si encuentras quieres. Preguntate sin responderte, camina sin saber donde, duerme sin cerrar tus ojos, pero incluso ante esas ironías nunca pierdas la fe en ti mismo— fue lo último que sabiamente me dijo aquel heredero de Dios.
No atinamos a preguntarnos mas sobre nosotros, ni procedencias, ni destinos, ni apellidos ni nada. Era como una estancia para beber agua y continuar. Quizás no se llevó mucho de mi, pero lo que el transmitió para mi lo llevaría en mi mochila hasta mis días. Me dio la mano, me sonrió cálidamente y prosiguió su camino por el cual yo había venido. Dejándome la senda limpia y alma sin llanto. Lo contemplé desde mi lugar hasta verlo desaparecer por la niebla y el culebreo de la ruta. 
Ya no importaba ir o venir, llegar al caserío, acabar el trabajo, Tom me hizo ver el futuro en sus puños y en sus ojos. Ha entender el sentido de la vida.
Aquel día nació lo que en siglas he llamado Mr.D.
    

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Mundo Ausente 8

Materia de discusión, Lucho y yo entendimos que era necesario hacer escala, alimentarse y del breve descanso retomar fuerzas y continuar el camino por distintas vías. Las radios llegaron a su tope de batería sin haberlo notado antes y aunque era bastante temprano, la inclemencia del clima aquel nos quitaba el mínimo de confianza.
Cerramos las puertas del vehículo con sigilo, para evitar las molestias de los lugareños expectantes al desenlace. Poco a poco fueron ingresando a sus moradas quedándose con nosotros el joven que previamente nos invitó a comer en su casa y su padre. 
Armé mi mochila con lo que creí sería material indispensable para mi eventual aventura semiespacial. Lucho ya conocía su camino de regreso y se limitó a tomar algunas botellas de agua y los radios metidos en su bolsa con sus respectivas baterías entre otras utilidades. Avanzamos presurosos para alcanzar el paso de nuestros nuevos serviciales aliados. A golpe de las 2 de la tarde el llegar a mi nuevo destino me llevaría un par de horas a pie, casi el mismo tiempo que a Lucho ir a Uyurpampa. La preocupación estaba puesta en evitar que la noche haga presa a través de las lluvias o la polvadera al auto.
Entramos. Un corral como todos los demás de la zona, muchos animales dispersos, de todos los tamaños y razas: gallinas, ovejas y patrulleros. Así le llaman en la sierra de allá a los cerditos pequeños. Parecía un ambiente festivo el de ese corral, y el bullicio ni que decir. Los ambientes de la casa, que se veían antes de entrar, eran pequeños, hechos de palo, barro y adobe. Pasamos y nos sentamos. A Lucho, el che, le costó mucho trabajo, es bastante más alto y fornido que yo y teníamos que acomodarnos en unas improvisadas bancas que no eran mas que troncos de árboles medianos y forrados con cuero de vaca. Hasta entonces la única casa que conocíamos era la de Don Eleuterio, sin dudas, de las mejores infraestructuras en todo el caserío. Y aquella casa del amable joven era sin dudas fiel a la realidad de aquel semiencantado lugar, ambientes pequeños, rústicos y herméticos.
"Pasen a la mesa para comer algo" se oyó desde la parte trasera, que parecía ser la alcoba, separado por un muro celeste de celofán. Hicimos caso sin responder, tomamos asiento, en una igual de humilde mesa de madera rodeada de troncos a manera de banquetas. Rápidamente salio el joven, vistiendo modernamente unas zapatillas blancas, limpias, llevaba aún su pollera puesta y el atuendo típico de su lugar, pero noté que se colocó un gorrito blanco que hacía juego con sus zapatillas y también se había lavado las manos y un tanto su rostro. Traía consigo un plato con mote arrebozado con carne y otro plato con queso y cachangas de maiz creo. Las puso encima de la mesa y regresó rápidamente aparentemente  traer algo más, Lucho y yo nos miramos, sin dudas eso no nos llenaría en absoluto, y valgan verdades, lucía de horror.
"Vayan probando nomás, ahorita voy" se escuchó desde adentro. Traía un par de jarritos con algo caliente y un mantel. Se sentó y  procedimos a comer. El joven volvió a pararse y se retiró del comedor un momento. En tanto yo hacía mi mayor esfuerzo por ingerir ese mote frío y duro y un desabrido queso casi rancio.
"Lucho, está de mierda esta comida, puta madre el agüita está mas rica..." dije con un tono asqueado sin notar que el muchacho alcanzó a escucharme, lo supe cuando ingresó dejando caer su mirada de nosotros, disimulando. Me sentí una mierda, no tuve el tacto ni el tono para hablar de eso en otro momento y forma. Solo se me ocurría salir de ese lugar.
Nos quedamos en silencio, era raro que ni el mismo Lucho dijera algo por lo menos para apaciguar el mal rato, el desliz aquel. El muchacho era tan noble y sencillo que aparentemente olvidó lo sucedido y entabló conversación con nosotros casi a punto de acabar la comida, nos preguntó que hacíamos en ese lugar, por qué elegimos la peor época del año para trabajar y si era la primera vez que íbamos, entre otras preguntas, a las cuales respondíamos de forma breve y aligerada. Sin dudas, queríamos abandonar el lugar tan pronto como fuese. Terminamos y agradecimos el joven que se llamaba Rogelio, nos acompañó mientras nos hacía indicaciones, sobretodo a mi, de como llegar y no perderme, incluso diciéndome que tranquilamente podía cubrir la ruta en una hora. No se si para dar aliento o por exageración, pero terminó alentándome esa aseveración.
Nos paramos a lado de la camioneta ultimamos algunas cosas más y partimos. Nos despedimos de Rogelio, totalmente avergonzados, pero el joven sin el mínimo resentimiento nos deseo suerte. A pesar de las limitaciones se le veía instruido e impresionantemente gentil.
Veía a mi compañero alejarse, la gente meterse en sus casas y yo avanzando rápidamente, acomodando el peso de mi mochila y mirando el panorama, buscando algún detalle escondido, de ese crucigrama de casuchas y quebradas, con la vergüenza todavía pegada como calcamonía en mi cara.
"Soy un imbécil, como no me dí cuenta..." me decía...

jueves, 2 de diciembre de 2010

Mundo ausente VII

La polvadera moteando nuestros cansinos rostros y la fría mañana. Lucho en el volante con la ventana a medio abrir y casi alejándose de Don Pedro, que nos rutéa con su dedo hacia el norte mientras avanza tranquílamente por la dirección por la que aparecimos hace rato. Al parecer una vieja senda, de época de incanato.
Parecía escuchar delante mío a Lucho susurrar entre su epiglotis, como que si el miedo lo abordara desde sus talones. Y creo que yo estaba peor. Conducir por entre peñascos y trochas de metro y medio de ancho era una tarea harto complicada. Pero las alternativas se agotaron.
Una cosa es "tirar caña" en una urbe y otra muy diferente es hacerlo en esta circunstancias. Trataríamos de ir bastante lento llevando comunicación constante con la otra brigada y con José desde el local comunal con los radios encendidos y los ojos bien abiertos y aunque era bastante temprano, la idea es ganarle a la noche, y descansar temprano, evitando ser asaltado por la lluvia y otras eventualidades a las cuales apenas estábamos entendiendo. Una 4x4 enorme y bien dotada, incluso con botellas de agua en su interior, pero con el aire acondicionado averiado- lo cual no era prescindible.
La trocha tenía abundante romero y uña de gato, distinguiéndose de entre la malesa y la hierba mala. Las doncellas Incahuasinas haciendo gala de su enormes y coloridas polleras saludándonos en cunclías, lavando sus ropajes y cuidando sus animales, los toretes transitando la ruta, graduando nuestro paso y un tímido sol, como queriendo y no queriendo salir.
Los ropajes tradicionales fruto de una historia prehispánica llena de costumbrismo y esplendor. Hermosos telares con diseños geométricos, hechos a mano o a pedal, con una gama de colores que van desde el rojo o naranja hasta el negro nebloso. Exhibidos con total propiedad y orgullo, ese que en nuestra costa parece estar ausente.
Hay tanto de que distraerse, los comuneros por el costado de la senda elaborando adobes de barro y paja, el ganado tragando pasto seco, las gallinas pigmeas correteando en la trocha y las doncellas jugando con sus ropajes. Hasta la fila de carne seca colgada en unas sogas es materia de admiración. El panorama ideal para respirar confianza.

A golpe de mediodía se puede aprovechar en que el frío es muy ligero para avanzar tanto como fuese posible, pero, a ese paso llegaríamos a nuestro punto en 4 horas y no en menos de tres como teníamos pensado. Quizás hubiera sido mejor continuar a pie. Pero lucho, por el espejo retrovisor supuso entender lo que yo pensaba al mirar hacia el timón.
Ni bien lleguemos abajo (al caserio más cercano) preguntamos... que preguntamos, defrente nos jalamos un cholo que tire su caña y lo hacemos conducir, ya le invitamos su gaseosita y listo, se acabó el problema Dijo en tono elevado y presto, el ocurrente Lucho. Sin dudas, una no muy sana reflexión, pero válida. Me dejó pensando.
No creo que los lugareños sean buenos conduciendo, salvo si nos topamos con alguno que haya manejado camiones mínimo, pero, no se, bueno vayamos abajo y allí vemos— le conteste. Eso no era un sí ni un no. O peor que eso.
A través del espejo noté los efectos del habitáculo que nos chuponéo en apenas dos días: los labios cuarteados, secos y grises, la lengua fofa y pálida, el rostro flaco y las mejillas rojas, con los pómulos negros. El fastidio en mi tras ese reflejo era evidente.
Me cago de risa en tu cara, sos un delicado, la puta que te parió Alansisho, jaja— dicho por el che en buena onda, y no le faltaba razón. Y aunque las quejas del inicio fueron disipándose a medida que me familiarizé e identifiqué con el ambiente aquel, corpóreamente no me sentía cómodo, para nada. 
Logramos divisar no muy lejos algunas casuchas conexas y muchos animales dispersos. Necesitaríamos una buena excusa para ganarnos un plato de comida y encontrar algún conductor con un curriculum digno de aprobación sin evaluación, cuando la informalidad nos hace tomar decisiones de vida o muerte.

Estando muy cerca, una mala maniobra de Lucho al momento de virar para estacionar el vehículo hizo que la llanta posterior derecha se pinchará entre carbones punteagudos recientemente usados. El estruendo al reventar fue inmediato, y nuestra cara de "ahora, que hacemos" también. Era lo peor que podía pasarnos, y rogábamos por encontrar un repuesto en la parte posterior.
La tela de ceniza levantándose nos llevo a concluir que se trataba de carbón fresco, mezclado con troncos y piedra.
El sonido hizo salir de sus casas a los lugareños y espantó a los animales más pequeños. Ahora si teníamos una excusa, antes de descender del auto nos colocamos nuestros chalecos y cualquier indumentaria que nos identifiqué y nos encale mejor. 
La conch* ** ***** por qué ******* no me dijiste que estaban esos putos carbones hierbiendo en el poto de la camioneta carajo— me increpó Lucho, muy molesto y hastiado.
Porque tú eres el que conduce so mierda, no yo— le contesté pausadamente mirándolo mientras lo hacía. Caballero Lucho, bajemos y hablemos con alguien de acá. Muéstrate tranquilo— finalizé, tratando de poner paños fríos, por no decir que me sentía resignado a mi suerte.
En cuanto bajamos, me dirijí a buscar la rueda de repuesto, mientras Lucho hacía lo suyo con los pobladores, que rápidamente se acercaron a la zona. No encontré la llanta por ningún lugar y la que acabamos de pinchar estaba totalmente impresentable, quemada y ahuecada. Me acerqué al tumulto.
Nosotros íbamos en dirección norte, teníamos que entablar una reunión y establecer un perímetro de control en las afueras para realizar unas labores a partir de mañana en toda la zona, aprovechando la altitud del caserío. Acá solo quisimos detenernos por algo de agua (agua,sinónimo de comida) y preguntar si conocían algún atajo— era parte del floro de Lucho para buscar una manito de entre los apenas 7 señores que nos escuchaban. 
Lo interrumpí Lo que pasa es  que ahora, con la camioneta averiada y sin repuesto, nos vemos en la obligación de caminar el resto del tramo. Por ello les pido de favor que le den una mirada al auto mientras mi compañero regresa a Uyurpampa a pie, y yo voy al caserío a pie también— finalice, en tanto Lucho me miraba impávido, como no queriendo aceptar la idea de regresar.  
Si, entonces nos encontramos en este punto en dos o tres horas, yo trataré de ver alguien que nos ayude con la llanta y tu avísales a los comuneros lo que previamente ya habíamos conversado...
Pero, quédense a comer papá, después se van— nos dijo amablemente uno de los comuneros más jóvenes, que me recordaba a José.
Bueno, si no es mucha molestia...— recuerdo haber dicho, en tono bastante bajo.   
Arrimen un poco el carro, déjenlo nomás, acá estará cuando se regresen. Vayan a comer— dijo el que parecía ser el padre del joven que nos invitó a comer. Agradecimos mientras sacábamos algunas cosas del auto y ultimábamos algunos detalles. El resto lo coordinaríamos por radio.  


lunes, 29 de noviembre de 2010

Mundo ausente VI

El olor de la lluvia caer se asemeja al del incienso al apagarse, parece hacer arder la mucosa hasta adormecer los vellos. Esas lluvias feroces que solo se ven en esta parte del país acompañan día a día estas tierras, bañando de gloria y revancha un pedazo de población que parece vivir sumergida en una edad de bronce. Donde los jóvenes son tan inocentes como niños y los niños tan audaces como colibríes.

La lluvia nos daba prisa, el agradecimiento por aquel nutritivo almuerzo y la ansiedad por ver el nuevo paisaje borrascoso nos llevo a ponernos de pie casi al mismo tiempo, despidiéndonos de los demás en la mesa.
-Don Eleu, gracias por todo esto, aunque déjeme decirle que, vamos a venir todos los días a comer sus reses, la comida estuvo muy buena, gracias- expuso irónicamente Santos, arrancando una sonrisa del duro rostro del viejo, y también en los demás.
Antes de que todos quisieran expresar algo más -las evidencias del cañaso eran bastante obvias- replicamos pidiendo disculpas, aduciendo que el tiempo juega en nuestra contra. El señor Eleuterio nos dijo que al día siguiente nos prepararía un ambiente especial para dormir. En tanto esta noche, deberíamos ingeniarnos en el local comunal armando nuestras tiendas. Solo por una noche, o quien sabe.

Quien lo diría, nos empezaba a gustar este peculiar entorno. El paisaje, su gente, sus costumbres. El espejo de una sociedad preocupada en el mañana y no en el hoy. Que olvidó su ayer.
José nos condujo al local comunal, es decir, al otro lado de la casona de Eleuterio. Entramos rapidísimo de lo contrario la lluvia nos empaparía en solo cinco segundos. Nos basto dos para salir y entrar a nuestro improvisado dormitorio.
El desorden propio de un grupo con ansias de descanso. Olíamos muy mal, pero en ese momento era imposible pensar en aseo de cinco estrellas. Era el frío goteo de lluvia por la ventana o esperar al día siguiente a la orilla del río con agua más congelada aún. Uno a uno nos despojamos de esos sucios ropajes, acomodando las tiendas y carpas. La tienda de Hebert era para 3 personas, pero yo no estaba dispuesto a ir con él (tenía fama de ser un poco desaseado). Yo tenía mi tienda personal más un sleeping aunque algo viejo, muy confortable.

-Por la puta madreeeeee- gritó Santos desde un costado. Resulta que en su cajetilla de cigarros solo le sobraba uno, los demás ya no tenían, y yo tampoco. Con esa lluvia nadie saldría a la bodega por más cigarrillos, eso se entendía al escucharlo rugir de ira. Tan pronto como se terminó de armar las tiendas acercamos a nosotros otros enseres que podrían ser de utilidad, linternas, agua y repelente. Cargamos las radios, los gps y demás artículos electrógenos. Aunque era temprano, era mejor dormir y sacarle el máximo provecho a la mañana, había mucho que hacer.

-A mala hora se jodió esa puta camioneta- Comentó en voz alta Lucho, ya a oscuras y alojados en nuestras tiendas.
-No pierdas la esperanza Luchito, quizás el lunes venga la camioneta, solo fueron los frenos- respondió Santos, tratando de calmarlo. En realidad terminamos riendo, era recién Martes.
Estábamos jodidos, echados a nuestra suerte.

Normalmente mi cuerpo habituado a dormir a altas horas de la noche, producto de mi añejo insomnio se dejó seducir por el apocamiento y casi sin acomodarme mientras pensaba en la cámara perdida y los paisajes en él, en la camioneta y en la batería de mi celular que olvidé traer, quedé dormido al ritmo de goteo cayendo en las tiendas, resbalando por ella, sonando a lágrima perdida al caer en el piso. 

El día llegaría rápido. El sonar de los viejos camiones y unos tímidos rayos de alba penetraban por entre las rejas y el plástico tenso. El olor a humedad y hielo seco. Nos esperaba un día de treinta horas. José nos esperaba afuera del local, con las llaves en las manos. El cancerbero de un cónclave de miércoles. Un miércoles con poca neblina, ideal para avanzar tanto como se pueda.
Salimos listos cada uno con sus cosas, nadie quedaría en el local, Heberth, Santos y Ernesto irían a levantar toda la zona,Lucho y yo a convocar a una reunión a los comuneros de los caseríos aledaños. Es decir, una nueva caminata.

Armados cual batalla, picos en mano, sombreros, lentes, chalecos, polares, agua, y una mochila con algunas cosas y mucho material publicitario. Seis de la mañana, teníamos tiempo para un desayuno improvisado e ir por la bodega a por cigarros y leche fresca. La brigada de Santos y los demás marchó presurosa hacia el sur, seguramente en el camino encontrarían donde comer algo. Lucho y yo, con algo menos de prisa fuimos conversando entre otras cosas de la molestia de realizar una labor que no era nuestra competencia, por el solo hecho de no tener una buena relación con el jefe de ingenieros de aquel entonces. En su intento por desterrarnos a una tierra donde supuso que nos iría peor que mal estaba consiguiendo adherirnos a ella de forma poco comprensible. En su afán por aguarnos la temporada descubrimos que, en estas tierras había algo más que dígitos calculados y medidas perimétricas. Era ir por otra dimensión a un mundo dentro de otro como satélite cobrando peaje por cada vuelta de sector. Aprendiendo de ancestrales constumbres, escapando de la modernidad, comprendiendo la forma de la somos parte y el telar que vestimos tras una piel manchada en diversidad de colores pero con el mismo reverso, la misma sangre, los mismos derechos.
Caminamos en silencio, subiendo pendientes, pisando roca y mascando tranquilidad. Salpicando tras la ruta polvo y barro. Mirando el esplendoroso paisaje que nos regala Dios para no perder la esperanza y demostrar de que estamos hechos.

Llegando a una pequeña curva un túmulo de polvo anunciaba el acercamiento de algún vehículo, era Don Pedro y la camioneta que nos ofreció la tarde anterior y que no habíamos tomado en cuenta. Fue una avalancha de alivio y las súplicas escuchadas.
-Par donde van inges- preguntó el viejo comunero, uno de los más acomodados económicamente de la zona.
-En dirección a Ayamashay maestro- respondió el che, señalando por entre un montículo de vacas que se aglomeraron por la senda a seguir.
Tomó sin pedir permiso el enorme mapa que llevaba conmigo y lo expandió en la capota de su negra camioneta, que parecía blanca por el barro seco.
-Es aquí donde deben ir, son casi 8 kilómetros, caminando tardarían algunas horas- dijo en tono desalentador, en tanto miraba de reojo a Lucho, buscando una rápida réplica, una conciliación.
-Carajo, es mucho tramo, ¿no pasan por acá los camiones?- preguntó Lucho, como dejando espacio a una respuesta servicial.
-¿Saben conducir?- preguntó don Pedro
-Si, pero no tenemos brevete- respondió rápidamente Lucho.
-Acá esos papeles no sirven inge, tomen la camioneta pongan sus cosas allí, hay mucho combustible así que no se preocupen, yo iré al cacerio a mediodía y luego nos vamos a almorzar a un lugar que conozco allá abajo- Finalizó.

Fue la mejor respuesta que escuchamos en toda la jornada. Lo que no sabía don Pedro era que, ni yo ni Lucho éramos expertos conductores, por último, ni amateurs.

martes, 23 de noviembre de 2010

Mundo ausente V

(V)

Don Eleuterio esperaba de pie en la fachada de su casa. Santos a un par de metros de el, fumando el característico cigarrillo. Los chicos y yo apresuramos la marcha, o quizás fue la inclinación de la pendiente y el efecto de la gravedad. Lo que fuese, el hambre era incontenible. Llegamos y saludamos, don Eleuterio nos dio la bienvenida con un desabridísimo y un tanto displicente "que tal". El tradicional tipo reacio de la sierra, contrapuesto a la amabilidad del joven Uyurpampino. Pero ni modo, debíamos quedarnos en su casa.
Alguna vez el viejo patriarca fue alcalde así que, ese era indicativo de que estábamos al menos, en buenas manos. Nos hizo entrar, una bodega bien surtida, un teléfono satelital y muchos perros caminando. Pasando ese ambiente un amplio patio con otros ambientes detrás de el. La casona del viejo Eleuterio era grande pero cual corral, repleto de animales.

Caminamos tras el viejo camino al ambiente que parecía ser el comedor. Algunas tusas regadas por el piso y los perros mascándoselas, mucho humo y como no sentíamos hace días, calor y ganas de dormir. La esposa del señor Eleuterio se presentó sola, nos invitó a sentarnos en tanto terminaba de preparar los potajes del día. Por el olor daba la impresión que se trataba de alguna res y el infaltable cañaso. Se estila en esas zonas a que los moradores comparten con sus visitas sus creencias y costumbres, y la comida es parte fundamental de ello. Dejar más de la mitad del plato o poner cara de asqueado es el peor pago que pueden recibir, así que habría que comer a la fuerza si era necesario.
Aquel comedor era amplio y la mesa en ella igual de enorme. Lo que no sabíamos es que otras  personalidades de la zona y autoridades sería parte de ese almuerzo.
Las fiestas en la sierra suelen durar más de una semana. Y aunque cálido y acogedor, en la casona aún se sentía frío, empero dos vasos de cañaso fueron suficientes para disipar el frío. Ahora nos quitábamos los polares y todo lo que considerábamos innecesario. Esa bebida hacía mérito de la fama que la precedía, calentaba en cuanto se le ingería.

Fueron llegando uno a uno, venían desde caserios aledaños como Laquipampa, Uyshahuasi, Romero y Ayamashay. En realidad ese simple almuerzo que esperábamos era un festín de carnes y potajes típicos de la zona. La mejor oportunidad de los lugareños de exhibir sus platos. Recordando el jolgorio de los comuneros la noche anterior. Y aunque sonara mal, sin ser quienes ellos esperaban, nosotros terminaríamos siendo jueces de aquella feria. Seguro eso hacía pensar que recibiríamos la mejor atención.
Los saludos de camaradería correspondientes, y los platos llegando a la mesa. Sopas de borrego, caldo de bolas, estofado de res, cancha, queso, entre otros potajes eran parte de aquel buffet. Definitivamente el avant garde de toda la estadía.

Supusimos que el hambre nos haría quedar mal, terminamos en cuanto repartieron las comidas, pero nos sirvieron ración doble. Tenía que codear al resto para evitar que se coman todo lo que nos habían servido y en cuanto lo hice el viejo Pedro que estaba frente a mi intervino dicíendome que comamos sin tener vergüenza. Con autoridad plena y la confianza dada, mis compañeros se encargaron de dejar a los perros sin comida. Bueno al final,tanto maltrato en el sendero y los desfiladeros valió la pena. Nos esperaban unas semanas terribles.

Uno de los invitados en la mesa, un comunero de Laquipampa se ofreció a prestarnos la camioneta de su finca hasta que la empresa envié a la móvil que debió haber venido con nosotros. Algunos problemas mecánicos hicieron que, nuestro no planificado recorrido tenga algunos inconvenientes y algunas bajas, como la cámara y un par de sombreros. Aunque aún intactos, éramos consientes que nos esperaban dos semanas largas y tediosas y cualquier actitud servicial sería bien recibida. Aceptamos rápidamente, procederíamos entonces a subdividir el grupo en razón a la propuesta de aquel gentil señor, un grupo residirá en Uyurpampa y el otro hará las veces de posta, haciendo el trabajo sucio de levantamiento topográfico, como haciendo un poco de runnig, muy característico en la zona. Eso se podría discutir después, la reunión en la mesa era amena y pintoresca.

Se dejan escuchar viejos balines golpeando las calaminas en los techos. Ha comenzado a llover.