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viernes, 19 de noviembre de 2010

Mundo Ausente I

viernes, 19 de noviembre de 2010
(I)

El viejo camión que nos transportaba a mi y mis cuatro compañeros no podía dejar peor nuestra columna, el crujir de las vertebras evocaba el bombeo en la vieja guerra de Normandía. Por cada bache una reacción artrítica y un grito de basta. Pero había que soportar, restaba solo una hora de los primeros seis de inclemente viaje, de sostenernos con fuerza a los palos extremos de la tolva sin quitar de la vista las enormes cajas con los equipos de rastreo satelital y topografía.
Seis horas renegando en silencio, mordiendo nuestra propia ira envuelta en saliva seca y llena de polvo de sierra caliente. Un sol sofocante y un frío atroz, un inusitado misceláneo de sensaciones. Era entre elegir a congelarse o dejar que el sol negree por completo manos y rostros. Sin dudas, yo prefería el frío, el mismo que luego tendría consecuencias.
Aquel camión era como una jaula de animales en cautiverio. Las gallinas pigmeas picoteando la suela de mis botas y las enormes vacas con cuernos quebrados gimiendo por cada retumbe del camión nos hacían recordar nuestros primigenios orígenes, en donde se cazaba para sobrevivir. Epocas que ahora perecen en ritos rupestres.
Debíamos librar una batalla con la diosa naturaleza en más de tres semanas y siendo aún el inicio, todo indicaba que ni las esperanzas ni el majestuoso paisaje serían suficientes para retransladar mi mente a un lugar distinto a aquel.
Y los comuneros mirando. La atención puesta en nuestro ropaje, los chalecos naranja viva y los enormes sombreros, la manera tan pulcra de proteger nuestra piel, las cremas en nuestra cara, de cansancio y sed. Una extraña naranja mecánica que no camuflaba nuestra negra alma y tampoco la silueta de rayados en rojo, negro y marrón de sus ropajes, deshilachados y manchados de mugre y barro, los llanques que dejan mostrar las callosidades, del andar constante, de la lucha con la tierra y el frío. Miradas fijas y retumbantes sobre nuestro desgano puesto hasta en nuestra forma de sentarnos. Rogando por terminar ese viaje.

Detrás de sus miradas fijas y alrededor, la tetricidad del paisaje rompía el esquema de cuadro bonito de aquel sendero. Un sendero plagado de restos de estiércol de yegua y troncos de alfalfa. El olor del ambiente recargado de materia excrementicia y las puntas de los árboles metidas como alfileres por entre los pastizales y las flores a medio crecer, rodeadas de muzgo y polvo, con huellas de mordidas de venado. Los enormes cerros como trapecios, verde en sus lados, pardo de abajo haciéndose azafranado hasta las puntas. La maleza entre ellas y los troncos retorcidos en forma de molinos nos hacía recordar la inclemencia y la belleza impresas en la helada sierra. Un páramo casi impenetrable a cualquier sentido que no sea el de la vista.

A lo lejos los primeros indicios de población. Humadera escapando de las casuchas y mucho verde inmiscuido. Ese humo restaurado en aire puro se filtraba por entre nuestros poros y tabiques. La esperanza retornaba. El olor a abono húmedo se disipaba por los abismos neblinosos, los riachuelos resonando y las vacas bebiendo de ellas, caracterizaban el nuevo ambiente.
Aquel lugar al que nos aproximamos y que los comuneros llaman Uyurpampa. Ese sería nuestro primer paraje. 
El viejo roble milenario da la bienvenida. Hay que agradecerle contemplando su enormidad...

2 comentaron el post:

Marité dijo...

Qué buen inicio... casi casi puse oler el "fino" camino de estiercol, sentir las inquisitorias miradas y pude agrefarle unos cuantos ruidos ambientales que hicieron más real la primera parte de esta historia. Pero qué lugar es ese y por qué tus amigos y tu fueron a parar ahí y con esos topógrafos en mano???
Tanto que contar y tan poco tiempo para disfrutar una buena lectura...
Necesito un día entero para mí: para leer, escribir, caminar, escuchar y bajarme música... y escribir.
Pero eso aun no pasará.
Espero con ansias la II parte Mr.D!
Besos!

Mr.d dijo...

Para todo hay tiempo estimada Marité, mejor aún si es para viejas pero buenas costumbres como leer o escribir. Gracias por darle lectura siempre a mis historias, que a pocos interesan pero que quiero compartir con ustedes.

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