...Al escuchar mis pasos bajó el volumen de la música y me vio entrar desde el pasillo, lentamente mientras nos mirábamos con algo de sueño y timidez. El viejo Lucio se sentó en su silla favorita, invitándome con la mirada a acompañarlo.Tomé la silla del costado suyo, la que menos me gusta. El continuaba con las manos cruzadas miraba hacia el techo y por ratos el viejo cuadro de hace más de 50 años, cuando era un joven y lucía muy bien parecido. La languidez de su rostro y sus pequeños ojos dejaban entrever muchas sensaciones juntas, lo notaba a pesar de la ingenuidad de mi edad. Estuvo así bastante rato, y yo mirándolo a él.
Al viejo Lucio nunca le dije que lo quería. Siempre fuí algo indócil y distante con él, quizás por el profundo rencor que reposaba en mí por la desfachatez de un padre que no quiso tenerme, o quizás por lo complicado de la irritable convivencia . Pensé eso mientras lo miraba de reojo y con algo de miedo. Como queriendo que no vea que lo miraba, que estaba esperando una reacción de el. Parece que el viejo apreciaba mi compañía, seguía sin decir nada. Luego me miró como entendiendo mi silenciosa reflexión, como leyéndome la mente mientras me eximía de cada culpa, al tiempo que posaba su enorme mano sobre mi abundante cabellera. Dejó ver una fugaz sonrisa.
Su avanzada enfermedad había acabado con la eterna sonrisa y el buen humor que lo caracterizó de toda la vida. Ya no era el tipo enorme y gordo, vistiendo en blue jean, botas y gorro, con caramelos en la mano para todo el vecindario. Ya no conducía ese enorme furgón amarillo ni comía chuleta frita. La vida le había quitado todo. Y aunque siempre de mal humor y con una lisura en la punta de la lengua, no se dejaba amilanar. Aún seguía siendo una roca y la vida no le quitaría sus recuerdos.
Mi abuela, que suponíamos dormía apaciblemente, se apareció sin que la escucháramos, se sentó del otro lado del abuelo, besó su mejilla y le preguntó si quería comer algo. Él dijo que quería chuleta frita, un veneno deleitable para su alicaida salud. Es extraño, en una situación normal ella le hubiera gritado por el atrevimiento, o simplemente se lo hubiera negado. Pero rápidamente accedió al pedido y se fue para la cocina. Yo seguía sin comprender ese singular retrato.
El viejo, mientras esperaba por su comida, normalmente hablaba de sus historias, aveces era Crusoe, otras veces algún héroe de leyenda, normalmente no le creíamos. Pero siempre decía algo. Esa tarde no dijo mucho. Solo esperó, siempre cogiéndose las manos y atravesando el techo con su mirada. Comió su churrasco como si fuera la primera vez. Mi abuela y yo lo mirábamos. Al terminar su banquete el estaba como esperando algo.
Aquella tarde debí entender que esa inusual sonrisa guardaba un significado. En realidad ese churrasco era el último. Me lo dijo con la mirada y no entendí...
(Quisiera decirte feliz cumpleaños viejo, seguido de un te quiero y un eterno hasta siempre. Así es viejo, he crecido.)
jueves, 28 de octubre de 2010
miércoles, 27 de octubre de 2010
Náusea
Estoy alicaído, harto y aburrido. Y no es de hoy.
Aburrido de ser parte de una puñetera mayoría enclenque. De rebelarme en silencio a la vez que grito con pasión en párrafos agudos con una tilde en forma de trueno, abriendo una ventana a otras animas en desventura. Sin que sea suficiente.
Harto de hablar en voz alta y no ser escuchado. Como el eco que resuena en mi habitación vacía. O el grito de mis miedos desde adentro partiéndome el diafragma.
Alicaído por asumir una posición en virtud a lo que escribo. Por no ser un blogero con méritos idílicos, que no busca el aplauso pero se esmera en respetar los preceptos gramaticales. Incluso cuando mierdea.
Aburrido de creer que escribir es igual que hablar o hablar igual que gritar.
Harto de las fotos, de la oficina, de las tres visitas semanales al blog, de comer lo mismo, de la burocracia, de la televisión. Del texto en mayúculas, del tipo arial, de la negrita y las viñetas. De los formatos pre-establecidos en esta ambigua generación. De la Universidad.
De escribir "estoy harto", y no decirlo en voz alta.
Alicaído por sentirme solo. Por ser invisible. Por ser un granito de arena.
Me siento un cobarde sociópata. Por desconsuelo o acción berrinchosa, por saturación o aburrimiento. Da igual.
Aburrido de ser parte de una puñetera mayoría enclenque. De rebelarme en silencio a la vez que grito con pasión en párrafos agudos con una tilde en forma de trueno, abriendo una ventana a otras animas en desventura. Sin que sea suficiente.
Harto de hablar en voz alta y no ser escuchado. Como el eco que resuena en mi habitación vacía. O el grito de mis miedos desde adentro partiéndome el diafragma.
Alicaído por asumir una posición en virtud a lo que escribo. Por no ser un blogero con méritos idílicos, que no busca el aplauso pero se esmera en respetar los preceptos gramaticales. Incluso cuando mierdea.
Aburrido de creer que escribir es igual que hablar o hablar igual que gritar.
Harto de las fotos, de la oficina, de las tres visitas semanales al blog, de comer lo mismo, de la burocracia, de la televisión. Del texto en mayúculas, del tipo arial, de la negrita y las viñetas. De los formatos pre-establecidos en esta ambigua generación. De la Universidad.
De escribir "estoy harto", y no decirlo en voz alta.
Alicaído por sentirme solo. Por ser invisible. Por ser un granito de arena.
Me siento un cobarde sociópata. Por desconsuelo o acción berrinchosa, por saturación o aburrimiento. Da igual.
martes, 26 de octubre de 2010
Esta no la cuentas
La Reyna urraca y los tres Patitos
É rase una vez en las tierras lejanas del pacífico centro, en los bosques de Lima the gray, las tierras eran pobladas por patos y los cielos por urracas.
La reina de las urracas, Magaly the black witch, era despiadada y cruel, y aprovechando su poder extrasensorial hacía lo posible por llevar a los nobles patitos a la aniquilación. Ahora solo quedaban tres patitos, el menor, Paolín duck, el mediano, Beto duck y el patito mayor, Bayly duck.
Para escapar de la bruja urraca, los 3 patitos idearon una forma de protegerse de ella. Cada uno construiría una casa. El patito menor construyó una casa de paja, al tiempo que el patito Beto construía su casa de madera. Entonces al acabar, ambos se fueron a jugar. Mientras el pato mayor, el ingenioso Jaimito trabajaba mucho para acabar la suya.
— Ya verán lo que la bruja hace con sus casas -les decía el pato mayor, mientras sus hermanos menores jugaban todo el día.
Una tarde la bruja urraca persiguió al patito menor, y este corrío a esconderse a su casa de paja. La bruja urraca cantó "a llorar a otra parte", cantó y cantó hasta que la casa se derrumbó. El patito Paolín salió corriendo por el bosque para refugiarse en la casa de su hermano mediano, la bruja urraca continuaba su persecución. Al llegar cantó "tengo una pituca", cantó y cantó hasta que la casa de madera se derrumbó. Los dos patitos salieron corriendo de allí.
Casi a punto de desfallecer y con la reyna urraca a cuestas, llegaron a la casa del pato mayor. Los tres patitos aseguraron todas las ventanas y puertas. La bruja urraca merodeaba dando vueltas por la casa bucando la forma de entrar. Sus cánticos no surtían efecto, la casa era fuerte como el ladrillo y el cemento. Entonces cogió una escalera la apoyo a la pared y subió al tejado intentando descender por la chimenea. El listo patito mayor colocó una olla con agua hirviendo bajo la chimenea. La urraca hambrienta bajó por su interior pero cayó sobre el agua hirviendo cocinándose casi completa. Los patitos saltaban de felicidad cantando "largate, has de tu vida lo que quieras..." "fuera, fuera, fuera".
La malvada urraca salió corriendo de allí dando unos terribles aullidos que se oyeron en todo el bosque y en otros confines. Se cuenta que luego de eso, nunca más quiso cantar y comer pato.
—Fin—
lunes, 25 de octubre de 2010
run to ...
Finalmente lo ha decidido. Unos pocos metros los separan de la cúspide tomándose un respiro en cada paso que da, sintiéndose menos nervioso que ayer, dejando cada emoción para cada espasmo, sudoración leve disipando la densa neblina.
Tiene el mundo bajo de sí. El borde deja ver la levedad de su forma, el moho bajo la suela, las partículas de ladrillo y cal, el claxon colectivo, el tamboreo en el pavimento. Ese bamboleo disfrazado de misticismo. Esa sociedad disipada y utópica, desprende un olor a incienso, a pescado podrido. Desde allí contempla su propio mundo, su propia soledad bajo el espejismo de una multitud robótica. Finalmente ha entendido, el mundo no es el que él y los demás habitan, sino el mundo que ellos mismos maquinan y luego calcinan. Había encontrado en el sonido a rapiñas y el olor a mierda lo que sus ojos no dejaban ver. En ese polvo de cal rascando sus talones.
La tristeza que lo acompaña cada día, aún con la muerte asechando no se ha ido. A menos que estuviera vivo no podría morir. Esa tristeza ahora abre paso a la incertumbre. Esa es la respuesta. Ahora no sabe si lanzarse al vacío sintiéndose vacío. Sería como mandar al infierno al mismísimo demonio.
No es el doctor Pagliacci pero sabe que es un buen chiste . . .
Tiene el mundo bajo de sí. El borde deja ver la levedad de su forma, el moho bajo la suela, las partículas de ladrillo y cal, el claxon colectivo, el tamboreo en el pavimento. Ese bamboleo disfrazado de misticismo. Esa sociedad disipada y utópica, desprende un olor a incienso, a pescado podrido. Desde allí contempla su propio mundo, su propia soledad bajo el espejismo de una multitud robótica. Finalmente ha entendido, el mundo no es el que él y los demás habitan, sino el mundo que ellos mismos maquinan y luego calcinan. Había encontrado en el sonido a rapiñas y el olor a mierda lo que sus ojos no dejaban ver. En ese polvo de cal rascando sus talones.
La tristeza que lo acompaña cada día, aún con la muerte asechando no se ha ido. A menos que estuviera vivo no podría morir. Esa tristeza ahora abre paso a la incertumbre. Esa es la respuesta. Ahora no sabe si lanzarse al vacío sintiéndose vacío. Sería como mandar al infierno al mismísimo demonio.
No es el doctor Pagliacci pero sabe que es un buen chiste . . .
domingo, 24 de octubre de 2010
Gracias madre !
I ntentaba en lo posible no despertar aunque, sabía que debía hacerlo pronto. Era como si mi cuerpo se mecanizara o mejor aún, cronometrara a reactivarse a cierta hora, una cuestión de hábito e imposición motriz. Esas tersas almohadas y ese gélido frío de Octubre no son ideales para levantarse antes de tiempo. Creía tener un sueño pesado, pero implícitamente me sentía a gusto, aun en esa dualidad de sensaciones. Era como creer que descendía al purgatorio y reposaba luego en un profundo nirvana. Mi cuerpo yacía de costado, el alba comenzaba a mostrar los primeros indicios de luz primaveral. Ese frío inmovilizaba los huesos y parecía secarme el aliento. Ese sueño desconocido, esa posición corporal, esa rara sensación y el silencio del amanecer. El despertador suena, y como de manera involuntaria, mi fuente motriz y mi mano derecha, casi como de memoria y con total acierto logra desactivar ese fastidioso y punzante sonido con equivalencia a "levántese señor, levántese".
El confort por unos cinco minutos más de sueño y el inclemente frío hacen que me olvide casi por completo de esa obligación engorrosa de dejar la cama. Antes de conciliar esos últimos instantes de sueño suplementario una sensación cálida y ondulante bordea mi sitial, como si una deidad hiciera su aparición repentina, tenía de pronto ganas de despertarme aunque no hacía el mínimo intento por hacerlo. Era como una caricia, como que un ángel se posara a mi lado, se sentía como si me observara, al tiempo que dejaba brotar unas lágrimas que al caer se desvanecían en mi piel. Sentí una caricia, un beso suave y tibio. Luego de eso un "despierta hijito". Abrí levemente mis ojos para cerciorarme de que era real y no un sueño... El ángel seguía observándome con una sonrisa que limpiaba mi alma y me quitaba el sueño.
Esa presencia oculta entre de sombras y las cortinas no era más que mi madre, lo supe por esa sonrisa y su olor a ángel.
El confort por unos cinco minutos más de sueño y el inclemente frío hacen que me olvide casi por completo de esa obligación engorrosa de dejar la cama. Antes de conciliar esos últimos instantes de sueño suplementario una sensación cálida y ondulante bordea mi sitial, como si una deidad hiciera su aparición repentina, tenía de pronto ganas de despertarme aunque no hacía el mínimo intento por hacerlo. Era como una caricia, como que un ángel se posara a mi lado, se sentía como si me observara, al tiempo que dejaba brotar unas lágrimas que al caer se desvanecían en mi piel. Sentí una caricia, un beso suave y tibio. Luego de eso un "despierta hijito". Abrí levemente mis ojos para cerciorarme de que era real y no un sueño... El ángel seguía observándome con una sonrisa que limpiaba mi alma y me quitaba el sueño.
Esa presencia oculta entre de sombras y las cortinas no era más que mi madre, lo supe por esa sonrisa y su olor a ángel.
sábado, 23 de octubre de 2010
Pásame el control
— Tío Lucio, como es que se llama esa cosa? -expresó el pequeño Fabrizio, señalando hacia la mesa de centro revuelto entre los periódicos del día...
— Se llama control remoto hijo -le respondió el viejo Lucio, silabeando como para que se le grabe el nombre.
— Hmm... pero mi mamá le dice de otra manera tío -le dijo en tono curioso en tanto jugueteaba con los botones de su camisita de vaqueros y con la cabeza gacha...
— Pues dime ¿cómo es que le dice hijo? -preguntó atentamente don Lucio, mientras el resto en la mesa miraban sigilosamente, una pausa irrumpió la reunión y todos viraron hacia Fabrizio
— Ella dice: "mocoso, pásame el aparato de mierda ese" - dijo Fabi, al tanto que hacía sonar las cucharas.
Todos rieron a carcajadas, pero no el viejo Lucio, y rápidamente los demás bajaron el ritmo de sus risas de manera más moderada, en respeto a la actitud del patriarca. Fabrizio se puso rojo como un tomate. Don Lucio sólo atinó a decirle:
— No hijito, eso se llama "control remoto" y sirve para apagar en televisor y cambiar los canales. Seguro tu mama dijo eso porque tuvo un mal día y se molestó. Pero tu no repitas esas palabras. No está bien. Eres un niño de 7 años...
— Si, pero a mi también me dice así, mira tío me dice "chiquito del demonio dame ese aparato de mierda, eso se mira y no se toca..."-sostuvo Fabrizio, esta vez quieto y con el rostro confuso.
Nuevamente las carcajadas brotaron de forma inevitable, tanto que Don Lucio no pudo evitar reír también. El novel sobrino plegó las cejas en señal de molestia... Luego vino un incomodo silencio...
Fueron llegando los primeros platos de arroz con pato. Fabrizio permanecía sentado jugeteando con su camisa y mirando a todos conversar. Era una reunión muy agradable. Sin embargo, no se sentía a gusto porque era el único niño en la mesa, los demás fueron a jugar al río y el no pudo asistir por problemas de gripe.
Al rato, ya mientras todos comían el viejo Lucio recordó que estaba jugando la selección de fútbol en vivo.
— Juega Perú familia, hijo pásame el control remoto -dijo con la boca llena.
El control estaba más cerca de Fabrizio que de cualquiera. Todos enmudecidos y atentos a la respuesta de Fabi. El niño cruzó los brazos volvió a fruncir el ceño y preparó su anuncio con ciertos gestos rápidos y coreografeados. Giró su rostro hacía donde estaba alojado el control, luego volvió su mirada a su tío Lucio al otro lado de la mesa.
— "Se mira y no se toca, también dice mi mamá"
Esta vez nadie ríe...
— Se llama control remoto hijo -le respondió el viejo Lucio, silabeando como para que se le grabe el nombre.
— Hmm... pero mi mamá le dice de otra manera tío -le dijo en tono curioso en tanto jugueteaba con los botones de su camisita de vaqueros y con la cabeza gacha...
— Pues dime ¿cómo es que le dice hijo? -preguntó atentamente don Lucio, mientras el resto en la mesa miraban sigilosamente, una pausa irrumpió la reunión y todos viraron hacia Fabrizio
— Ella dice: "mocoso, pásame el aparato de mierda ese" - dijo Fabi, al tanto que hacía sonar las cucharas.
Todos rieron a carcajadas, pero no el viejo Lucio, y rápidamente los demás bajaron el ritmo de sus risas de manera más moderada, en respeto a la actitud del patriarca. Fabrizio se puso rojo como un tomate. Don Lucio sólo atinó a decirle:
— No hijito, eso se llama "control remoto" y sirve para apagar en televisor y cambiar los canales. Seguro tu mama dijo eso porque tuvo un mal día y se molestó. Pero tu no repitas esas palabras. No está bien. Eres un niño de 7 años...
— Si, pero a mi también me dice así, mira tío me dice "chiquito del demonio dame ese aparato de mierda, eso se mira y no se toca..."-sostuvo Fabrizio, esta vez quieto y con el rostro confuso.
Nuevamente las carcajadas brotaron de forma inevitable, tanto que Don Lucio no pudo evitar reír también. El novel sobrino plegó las cejas en señal de molestia... Luego vino un incomodo silencio...
Fueron llegando los primeros platos de arroz con pato. Fabrizio permanecía sentado jugeteando con su camisa y mirando a todos conversar. Era una reunión muy agradable. Sin embargo, no se sentía a gusto porque era el único niño en la mesa, los demás fueron a jugar al río y el no pudo asistir por problemas de gripe.
Al rato, ya mientras todos comían el viejo Lucio recordó que estaba jugando la selección de fútbol en vivo.
— Juega Perú familia, hijo pásame el control remoto -dijo con la boca llena.
El control estaba más cerca de Fabrizio que de cualquiera. Todos enmudecidos y atentos a la respuesta de Fabi. El niño cruzó los brazos volvió a fruncir el ceño y preparó su anuncio con ciertos gestos rápidos y coreografeados. Giró su rostro hacía donde estaba alojado el control, luego volvió su mirada a su tío Lucio al otro lado de la mesa.
— "Se mira y no se toca, también dice mi mamá"
Esta vez nadie ríe...
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