martes, 30 de noviembre de 2010

Smashing forever!

Un viejo y melódico solo de guitarra y el indicio de algo muy conocido, idílico de un comienzo de primera, Today is the greatest day I've ever known... la aparición de un costado de una espigada figura con la cabeza cubierta por un poncho disimulando la calvicie del genio Billy Corgan y un juego de luces espectaculares, el jubilo desprendiéndose de la gélida noche de Jueves y la multitud esperando corear a como les salga el spanglish tras la espera de más de 4 horas.
Los saltos de vaiven y las cámaras imposibilitadas de captar tomas fijas. La noche fue tomada por asalto.

Fueron llegando una tras otra de manera intercalada, hits de éxito y otros de ultratumba, un set list ideal salvo por la excomulgación de un par de himnos generacionales como 1979-perfect o Mayonaise, entre otras.
La ausencia del mago de las baquetas, Jimmy Chamberlin, fue bien compenzada con un novel pero brillante y sorpresivo muchacho de 19 años llamado Mike Byrne, que se robó la noche con sus desgarradores y casi trasheros solos de drum, y un par de guitarristas limitados, pero puntuales y correctos. Y Corgan comiéndose, literalmente, la guitarra solista, desconciendo los oidos de inpávidos noctámbulos hambrientos de rock de menú. Y menú de carta a precio de pensión, que solo un cheff de talla francesa como el genio de Billy Corgan puede otorgar.
Bullet with Butterfly wings levantó a todos de su metro cuadrado y Zero les dobló los talones. Todos exhaustos pero pidiendo más.

Una noche soñada, una vía de catártis a tanta mierda revuelta en el entorno, las remembranzas de una época gloriosa, unos a otros mirándonos los rostros, desconocidos abrazándose, coreando temas que definieron etapas y marcaron vidas, las manos al cielo en agradecimiento, el sudor goteando dejando su marca en el grass junto a la espuma de levadura.
Las miradas cruzadas, las ganas de guerra tibia a punta de buen rock, de chicos como yo, como ellos, compartiendo un mismo gusto y una sola forma. De una época que alguna vez fue, y que será contada luego.

Lo que el rock puede lograr al univerzalizar un simple sonido en un precepto obligado. Abordando el recuerdo, la adolecencia, del jean rasgado, los vaqueros a las converse sucias. La libertad a flor de piel dejándose ver por lágrimas cayendo a golpe de felicidad.  
La apoteósica Tonigh tonight de cierre y la incertidumbre de, si abandonar el recinto o esperar con fe el regreso por algo más de Smashing. Como intuyendo que algo más le faltaba al menú, el postre, la yapa. Cinco minutos coreando el nombre de Billy, pedidos en el aire como el de Rocket o Siva, rogando casi de rodillas el regreso a la escena. Las palmas arriba y las lágrimas ya secas pero con los surcos sobre las mejillas manchadas de rabia y evocación.


Ese sonido dispar pero ensordecedor de gente que habla con las palmas pidiendo más del genio, pidiendo un par de deseos más, Corgan regresando, tomando tu espada acariciándonos con Disarm a semi capela y rompiendo los tímpanos luego con Heavy Metal Machine. El encore bonus track soñado de un set list a la altura, pero que igual deja la miel en los labios, quizás demasiado para un escenario minúsculo para la magnitud de tal agrupación y la exigua asistencia de gente que hace pensar en el mal gusto del peruano por el buen rock, máxime si la banda americana está tan vigente como nunca. De una banda que grita al cielo reclamando el verdadero sitial del rock, que ha sido prestado a pubertos ansiosos de pop virúlico que pronto acabará.

Gracias Smashing Pumpkins por una noche inolvidable.


Mis favoritas:

1. Starz
2. United States
3. Tonight tonight
4. A song for a son
5. 1979
6. Disarm
7. Where boys fear to tread
8. Stand inside your love 
9. Ava Adore
10. Bullet with a Butterfly wings
11. XYU
12. Soma
13. Thirty Three
14. Zero
15. Here is no why
16. Galapogos 
17. Disarm
18. Mayonaise
19. Heavy metal machine
20. Muzzle

lunes, 29 de noviembre de 2010

Déjalo


Un año pensando que las letras pueden seducir
y aunque cierto
un día también, para saber que las letras también matan

Por desilusionarte en el intento,
por disfrazar mis errores tras los tuyos
por aferrarme a hacerte creer que eres para mi

Que todos hemos lastimado..... alguna vez
Que todos hemos llorado.... alguna vez

Todos.
Pero no lo haremos más.

Eres ilusión sin embargo me siento real
el miedo se prolonga en la nada
el sonido no acaba
tampoco el amor

Mundo ausente VI

El olor de la lluvia caer se asemeja al del incienso al apagarse, parece hacer arder la mucosa hasta adormecer los vellos. Esas lluvias feroces que solo se ven en esta parte del país acompañan día a día estas tierras, bañando de gloria y revancha un pedazo de población que parece vivir sumergida en una edad de bronce. Donde los jóvenes son tan inocentes como niños y los niños tan audaces como colibríes.

La lluvia nos daba prisa, el agradecimiento por aquel nutritivo almuerzo y la ansiedad por ver el nuevo paisaje borrascoso nos llevo a ponernos de pie casi al mismo tiempo, despidiéndonos de los demás en la mesa.
-Don Eleu, gracias por todo esto, aunque déjeme decirle que, vamos a venir todos los días a comer sus reses, la comida estuvo muy buena, gracias- expuso irónicamente Santos, arrancando una sonrisa del duro rostro del viejo, y también en los demás.
Antes de que todos quisieran expresar algo más -las evidencias del cañaso eran bastante obvias- replicamos pidiendo disculpas, aduciendo que el tiempo juega en nuestra contra. El señor Eleuterio nos dijo que al día siguiente nos prepararía un ambiente especial para dormir. En tanto esta noche, deberíamos ingeniarnos en el local comunal armando nuestras tiendas. Solo por una noche, o quien sabe.

Quien lo diría, nos empezaba a gustar este peculiar entorno. El paisaje, su gente, sus costumbres. El espejo de una sociedad preocupada en el mañana y no en el hoy. Que olvidó su ayer.
José nos condujo al local comunal, es decir, al otro lado de la casona de Eleuterio. Entramos rapidísimo de lo contrario la lluvia nos empaparía en solo cinco segundos. Nos basto dos para salir y entrar a nuestro improvisado dormitorio.
El desorden propio de un grupo con ansias de descanso. Olíamos muy mal, pero en ese momento era imposible pensar en aseo de cinco estrellas. Era el frío goteo de lluvia por la ventana o esperar al día siguiente a la orilla del río con agua más congelada aún. Uno a uno nos despojamos de esos sucios ropajes, acomodando las tiendas y carpas. La tienda de Hebert era para 3 personas, pero yo no estaba dispuesto a ir con él (tenía fama de ser un poco desaseado). Yo tenía mi tienda personal más un sleeping aunque algo viejo, muy confortable.

-Por la puta madreeeeee- gritó Santos desde un costado. Resulta que en su cajetilla de cigarros solo le sobraba uno, los demás ya no tenían, y yo tampoco. Con esa lluvia nadie saldría a la bodega por más cigarrillos, eso se entendía al escucharlo rugir de ira. Tan pronto como se terminó de armar las tiendas acercamos a nosotros otros enseres que podrían ser de utilidad, linternas, agua y repelente. Cargamos las radios, los gps y demás artículos electrógenos. Aunque era temprano, era mejor dormir y sacarle el máximo provecho a la mañana, había mucho que hacer.

-A mala hora se jodió esa puta camioneta- Comentó en voz alta Lucho, ya a oscuras y alojados en nuestras tiendas.
-No pierdas la esperanza Luchito, quizás el lunes venga la camioneta, solo fueron los frenos- respondió Santos, tratando de calmarlo. En realidad terminamos riendo, era recién Martes.
Estábamos jodidos, echados a nuestra suerte.

Normalmente mi cuerpo habituado a dormir a altas horas de la noche, producto de mi añejo insomnio se dejó seducir por el apocamiento y casi sin acomodarme mientras pensaba en la cámara perdida y los paisajes en él, en la camioneta y en la batería de mi celular que olvidé traer, quedé dormido al ritmo de goteo cayendo en las tiendas, resbalando por ella, sonando a lágrima perdida al caer en el piso. 

El día llegaría rápido. El sonar de los viejos camiones y unos tímidos rayos de alba penetraban por entre las rejas y el plástico tenso. El olor a humedad y hielo seco. Nos esperaba un día de treinta horas. José nos esperaba afuera del local, con las llaves en las manos. El cancerbero de un cónclave de miércoles. Un miércoles con poca neblina, ideal para avanzar tanto como se pueda.
Salimos listos cada uno con sus cosas, nadie quedaría en el local, Heberth, Santos y Ernesto irían a levantar toda la zona,Lucho y yo a convocar a una reunión a los comuneros de los caseríos aledaños. Es decir, una nueva caminata.

Armados cual batalla, picos en mano, sombreros, lentes, chalecos, polares, agua, y una mochila con algunas cosas y mucho material publicitario. Seis de la mañana, teníamos tiempo para un desayuno improvisado e ir por la bodega a por cigarros y leche fresca. La brigada de Santos y los demás marchó presurosa hacia el sur, seguramente en el camino encontrarían donde comer algo. Lucho y yo, con algo menos de prisa fuimos conversando entre otras cosas de la molestia de realizar una labor que no era nuestra competencia, por el solo hecho de no tener una buena relación con el jefe de ingenieros de aquel entonces. En su intento por desterrarnos a una tierra donde supuso que nos iría peor que mal estaba consiguiendo adherirnos a ella de forma poco comprensible. En su afán por aguarnos la temporada descubrimos que, en estas tierras había algo más que dígitos calculados y medidas perimétricas. Era ir por otra dimensión a un mundo dentro de otro como satélite cobrando peaje por cada vuelta de sector. Aprendiendo de ancestrales constumbres, escapando de la modernidad, comprendiendo la forma de la somos parte y el telar que vestimos tras una piel manchada en diversidad de colores pero con el mismo reverso, la misma sangre, los mismos derechos.
Caminamos en silencio, subiendo pendientes, pisando roca y mascando tranquilidad. Salpicando tras la ruta polvo y barro. Mirando el esplendoroso paisaje que nos regala Dios para no perder la esperanza y demostrar de que estamos hechos.

Llegando a una pequeña curva un túmulo de polvo anunciaba el acercamiento de algún vehículo, era Don Pedro y la camioneta que nos ofreció la tarde anterior y que no habíamos tomado en cuenta. Fue una avalancha de alivio y las súplicas escuchadas.
-Par donde van inges- preguntó el viejo comunero, uno de los más acomodados económicamente de la zona.
-En dirección a Ayamashay maestro- respondió el che, señalando por entre un montículo de vacas que se aglomeraron por la senda a seguir.
Tomó sin pedir permiso el enorme mapa que llevaba conmigo y lo expandió en la capota de su negra camioneta, que parecía blanca por el barro seco.
-Es aquí donde deben ir, son casi 8 kilómetros, caminando tardarían algunas horas- dijo en tono desalentador, en tanto miraba de reojo a Lucho, buscando una rápida réplica, una conciliación.
-Carajo, es mucho tramo, ¿no pasan por acá los camiones?- preguntó Lucho, como dejando espacio a una respuesta servicial.
-¿Saben conducir?- preguntó don Pedro
-Si, pero no tenemos brevete- respondió rápidamente Lucho.
-Acá esos papeles no sirven inge, tomen la camioneta pongan sus cosas allí, hay mucho combustible así que no se preocupen, yo iré al cacerio a mediodía y luego nos vamos a almorzar a un lugar que conozco allá abajo- Finalizó.

Fue la mejor respuesta que escuchamos en toda la jornada. Lo que no sabía don Pedro era que, ni yo ni Lucho éramos expertos conductores, por último, ni amateurs.

martes, 23 de noviembre de 2010

Mundo ausente V

(V)

Don Eleuterio esperaba de pie en la fachada de su casa. Santos a un par de metros de el, fumando el característico cigarrillo. Los chicos y yo apresuramos la marcha, o quizás fue la inclinación de la pendiente y el efecto de la gravedad. Lo que fuese, el hambre era incontenible. Llegamos y saludamos, don Eleuterio nos dio la bienvenida con un desabridísimo y un tanto displicente "que tal". El tradicional tipo reacio de la sierra, contrapuesto a la amabilidad del joven Uyurpampino. Pero ni modo, debíamos quedarnos en su casa.
Alguna vez el viejo patriarca fue alcalde así que, ese era indicativo de que estábamos al menos, en buenas manos. Nos hizo entrar, una bodega bien surtida, un teléfono satelital y muchos perros caminando. Pasando ese ambiente un amplio patio con otros ambientes detrás de el. La casona del viejo Eleuterio era grande pero cual corral, repleto de animales.

Caminamos tras el viejo camino al ambiente que parecía ser el comedor. Algunas tusas regadas por el piso y los perros mascándoselas, mucho humo y como no sentíamos hace días, calor y ganas de dormir. La esposa del señor Eleuterio se presentó sola, nos invitó a sentarnos en tanto terminaba de preparar los potajes del día. Por el olor daba la impresión que se trataba de alguna res y el infaltable cañaso. Se estila en esas zonas a que los moradores comparten con sus visitas sus creencias y costumbres, y la comida es parte fundamental de ello. Dejar más de la mitad del plato o poner cara de asqueado es el peor pago que pueden recibir, así que habría que comer a la fuerza si era necesario.
Aquel comedor era amplio y la mesa en ella igual de enorme. Lo que no sabíamos es que otras  personalidades de la zona y autoridades sería parte de ese almuerzo.
Las fiestas en la sierra suelen durar más de una semana. Y aunque cálido y acogedor, en la casona aún se sentía frío, empero dos vasos de cañaso fueron suficientes para disipar el frío. Ahora nos quitábamos los polares y todo lo que considerábamos innecesario. Esa bebida hacía mérito de la fama que la precedía, calentaba en cuanto se le ingería.

Fueron llegando uno a uno, venían desde caserios aledaños como Laquipampa, Uyshahuasi, Romero y Ayamashay. En realidad ese simple almuerzo que esperábamos era un festín de carnes y potajes típicos de la zona. La mejor oportunidad de los lugareños de exhibir sus platos. Recordando el jolgorio de los comuneros la noche anterior. Y aunque sonara mal, sin ser quienes ellos esperaban, nosotros terminaríamos siendo jueces de aquella feria. Seguro eso hacía pensar que recibiríamos la mejor atención.
Los saludos de camaradería correspondientes, y los platos llegando a la mesa. Sopas de borrego, caldo de bolas, estofado de res, cancha, queso, entre otros potajes eran parte de aquel buffet. Definitivamente el avant garde de toda la estadía.

Supusimos que el hambre nos haría quedar mal, terminamos en cuanto repartieron las comidas, pero nos sirvieron ración doble. Tenía que codear al resto para evitar que se coman todo lo que nos habían servido y en cuanto lo hice el viejo Pedro que estaba frente a mi intervino dicíendome que comamos sin tener vergüenza. Con autoridad plena y la confianza dada, mis compañeros se encargaron de dejar a los perros sin comida. Bueno al final,tanto maltrato en el sendero y los desfiladeros valió la pena. Nos esperaban unas semanas terribles.

Uno de los invitados en la mesa, un comunero de Laquipampa se ofreció a prestarnos la camioneta de su finca hasta que la empresa envié a la móvil que debió haber venido con nosotros. Algunos problemas mecánicos hicieron que, nuestro no planificado recorrido tenga algunos inconvenientes y algunas bajas, como la cámara y un par de sombreros. Aunque aún intactos, éramos consientes que nos esperaban dos semanas largas y tediosas y cualquier actitud servicial sería bien recibida. Aceptamos rápidamente, procederíamos entonces a subdividir el grupo en razón a la propuesta de aquel gentil señor, un grupo residirá en Uyurpampa y el otro hará las veces de posta, haciendo el trabajo sucio de levantamiento topográfico, como haciendo un poco de runnig, muy característico en la zona. Eso se podría discutir después, la reunión en la mesa era amena y pintoresca.

Se dejan escuchar viejos balines golpeando las calaminas en los techos. Ha comenzado a llover.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Mundo ausente IV

 (IV)

La altura te otorga una ventaja: ver las cosas desde otra perspectiva, al menos desde allí todo luce más pequeño. Pero también la ineludible desventaja de soportar el calvario del soroche y sus síntomas. Y esos benditos cigarrillos ya había hecho añicos de nosotros. Apenas y respiramos; no faltaba mucho, sin embargo me sentía perecer. El esfuerzo evidente de Lucho desde arriba era cada vez más inútil, las distancias entre uno y otro no eran las correctas y nuestra postura corporal inapropiada, apenas faltaban unos metros y eso parecía no importar, simplemente llegar.
Un último resbalón del pequeño Ernesto y el jalón sintiéndose desde la soga que sostengo con ardor y tembladera es el anuncio de que por fin tocamos tierra lisa. Uno a uno bajando a como podían y Lucho con el alma entre los dientes. Reposamos sentados en nuestro sitio acomodando las cosas, embarrados y tratando de beber algo de agua que conservamos en algunas botellas. A golpe de mediodía y sin población a las afueras, un parque sin vegetación ni columpios, más estiércol de caballo, un profundo olor a frío civilizado y la pena por la cámara enterrada bajo el río.

Estábamos habituados en todas esas horas de viaje en camión y ardua caminata a contemplar el paisaje desde lo alto y lo bello que luce todo desde allí, pero desde el parque la vista seguía siendo maravillosa. Parecía que al contacto con los bloques de cemento la niebla se clarificaba y el alma regresaba al cuerpo. A todos salvo a José. Ya con algo más de aire nos pusimos de pie con las cosas atadas a las sogas y con unos troncos debajo como emulando viejas ruedas, para engañarle al terrible peso de aquellas pertenencias. José señaló con el dedo hacia el oeste.
Allí está el local comunal, y más a ladito la casa de don Eleuterio, donde se van a quedar, ya conversé con el...
y prosiguió: Esperé acá Inge— mirando a Santos voy a ver ayuda para que lleven sus cosas.
Volvimos a sentarnos limpiándonos al vuelo la ropa embarrada, las botas y sacudiendo los sombreros. El hambre era ahora una necesidad tan básica que nos devorásemos en el acto una vaca si era necesario. Santos y Lucho seguían comiéndose los cigarros y Ernesto y yo apenas y respirábamos. Esperamos presurosos el regreso de José y la ayuda. Vimos a lo lejos una especie de carretilla y dos personas a pie al costado de un caballo, o algo parecido. Nos paramos rápidamente, cogimos el equipaje y aguardamos. José nos presentó al señor que se ofreció con el vehículo, aunque no recuerdo el nombre se que no hablaba el idioma, como la mayoría en la zona, y que el quechua seguía siendo su lengua matriz, pero entendió nuestros gestos de agradecimiento. Subimos las cosas rápidamente atamos las sogas otra vez y aseguramos el cerrojo posterior, nosotros seguiríamos a pie, solo eran unos metros. En ese avance paso a paso notamos que no éramos los únicos, los pobladores en sus casas haciendo las rutinas culinarias propias de la hora, las vacas tragando pasto y algunas ovejas trasquiladas paseando por entre el fango y los gallinazos merodeando alguna presa desfalleciendo o quizás el anuncio de nuestra muerte. Una tonta reflexión de una mente falta de alimento. 
Llegamos al local comunal, era amplio y al parecer tuvo uso el día anterior, las evidencias de una festividad eran más que obvias: restos de queso tirado en el piso revolcándose con el polvo, globos reventados colgando de hilos mal atados y un terrible olor a cañaso y coca. Sin decir nada mas de lo que se pensó y que seguramente pasó por la cabeza de todos los demás al entrar a ese lugar, José tomó la palabra explicándonos que, efectivamente la noche anterior se había desarrollado la fiesta típica de Uyurpampa, es decir, su aniversario. Mientras lo hacía colocamos nuestras pertenencias en una esquina amplia encima de una enorme mesa y debajo de ella, cubrimos todo con unas mantas impermeables y cerramos el ambiente con candados hasta el día lunes que iniciemos la jornada encargada, y el motivo del peregrinaje. Ahora sin peso de impedimento y sin temor a la altura sólo había que hacer algo, llenar el instinto básico de supervivencia: comer. Y luego de eso dormir para revivir neuronas. 

Salimos del local, José y Santos fueron a ver a Don Eleuterio para las coordinaciones de la posada y la comida en tanto los demás fuimos a caminar por la zona. Ya para eso teníamos con nosotros las cosas de mayor utilidad: radios, gorros, protectores solares, lentes de sol, polares y mucho cigarro.
Los pobladores nos dan la bienvenida, las más jóvenes luciendo con orgullo los trajes típicos de la zona (krusmas y anukus, que vienen a ser como blusas y faldas respectivamente) atuendos perfectamente manufacturados. Saludando nuestro caminar con las manos en alto, interminables sonrisas y mucha gentileza, nos hablaban en ambos idiomas, los lugareños se hicieron bilingües a golpe de modernidad, por no decir obligatoriedad. Pero, aunque bilingüe, Uyurpampa, al igual que toda la serranía de Incahuasi y Cañaris es una población con altos índices de analfabetismo y pobreza. Normalmente se hacen campañas de ayuda a esta comunidad que ha recibido la espalda de todo un país. Y aunque la gente es muy gentil aún es muy apreciable la indocilidad de algunos otros pobladores, sobretodo hombres y ancianos. Algunos nos miraban con recelo e incomodidad, como recordando la invación peninsular en tierras incaicas. Los uyurpampinos llevan viva en su sangre y su lengua las raices de una cultura de la que no se avergüenzan y que deberíamos adoptar con orgullo e impetu. Eso dicen sus miradas que castigan de reojo, miradas que jalan las pestañas y agraban la melancolía.
Continuamos en silencio, estudiando nuestro nuevo hogar con algo de temor y sigilo. El camino siempre estrecho empolvando nuestros rostros cada vez que pasaba algún camión por nuestro costado y la abundante vegetación cosquilleando era típico en el andar. Miramos atrás para ver que tanto estábamos alejándonos y en realidad apenas y caminamos el equivalente a dos cuadras. Las radios suenan, Santos quiere que nos reunamos en la plaza a la brevedad. Era hora de almorzar.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Mundo ausente III

(III)

Dentro de mis pesadas botas se podía sentir la sudoración recorriendo mis talones y mis dedos comprimidos pidiendo ayuda. El cansancio era tiránico, peor por la prisa en nuestro andar. Por increíble que pareciera, José y sus amigos no dejaban de hablar, reír y pasarle al machete a la malesa sobresaliente en el camino. Todo como si nada, una rutina tan sencilla para ellos como era para nosotros el comer o el respirar. Bueno no tanto el respirar a más de 1 500 metros sobre el nivel del mar era muy complicado. Adecuados totalmente a su forma de vida.

El avance era cada ves más pesado, el sendero se hacía más erguido y para llegar al río había que descender por una especie de quebrada y una espesa vegetación y claro, enormes rocas por doquier.
Llegamos a una especie de intersección, por no decir cuello de embudo. Desde la planicie de ese cruce se apreciaba la magnitud de los cerros que encerraba tanta vegetación de palo seco y roca muy caliente. El lugar perfecto para escapar del frío y contemplar ese habitat. Frente a él, el inmenso río tan bravo como translúcido. Por los costados de las lomas, pequeñas pero largas trochas y callejones, algunas casuchas que parecían colgados con clavos y mucho ganado disperso. Casi por un costado y mirando hacia abajo, el enorme abismo envuelto en una niebla realmente espesa y blanca recorriendo nuestros pies. Y los efectos del frío saliendo de nuestras bocas, un humo denso y fúnebre.
Me tomaba las rodillas mientras trataba de reponerme. Beber un poco de agua pura del río implicaba un esfuerzo más. Un verdadero sacrificio.

Dejamos nuestras cosas otra vez, había que ir a "pata pelada" y con los caballos cerca, los comuneros delante a manera de guía y mucho cuidado de no patinar. Nos inclinamos para desamarrarnos las botas, casacas y guantes. Si caíamos al agua era enfermarse inmediatamente. Calculo que ese río circulaba agua a menos de 5°. Bebimos como pudimos de la parte más alta para que los caballos beban del agua contra corriente. Nos lavamos ligeramente, nunca había sentido un agua tan helada, que mi lengua parecía retorserse por mi nariz y las manos estaban tan duras que dolían.
—Hay que apurarnos, más allasito esta la bajadita a la plaza— dijo Don Anselmo, aparentemente el mayor de todos. Lucho, el más irreverente de mi grupo se sacó el pantalón intentando bañarse. Era de no creerse, permanecí sentado entre las rocas mientras apreciaba una de sus tantas locuras. Lucho es argentino pero vive muchos años en el país y es un tipo decidido y aventurero, además de ser medio descocado. Por supuesto nadie lo siguió, esa idea descabellada solo podría surgir de el. Y se metió al río. Realmente estaba loco, todos reíamos moviendo la cabeza de lado a lado.
—El gallo no cambia— dijo Heberth, el chino, que se notaba moría de ganas por hacer lo mismo, de alguna forma estaba casi igual de loco que Lucho. Pero el frío lo contuvo. 

Ahora eramos presa del hambre, ese río nos había energizado a punta de frío y ansiedad. Ahora el hambre nos haría avanzar hasta llegar a nuestro destino. La plaza Uyurpampina.
Retomamos la senda, bordeando el río para agilizar el paso y cortar camino. Pero allí cerca al agua el frío era más rígido. Metí la mano a mi bolsillo lateral saqué una cajetilla de Camel y fue como una bendición. Curiosamente nadie pensó en cigarrillos en toda la ruta, siendo lo primero en que debimos pensar. El problema era que nadie cargaba un encenderor consigo. Pero el tema de los cigarrillos ya era prioritario asi que, si era posible había que desmantelar todo el equipaje hasta encontrar algo con que hacer fuego. Unos fósforos húmedos y con apenas cuatro palitos fue lo que encontramos en las pertenencias de Santos. La desesperación era incontenible, y al primer inhalo de alquitrán y la respuesta inmediata de plétora. Como niños comiendo caramelos en Halloween.
Continuamos la ruta. Los comuneros debían desviar su andar, pero con José bastaba y sobraba, aunque habíamos obviado algo importante: el peso de las cosas a cargar. Aunque no faltaba mucho, el beber agua y fumar para contener el frío nos devolvió las fuerzas para terminar. Nos despedimos. Tanta gentileza y desinterés en la gente ya no se ve en la ciudad.


Ahora éramos como al inicio, cinco, y mucho peso que transportar. Por el extremo del río logramos apreciar un paisaje inenarrable. El despeñadero dejaba ver en el fondo de el, la silueta del río y su confluencia con las quebradas y acequias, como una canasta de serpientes y manzanas. Las copas de los árboles moteados y las rocas conteniendo la majestuosidad de aquella forma fascinante. Nuestra vista se centró en ella y no nos percatamos que la plaza y el pueblo yacían unos metros antes de ese cónclave de serpientes celestes. Un verdadero requiem. Aprovechamos en sacar algunas tomas en la cámara.

Nos pusimos uno trás otro evitando ir rápido y poder resbalar. Lucho era el más fuerte y pesado iba atrás como conteniendo con su peso y nivelando el andar del grupo. Nos sostuvimos con la soga atada a un árbol a lo alto y en su caída atamos las cosas para que ese contrapeso vaya al fondo del pasadiso. Esa cuerda bien estirada y tersa entonces sería como una manija para nosostros. Ernesto, el más ligero y tímido de todos iba delante y resbala ligeramente y en una de esas me toma de la rodilla, yo iba tras el, haciendo que también me resbale, nos llenamos de barro y en esa ligera caída la cámara se desprende de mi cuello al igual que mi sombrero. Este último voló por entre la vegetación y la cámara se deslizaba directo al río hasta perderse de mi vista. Peor no podía ir.