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lunes, 29 de noviembre de 2010

Mundo ausente VI

lunes, 29 de noviembre de 2010
El olor de la lluvia caer se asemeja al del incienso al apagarse, parece hacer arder la mucosa hasta adormecer los vellos. Esas lluvias feroces que solo se ven en esta parte del país acompañan día a día estas tierras, bañando de gloria y revancha un pedazo de población que parece vivir sumergida en una edad de bronce. Donde los jóvenes son tan inocentes como niños y los niños tan audaces como colibríes.

La lluvia nos daba prisa, el agradecimiento por aquel nutritivo almuerzo y la ansiedad por ver el nuevo paisaje borrascoso nos llevo a ponernos de pie casi al mismo tiempo, despidiéndonos de los demás en la mesa.
-Don Eleu, gracias por todo esto, aunque déjeme decirle que, vamos a venir todos los días a comer sus reses, la comida estuvo muy buena, gracias- expuso irónicamente Santos, arrancando una sonrisa del duro rostro del viejo, y también en los demás.
Antes de que todos quisieran expresar algo más -las evidencias del cañaso eran bastante obvias- replicamos pidiendo disculpas, aduciendo que el tiempo juega en nuestra contra. El señor Eleuterio nos dijo que al día siguiente nos prepararía un ambiente especial para dormir. En tanto esta noche, deberíamos ingeniarnos en el local comunal armando nuestras tiendas. Solo por una noche, o quien sabe.

Quien lo diría, nos empezaba a gustar este peculiar entorno. El paisaje, su gente, sus costumbres. El espejo de una sociedad preocupada en el mañana y no en el hoy. Que olvidó su ayer.
José nos condujo al local comunal, es decir, al otro lado de la casona de Eleuterio. Entramos rapidísimo de lo contrario la lluvia nos empaparía en solo cinco segundos. Nos basto dos para salir y entrar a nuestro improvisado dormitorio.
El desorden propio de un grupo con ansias de descanso. Olíamos muy mal, pero en ese momento era imposible pensar en aseo de cinco estrellas. Era el frío goteo de lluvia por la ventana o esperar al día siguiente a la orilla del río con agua más congelada aún. Uno a uno nos despojamos de esos sucios ropajes, acomodando las tiendas y carpas. La tienda de Hebert era para 3 personas, pero yo no estaba dispuesto a ir con él (tenía fama de ser un poco desaseado). Yo tenía mi tienda personal más un sleeping aunque algo viejo, muy confortable.

-Por la puta madreeeeee- gritó Santos desde un costado. Resulta que en su cajetilla de cigarros solo le sobraba uno, los demás ya no tenían, y yo tampoco. Con esa lluvia nadie saldría a la bodega por más cigarrillos, eso se entendía al escucharlo rugir de ira. Tan pronto como se terminó de armar las tiendas acercamos a nosotros otros enseres que podrían ser de utilidad, linternas, agua y repelente. Cargamos las radios, los gps y demás artículos electrógenos. Aunque era temprano, era mejor dormir y sacarle el máximo provecho a la mañana, había mucho que hacer.

-A mala hora se jodió esa puta camioneta- Comentó en voz alta Lucho, ya a oscuras y alojados en nuestras tiendas.
-No pierdas la esperanza Luchito, quizás el lunes venga la camioneta, solo fueron los frenos- respondió Santos, tratando de calmarlo. En realidad terminamos riendo, era recién Martes.
Estábamos jodidos, echados a nuestra suerte.

Normalmente mi cuerpo habituado a dormir a altas horas de la noche, producto de mi añejo insomnio se dejó seducir por el apocamiento y casi sin acomodarme mientras pensaba en la cámara perdida y los paisajes en él, en la camioneta y en la batería de mi celular que olvidé traer, quedé dormido al ritmo de goteo cayendo en las tiendas, resbalando por ella, sonando a lágrima perdida al caer en el piso. 

El día llegaría rápido. El sonar de los viejos camiones y unos tímidos rayos de alba penetraban por entre las rejas y el plástico tenso. El olor a humedad y hielo seco. Nos esperaba un día de treinta horas. José nos esperaba afuera del local, con las llaves en las manos. El cancerbero de un cónclave de miércoles. Un miércoles con poca neblina, ideal para avanzar tanto como se pueda.
Salimos listos cada uno con sus cosas, nadie quedaría en el local, Heberth, Santos y Ernesto irían a levantar toda la zona,Lucho y yo a convocar a una reunión a los comuneros de los caseríos aledaños. Es decir, una nueva caminata.

Armados cual batalla, picos en mano, sombreros, lentes, chalecos, polares, agua, y una mochila con algunas cosas y mucho material publicitario. Seis de la mañana, teníamos tiempo para un desayuno improvisado e ir por la bodega a por cigarros y leche fresca. La brigada de Santos y los demás marchó presurosa hacia el sur, seguramente en el camino encontrarían donde comer algo. Lucho y yo, con algo menos de prisa fuimos conversando entre otras cosas de la molestia de realizar una labor que no era nuestra competencia, por el solo hecho de no tener una buena relación con el jefe de ingenieros de aquel entonces. En su intento por desterrarnos a una tierra donde supuso que nos iría peor que mal estaba consiguiendo adherirnos a ella de forma poco comprensible. En su afán por aguarnos la temporada descubrimos que, en estas tierras había algo más que dígitos calculados y medidas perimétricas. Era ir por otra dimensión a un mundo dentro de otro como satélite cobrando peaje por cada vuelta de sector. Aprendiendo de ancestrales constumbres, escapando de la modernidad, comprendiendo la forma de la somos parte y el telar que vestimos tras una piel manchada en diversidad de colores pero con el mismo reverso, la misma sangre, los mismos derechos.
Caminamos en silencio, subiendo pendientes, pisando roca y mascando tranquilidad. Salpicando tras la ruta polvo y barro. Mirando el esplendoroso paisaje que nos regala Dios para no perder la esperanza y demostrar de que estamos hechos.

Llegando a una pequeña curva un túmulo de polvo anunciaba el acercamiento de algún vehículo, era Don Pedro y la camioneta que nos ofreció la tarde anterior y que no habíamos tomado en cuenta. Fue una avalancha de alivio y las súplicas escuchadas.
-Par donde van inges- preguntó el viejo comunero, uno de los más acomodados económicamente de la zona.
-En dirección a Ayamashay maestro- respondió el che, señalando por entre un montículo de vacas que se aglomeraron por la senda a seguir.
Tomó sin pedir permiso el enorme mapa que llevaba conmigo y lo expandió en la capota de su negra camioneta, que parecía blanca por el barro seco.
-Es aquí donde deben ir, son casi 8 kilómetros, caminando tardarían algunas horas- dijo en tono desalentador, en tanto miraba de reojo a Lucho, buscando una rápida réplica, una conciliación.
-Carajo, es mucho tramo, ¿no pasan por acá los camiones?- preguntó Lucho, como dejando espacio a una respuesta servicial.
-¿Saben conducir?- preguntó don Pedro
-Si, pero no tenemos brevete- respondió rápidamente Lucho.
-Acá esos papeles no sirven inge, tomen la camioneta pongan sus cosas allí, hay mucho combustible así que no se preocupen, yo iré al cacerio a mediodía y luego nos vamos a almorzar a un lugar que conozco allá abajo- Finalizó.

Fue la mejor respuesta que escuchamos en toda la jornada. Lo que no sabía don Pedro era que, ni yo ni Lucho éramos expertos conductores, por último, ni amateurs.

3 comentaron el post:

Marité dijo...

QUE MIEEEEEEDO!!!! O sea qué valiente Don Pedro déjame decirte ah! Prestarle su camioneta a un grupo de niños????? NAAAAA! Pushaaaa, qué estrés! Y si habían barrancos (me imagino que de hecho habían). Cuenta q más pasó!!!

Mr.d dijo...

Claro, un montón de peñascos y acantilados, de allí el temor poe una mala maniobra y abajo, que jodido,creo q el viejo pedro nos queria ver muertos---

Bren dijo...

Lindo don Pedro ...jajjaa mas ingenuo el tio...tienes q continuar la historia señor d...

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